Sonó Toledo. Y durante un par de horas no fue una metáfora. Sonó en los metales y en las maderas, en el golpe preciso de la percusión, en unas castañuelas que hicieron visible el ritmo, en los cuerpos que comenzaron a moverse entre las sillas y hasta en ese viento de agosto empeñado en entrar en las partituras. Sonó, sobre todo, una idea de ciudad que merece ser defendida: aquella que todavía reserva un lugar para que sus músicos ocupen el espacio público y conviertan una tarde de verano en algo más que una sucesión de obras. En el marco de las Ferias y Fiestas de Agosto, en un verano en el que la música ha encontrado una presencia especialmente reconocible en Toledo, la Banda de Música Joven Diego Ortiz vino a confirmarlo desde el templete de La Vega. No hizo falta proclamarlo. Bastó con tocar...