Esta crónica teatral no nace desde mi lugar habitual. No está escrita desde la platea de nuestro siempre querido Teatro de Rojas, desde ese espacio en el que tantas veces he aprendido a mirar cómo un actor sostiene una palabra, cómo una dirección ordena el tiempo o cómo una sala entera termina respirando al compás de lo que sucede sobre el escenario. La "platea" de esta representación estaba en el salón de actos del Centro Penitenciario Ocaña I. El cambio de lugar altera necesariamente la mirada crítica porque el teatro nunca sucede en abstracto. Necesita un espacio y ese espacio, antes incluso de que aparezca el primer personaje, ya está diciendo cosas. En esta ocasión había puertas, controles, recorridos y una realidad penitenciaria imposible de ignorar. Y, sin embargo, cuando La venganza de don Mendo comenzó a crecer delante de aquel público, ocurrió algo que pertenece a la naturaleza más antigua del hecho escénico: el lugar conservó toda su realidad y, al mismo tiempo, empezó a convertirse en otro lugar...