El viento llega antes que el relato. El Levante recorre Azulena, un pequeño pueblo pesquero del sur donde un viejo vagón que hace de bar, El Tren de los Momentos, sirve de punto de encuentro para sus habitantes. Allí empieza El alma al aire, entre amores, sueños y una tierra cuyo futuro está a punto de cambiar al compás de las canciones de Alejandro Sanz.
Ale (Pepe Nufrio) es un joven músico, acostumbrado a una vida marcada por el mar, su familia y la amistad de Bruno (Natán Segado). Todo cambia con la llegada de Alma (Miriam Madrid), una promotora inmobiliaria madrileña que se instala en el pueblo junto a sus dos hijas, Ella (Amanda Digón) y Sandy (Lydia Fairén). Su presencia abre una grieta en una comunidad aferrada a sus raíces y coloca frente a frente dos maneras de entender el futuro del lugar.
El alma al aire supone un movimiento importante para Stage Entertainment. Después de años trabajando con grandes títulos internacionales (Aladdín, Cenicienta, Anastasia), la compañía se lanza por primera vez en España a desarrollar una producción propia desde su origen. El proyecto ha necesitado cuatro años de trabajo y parte de un repertorio conocido por millones de personas para darle una nueva dimensión teatral.
Una historia accesible y bien hilada, que gana fuerza cuando deja espacio a la emoción.
Álvaro Tato arma una dramaturgia clara y bien estructurada, con un conflicto reconocible, varias tramas y una integración de las canciones dentro de la acción que funciona durante buena parte del espectáculo. La historia avanza con facilidad, los personajes son accesibles y las situaciones enganchan. El problema está en la profundidad. Parte de códigos muy reconocibles —la vida de un pueblo costero, la llegada de una forastera ligada al desarrollo inmobiliario, el choque entre raíces y futuro y el romance entre dos jóvenes— y rara vez los lleva hacia terrenos inesperados. Todo funciona, gusta y entretiene, pero la historia podría haber asumido mayores riesgos.
Ese desequilibrio pesa más durante la primera parte, todavía centrada en presentar personajes y conflictos. Algunas situaciones avanzan demasiado rápido y dejan poco espacio para que las emociones cobren fuerza. La segunda mitad gana enteros: crece la tensión, disminuye la previsibilidad y las canciones quedan mejor integradas en la acción.
La magia visual de Azulena, entre naturaleza, luz y belleza
El propio título, El alma al aire, funciona como una declaración de intenciones. Jonathan Kent lleva esa idea al escenario con una puesta en escena simbólica y sensorial, donde lo cotidiano convive con fenómenos que escapan a cualquier explicación racional. El Levante, Viento y otras manifestaciones de la naturaleza forman parte de ese universo y acercan el espectáculo al realismo mágico. La magia está presente en la propia forma de contar la historia y regala algunos de sus momentos más bellos en esa convivencia entre lo real y lo inexplicable. Silvia Montesinos, como directora residente, contribuye a mantener esa precisión escénica en una propuesta que exige una coordinación especialmente compleja entre interpretación, música y elementos visuales. Silvia Montesinos, como directora residente, contribuye a mantener esa precisión escénica en una propuesta que exige una coordinación especialmente compleja entre interpretación, música y elementos visuales.
Llevar Azulena hasta el escenario exige mucho más que reproducir un pueblo costero. Tom Pye y Hugh Vanstone firman algunas de las imágenes más poderosas de la función, con mar, arena, dunas, elementos naturales y un sugerente juego de alturas que transforma el espacio con una precisión casi fotográfica. La tormenta concentra buena parte de ese despliegue, con lluvia, agua, truenos y relámpagos integrados en la acción sin perder delicadeza.
Vanstone firma también una iluminación extraordinaria, capaz de transmitir calor, oscuridad, viento o cambios de hora con una apariencia casi natural. La luz envuelve cada escena sin imponerse y termina formando parte del paisaje. Algunas de las imágenes que deja la función permanecen en la memoria y hacen de su dimensión visual uno de los grandes atractivos del espectáculo.
Un repertorio conocido de memoria suena distinto al entrar en la historia de Azulena
La apuesta tiene además una particularidad importante. El alma al aire no cuenta la vida de Alejandro Sanz ni pretende recuperar el origen de sus canciones. Es un musical jukebox levantado a partir de un repertorio que atraviesa distintas etapas de su carrera y puesto al servicio de una historia nueva, con personajes que tienen sus propios conflictos y relaciones. El proyecto cuenta con el beneplácito y la supervisión del propio Sanz, cuya música queda integrada en la dramaturgia sin convertir el espectáculo en un relato sobre su trayectoria. Cada canción tiene que ganarse un lugar dentro de la acción, y suele conseguirlo. En los mejores momentos, algunas funcionan como verdaderos puntos de inflexión y dejan de ser simples números musicales para hacer avanzar la historia. Quisiera ser ocupa un lugar especial como leitmotiv y acompaña la relación de los protagonistas en algunos de sus momentos decisivos.
El trabajo musical del maestro compositor Xavier Torras lleva el repertorio hacia un lenguaje teatral sin borrar aquello que hace reconocibles las canciones. Corazón partío, Amiga mía, No es lo mismo o Cuando nadie me ve adquieren peso dramático al quedar vinculadas a los conflictos de los personajes. El flamenco introduce además uno de los cambios de tono más interesantes de la función y rompe por momentos con el predominio del pop. La intervención de Inma «La Carbonera» trae consigo ese sur que impregna todo el espectáculo, con un pulso diferente y una energía que conecta la música con el paisaje, el carácter y la forma de vida de Azulena. Su aparición se convierte así en uno de los momentos musicales más destacados de la función. En algunos pasajes, la mezcla de sonido hace que la orquesta gane demasiado peso y dificulte la claridad de determinadas voces.
Un elenco que reúne emoción, humor y sensibilidad en los distintos habitantes de Azulena.
El reparto sostiene la función con oficio y reúne perfiles muy distintos dentro de un elenco amplio. Pepe Nufrio asume el protagonismo como Ale con una sensibilidad que evita cualquier exceso de sentimentalismo. Su interpretación encuentra una dulzura muy natural, apoyada en una voz cálida y con una capacidad especial para transmitir emoción sin subrayarla. Hay algo casi mágico en su manera de cantar y de habitar al personaje, como si todo fluyera con una facilidad que casa bien con la ingenuidad y los sueños de Ale.
Amanda Digón logra en Ella un contrapunto perfecto para Nufrio. Su personaje tiene una energía diferente, más espontánea y luminosa, y la actriz consigue dotarlo de fuerza sin perder su lado más ingenuo. Vocalmente ofrece algunos de los momentos más exigentes de la función y demuestra una gran seguridad en escena, sobre todo en Cuando nadie me ve. La química con Nufrio tiene además un recorrido previo: ambos compartieron escenario en Cabaret. Su conexión funciona especialmente bien en los momentos musicales que comparten, donde la relación entre Ale y Ella fluye con una naturalidad poco impostada y los convierte en una de las parejas más destacadas de la temporada.
Natán Segado es una de las certezas del reparto. Su Bruno tiene carisma, sentido del humor y una espontaneidad que contagia alegría cada vez que pisa el escenario. Se desenvuelve con enorme soltura y reúne todo lo que cabe esperar de un buen actor de musical, desde la interpretación hasta el canto y la presencia escénica.
Ese mismo tono desenfadado tiene en Lydia Fairén otra de sus mejores representantes. Como Sandy, derrocha desparpajo y frescura, con una facilidad especial para dar con el gesto y el ritmo de cada escena. Su presencia consigue levantar los momentos más ligeros de la función. El complemento cómico y festivo llega de la mano de Hugo Ruiz como Jamie, que juega con el Spanglish y encuentra en esa mezcla uno de los recursos más divertidos de la función.
Soledad es uno de los personajes que más hablan de resistencia, resiliencia y lucha por los propios sueños. Inés León entiende muy bien a una mujer marcada por la constancia, acostumbrada a pelear por salir adelante y con enormes dificultades para expresar lo que siente. Poco a poco consigue desprenderse de esa coraza y dejar salir una parte de sí misma que había permanecido escondida, en un proceso que León sostiene con mucha verdad. Ese apego a la tierra también está presente en Antonio MM. Como padre de Soledad y pescador de Azulena, representa el vínculo con el mar y con una forma de vida profundamente arraigada al pueblo. El actor transmite con naturalidad esa relación con sus raíces y dota al personaje de una serenidad y una ternura que terminan dejando huella.
Miriam Madrid, por su parte, afronta a Alma desde un registro más frío y contenido, por exigencias del libreto, pero sabe extraer los matices de un personaje que poco a poco deja espacio a sus emociones. La relación entre ambas crece con especial fuerza a medida que las dos bajan sus defensas, hasta alcanzar uno de los momentos más emotivos de la función en la escena musical que comparten.
El alma al aire consigue que las canciones de Alejandro Sanz atraviesen a sus personajes y adquieran nuevos significados dentro de sus historias. Es un espectáculo para dejarse llevar, impregnarse de la música y descubrir una propuesta diferente dentro de la cartelera madrileña. Cumple lo que promete: entretiene, emociona y deja imágenes que quedan en la memoria.
Compositor: Alejandro Sanz
Dirección: Jonathan Kent
Dramaturgia: Álvaro Tato
Dirección musical: Xavier Torras
Reparto: Pepe Nufrio, Amanda Digón, Natán Segado, Lydia Fairén, Antonio MM, Inma «La Carbonera», Miriam Madrid, Inés León, Hugo Ruiz, Lapili Esteban, José Linaje, Chemari Bello, Carmen Calle, Laureano Ramírez, Marina Damer, Salomé Humeau, Mario Hornero, Ana Domínguez, Celia Domene, Eduardo Tovar, Gallo Ryan, Javier Ariano, María Córdoba, Orestes Ots, Yacine Dieye, Urko Fernández, Aurora Frías, Fran León, Kristina Alonso, Paula Díaz y Pedro Martell
Arreglos y orquestaciones: Nick Skilbeck
Coreografía: Lynne Page
Diseño de escenografía: Tom Pye
Diseño de iluminación: Hugh Vanstone
Diseño de sonido: Nevin Steinberg
Diseño de vestuario: Jack Galloway
Dirección asociada: Katherine Hare
Coreografía asociada: Jasmin Colangelo
Diseño de sonido asociado: Simon Fox
Dirección residente: Silvia Montesinos
Música: Alejandro Sanz
Dirección general creativa: Tali Pelman







