Tras el éxito de Miguel de Molina al desnudo, Ángel Ruiz vuelve a conquistar al público con El rey de la farándula, un montaje que ha agotado las entradas en su regreso al Teatro de la Comedia. La obra, escrita, dirigida y protagonizada por el actor, se ha convertido en una de las propuestas más celebradas de la temporada y continúa sumando reconocimientos allí donde se representa.
Ruiz no oculta su satisfacción por la acogida. “Volvemos con todo vendido. Es fantástico”, afirma. Pero más allá de los llenos, celebra que el espectáculo siga despertando interés entre quienes aún no han podido verlo y que la gira continúe creciendo gracias al boca a boca y al respaldo del público.
Diálogo con el presente
El rey de la farándula parte de un personaje anacrónico que rompe las barreras del tiempo para trasladar al espectador desde el siglo XVII hasta la actualidad. Desde esa mirada barroca, Ángel Ruiz construye un puente entre la corte de Felipe IV y los debates contemporáneos sobre el poder, la cultura y la libertad.
“Es un personaje que viene del Siglo de Oro a contarnos la relación que tuvo la farándula con el poder, pero en realidad está hablando constantemente de nuestro presente”, explica.
La obra juega deliberadamente con la frontera entre ficción y realidad. El protagonista es actor, cantante, bufón y pícaro al mismo tiempo, inspirado en figuras históricas como Cosme Pérez, el célebre Juan Rana, perseguido en su época por su homosexualidad. “Todo lo que se cuenta es verdad, aunque esté contado desde un lugar que parece mentira”, resume Ruiz.

El barroco de los claroscuros
El universo visual del espectáculo se sostiene sobre una estética profundamente barroca. Marcos vacíos que se transforman en espejos, ventanas o camerinos, un espacio casi desnudo y una iluminación inspirada en Velázquez y Caravaggio construyen una puesta en escena donde la verdad nunca es única.
Ruiz define esos “quiebros barrocos” como un juego permanente de espejos entre el personaje y el actor. A medida que avanza la función, el protagonista se desprende de su máscara y deja aparecer al intérprete, revelando “la trastienda” del teatro y de la propia vida.
“Ese retorcimiento entre verdad y mentira, ficción y realidad, es profundamente barroco”, asegura.
Rosa-poder
Uno de los elementos más llamativos del montaje es el vestuario diseñado por Almudena Rodríguez Huertas, donde los miriñaques y las estructuras del Siglo de Oro conviven con cremalleras, tachuelas y elementos contemporáneos.
La elección del color rosa tampoco es casual. Ruiz cuenta que surgió de forma intuitiva durante el proceso creativo, hasta descubrir después que en la Europa barroca era un color reservado a los monarcas.
“Ahora lo asociamos a lo femenino, pero entonces simbolizaba poder masculino y ostentación. Me fascinó descubrir que la intuición coincidía con la historia.”
Ese anacronismo visual atraviesa toda la propuesta y refuerza la idea central de la obra: el diálogo constante entre pasado y presente.

Velázquez y Las Meninas
Pocas obras inspiran tanto a Ángel Ruiz como Las Meninas. El actor considera el cuadro de Velázquez “el más impresionante de la historia de la pintura” y reconoce que fue la principal referencia para construir el espectáculo.
Para él, el lienzo funciona casi como una película: múltiples puntos de vista, distintas clases sociales compartiendo espacio y un pintor que se retrata a sí mismo mientras mira al espectador.
“Todo lo que está enmarcado importa, pero también lo que sucede fuera del marco. Ese fue el juego que quise llevar al escenario.”
Felipe IV, el antagonista
Aunque nunca aparece físicamente, Felipe IV es el gran antagonista de la función. Ruiz sostiene que el monarca fue un personaje contradictorio: un gobernante cuestionable, pero un extraordinario impulsor del teatro.
El rey de la farándula alude tanto al actor protagonista como al propio Felipe IV, un monarca que acudía a los corrales de comedias, financiaba compañías y convirtió el teatro en un instrumento de poder y prestigio cultural.
“La relación entre el arte y el poder ha sido siempre recíproca. Ambos se han utilizado mutuamente.”
Más que un pianista
Sobre el escenario acompaña a Ruiz el pianista y cantante Bru Ferri, cuya presencia resulta esencial para el desarrollo de la historia. Su personaje, Dixelia, comienza aportando humor y termina revelando una dimensión mucho más íntima.
Ruiz destaca especialmente la capacidad de Ferri para convertir el piano en un elemento casi cinematográfico.
“No solo interpreta música. Manipula el instrumento, crea atmósferas y sostiene emocionalmente la función.”
Uno de los momentos clave llega con el dúo sobre un madrigal de Monteverdi y con la interpretación musical de Poderoso caballero es don Dinero, de Quevedo, que marca el giro emocional de la obra.

Personajes heridos
Aunque ambos protagonistas cargan con el rechazo y la incomprensión de la sociedad de su tiempo, Ruiz rechaza definirlos como personajes atormentados. “Son personajes dolidos, pero vienen a defender la alegría.”
La función concluye reivindicando el arte como refugio frente al sufrimiento, una idea que el actor considera el verdadero corazón del espectáculo.
“El arte consiste en transformar el dolor en algo bello y preservar la dignidad humana.”
Momento creativo
El éxito de El rey de la farándula llega en un momento especialmente fértil para Ángel Ruiz. Además de actor, ha descubierto una nueva pasión por la escritura y la dirección escénica.
Actualmente prepara Piedra Libre, un texto de Marta Barceló que dirigirá en una producción hispano-argentina con estreno previsto en el Teatro de la Abadía.
“Escribir me llena muchísimo. Investigar, documentarme y construir un mundo antes de ponerlo sobre el papel es un proceso que disfruto enormemente.”
Ruiz asegura que lleva años aprendiendo de directores como Mario Gas o Andrés Lima y observando todos los aspectos de una producción teatral, desde la iluminación hasta la maquinaria escénica.
Coherencia cultural
Al cerrar la conversación, Ángel Ruiz lanza una reflexión sobre la situación del teatro español. Cree que existe un enorme talento interpretativo y dramatúrgico, pero reclama una política cultural más sólida y menos enfrentamientos entre lo público y lo privado.
“Estamos viviendo un segundo Siglo de Oro de la dramaturgia.”
Su petición es clara: “Necesitamos coherencia, buenos gestores y políticas culturales con una mirada amplia, culta y generosa. El teatro necesita más conocimiento y mucho amor.”
Con esa reivindicación concluye una conversación que, como su espectáculo, utiliza el pasado para interpelar al presente y recordar que el arte sigue siendo una herramienta de resistencia y de esperanza.







