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Año IXNúmero 479
25 OCTUBRE 2026

Querido Evan Hansen: cuando una mentira habla de la verdad

Un instante del musical
Un instante del musical
Un musical diferente, íntimo y necesario que aborda las heridas de toda una generación con emoción, humor y una mirada esperanzadora sobre la condición humana.

Uno de los títulos más relevantes de la cartelera madrileña aterriza en el Teatro Rialto. Una década después de sus primeros pasos sobre las tablas, la obra de Steven Levenson, Benj Pasek y Justin Paul mantiene buena parte del interés que acompañó su éxito internacional. Su llegada a Madrid de la mano de ATG Entertainment acerca al público una propuesta de vocación íntima, interesada en conflictos contemporáneos antes que en la grandiosidad habitual del género.

La historia nos presenta a Evan Hansen, un joven de 17 años con una ansiedad social que le dificulta relacionarse con los demás. Su terapeuta le propone escribirse cartas de ánimo, y una de ellas cae en manos de Connor Murphy, un compañero de instituto conflictivo. El malentendido posterior sitúa a Evan ante una disyuntiva: decir la verdad y perder el lugar que por fin ha encontrado, o dejar que la mentira siga su curso.

El libreto de Steven Levenson, adaptado al castellano por David Serrano y Alejandro Serrano, se aleja de los planteamientos más convencionales del musical con una historia que aborda la soledad, el aislamiento, la ansiedad social, el acoso y el suicidio adolescente desde una escritura ajena al dramatismo impostado y a la búsqueda de la lágrima fácil. Su profundidad reside en la complejidad de unos personajes capaces de despertar empatía incluso cuando sus decisiones cuestionan nuestra posición ante ellos. Evan es vulnerable, necesita sentirse querido y teme quedarse al margen, pero su sufrimiento no lo exime de responsabilidad. El duelo, la dificultad para comprender el dolor ajeno y la distancia entre la imagen pública y la realidad cobran una dimensión muy actual ante el peso de las redes sociales, cuya capacidad de amplificación lleva una mentira privada hasta el fenómeno colectivo. Levenson plantea cuestiones incómodas, evita dictar una respuesta moral al espectador y deposita buena parte de la fuerza del relato en las contradicciones de sus personajes. El propio David Serrano ha defendido el carácter “no maniqueo” de la obra y su capacidad para interpelar tanto a los jóvenes como a los adultos.

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Un instante de la representación

La eficacia teatral del relato constituye otra de sus grandes virtudes. La trama atrapa desde el principio y sostiene una tensión creciente mediante malentendidos, decisiones precipitadas y consecuencias cada vez más difíciles de controlar. El conflicto alterna pasajes dolorosos con situaciones cómicas; el humor alivia la carga dramática sin desactivar la incomodidad de lo narrado. Esa variedad tonal evita la solemnidad y permite abordar asuntos delicados con un lenguaje accesible, directo y humano. Su mérito reside, por tanto, en la precisión de la progresión dramática como en la capacidad de convertir una historia íntima en una experiencia emocionante e incómoda.

La partitura de Benj Pasek y Justin Paul comparte la naturaleza íntima del texto y alcanza un calado poco común. Las canciones no interrumpen la acción ni funcionan como números independientes: nacen de ella y ahondan en lo que los personajes no consiguen verbalizar en el diálogo, hasta el punto de que palabra y música parecen obedecer a un mismo impulso dramático. La escritura transita de la introspección a la comedia y conserva una identidad reconocible en determinadas cadencias y motivos recurrentes, con melodías que regresan sobre la soledad, la pertenencia y la necesidad de ser escuchado, cuyo significado evoluciona al compás de la trama. Entre los números, «Nadie puede verme» da voz al aislamiento de Evan y a su deseo de conectar; «Para siempre» enfrenta la belleza de la melodía con la falsedad del recuerdo que narra el protagonista, y «Te encontrarán» lleva el anhelo individual hacia una dimensión colectiva. En el extremo opuesto, «Sinceramente, yo» aporta una vertiente cómica que aligera la tensión.

La variedad de registros responde siempre a una exigencia concreta de la escena. Joan Miquel Pérez, al frente de la dirección musical, mantiene esa estrecha relación entre partitura y dramaturgia. La orquesta aporta cuerpo y una gran riqueza de matices, preserva la intimidad que exige la historia y deja respirar la palabra y las voces. Los pasajes expansivos conviven con otros de mayor desnudez, pero esa amplitud sonora nunca fragmenta la función. Una música cargada de sentido y emoción, de esas que permanecen en la memoria mucho después de abandonar el teatro.

La dirección de David Serrano entiende esta naturaleza íntima de la obra y sitúa al actor en el centro de la representación. Su puesta en escena rehúye el artificio en los momentos de mayor intensidad y concede espacio al diálogo, los silencios y las reacciones de unos personajes cuyo conflicto exige cercanía. El ritmo gana aquí una importancia decisiva: el prolífico director maneja con agilidad los cambios entre comedia y drama, deja respirar los pasajes más duros y aprovecha el humor como parte orgánica del relato. Cuando la representación parece haber fijado sus códigos, algunos elementos disruptivos, más adelante detallados, alteran de pronto las convenciones escénicas y juegan con la sorpresa. Bajo su mirada, la vulnerabilidad de Evan convive con las consecuencias de sus actos, una tensión esencial para esquivar una lectura complaciente del protagonista.

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Un instante de la representación

Uno de los grandes valores de la función es la naturalidad con la que se relaciona el elenco. Aunque Evan ocupa el eje de la historia, su protagonismo no eclipsa a quienes lo rodean. Los demás encuentran momentos y peso propios y amplían las perspectivas desde las que contemplamos el conflicto. Una mirada sensible y precisa, consciente de que la fuerza de la obra nace de sus personajes y de todo aquello que son incapaces de decirse.

Al frente del reparto, Guillermo Martín firma una de las mejores interpretaciones masculinas del teatro musical de la temporada. Su Evan posee sensibilidad, verdad, fuerza y dulzura, sostenidas por una expresividad arrolladora que halla en el cuerpo, el gesto y la mirada la prolongación de la palabra. Sorprende la madurez escénica del actor, quien ya destacó en Los chicos del coro, El musical, que habita con aplomo la inseguridad permanente del personaje y le presta una fragilidad que nunca suena fingida. Entiende además las contradicciones de Evan y no lo reduce a víctima. Un trabajo sobresaliente, de enorme exigencia emocional y vocal, que mantiene cercano al protagonista incluso cuando sus decisiones empiezan a alejarnos de él.

Iván Clemente interpreta a Connor Murphy desde un lugar huidizo y oscuro, marcado por la rabia y la dificultad para relacionarse con quienes lo rodean. Bajo esa coraza deja entrever una vulnerabilidad que apenas logra exteriorizar. Sus breves apariciones revelan nuevas facetas del personaje, más allá de la imagen idealizada que Evan proyecta sobre él. Curtido en el teatro musical, Clemente dota a Connor de una fuerza escénica que trasciende el tiempo que permanece en escena.

Junto a ellos, Arnau Camps, Jessica Garcés y Elvira Santa María completan con frescura el núcleo más joven del reparto. Los dos primeros protagonizan algunos de los momentos más divertidos de la función, gracias a una comicidad ágil y espontánea que funciona con naturalidad y da un respiro a la tensión dramática. Elvira Santa María sobresale como Zoe por la sensibilidad y la inteligencia con las que aborda a un personaje atravesado por sentimientos difíciles de conciliar. Su voz aguda y limpia destaca por la claridad y la expresividad, en sintonía con una interpretación llena de matices que transita entre la rabia, el dolor y el afecto. Una actuación magnífica, contenida cuando lo requiere la escena y de enorme intensidad cuando el personaje rompe sus defensas.

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Un instante de la representación

Las figuras adultas completan el retrato familiar y amplían la mirada sobre las dificultades de comunicación entre padres e hijos. Verónica Ronda destaca como Heidi, una madre volcada en sacar adelante a Evan cuya dedicación laboral condiciona la relación con su hijo. Acostumbrada a otros registros más cómicos, la actriz sorprende aquí por su sensibilidad y por la verdad emocional de una interpretación capaz de transmitir tanto el esfuerzo cotidiano como sus propias heridas. Lorena Calero y Armando Pita encarnan a Cynthia y Larry Murphy, unos padres que quisieron lo mejor para Connor, pero no siempre supieron comprenderlo ni encontrar la manera de acercarse a él. Ambos afrontan el duelo desde lugares distintos y dan voz al dolor, la culpa y las palabras que quedaron pendientes.

La propuesta visual destaca por la integración de escenografía, iluminación y vídeo. David Pizarro articula un espacio dominado por pantallas que incorporan mensajes, imágenes y proyecciones vinculadas al universo digital de los personajes, en diálogo con el diseño de vídeo de Emilio Valenzuela y Joan Rodón. Estos recursos encajan con una historia atravesada por las redes sociales, donde la exposición pública condiciona las relaciones y amplifica las consecuencias de una mentira. La iluminación de Carlos Torrijos merece una mención propia: rebasa los límites del escenario, alcanza los laterales de la sala y envuelve al espectador en algunos de los momentos de mayor impacto. El lenguaje visual acerca el mundo hiperconectado de los personajes al público y conecta sus conflictos con nuestra propia forma de relacionarnos.

Querido Evan Hansen es un musical necesario, actual y diferente, capaz de abordar heridas profundas sin renunciar al humor. Una obra íntima que interpela, emociona y entretiene; una historia sobre la soledad, la culpa y la necesidad de afecto que no simplifica las contradicciones de sus personajes. Incluso cuando todo parece desmoronarse, todavía queda espacio para la empatía, la esperanza y una segunda oportunidad. Un musical que deja huella.

Libreto: Steven Levenson.
Música y letras: Benj Pasek y Justin Paul.
Orquestación y arreglos adicionales: Alex Lacamoire.
Arreglos vocales y arreglos adicionales: Justin Paul.
Producción original de Broadway: Stacey Mindich.
Dirección: David Serrano.
Adaptación al castellano: David Serrano y Alejandro Serrano.
Reparto: Guillermo Martín, Iván Clemente, Arnau Camps, Elvira Santa María, Jessica Garcés, Verónica Ronda, Lorena Calero, Armando Pita, Aleix María, Mariola Peña, Neizán Martín, Julia Saura, Víctor González y Eva Lahoz.
Ayudante de dirección: Olga Margallo.
Dirección musical: Joan Miquel Pérez.
Dirección de movimiento: Iker Karrera.
Escenografía: David Pizarro.
Diseño de vídeo: Emilio Valenzuela y Joan Rodón.
Iluminación: Carlos Torrijos.
Sonido: Gastón Briski.
Utilería: Roberto del Campo.
Vestuario: Efrén Latorre.
Caracterización: Esther Redondo.
Dirección de casting y producción artística: Carmen Márquez.
Producción técnica: Mónica Huerta y Javier Ortiz.
Dirección técnica: Alexis Carlesso.
Adjunta de producción: Nuria Martínez.
Gerencia: Mercè Grané.
Productores ejecutivos: Marcos Cámara y Juanjo Rivero.
Producción: Pilar Gutiérrez, Marcos Cámara y Juanjo Rivero para ATG Entertainment España.

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