• Inicio
    • Ana Belén Rubio
      David Serrano
      Lucía Quintana
      Muriel Romero, directora de la Compañía Nacional de Danza
    • Imágenes de Vitrubio en Segóbriga
      Teatro Principal de Zaragoza
      Fachada Teatro Real de Madrid
      La tecnología teatral del Siglo XX - Sección de un teatro
    • Últimas noticias

      Imagen de escena de la obra 'Murmullo'
      Hatched Ensemble de la coreógrafa Mamela Nyamza
      Imagen de una escena de la obra
      Delirivm Musica interpretando La voz del recuerdo. Créditos: Samuel Pereira. Ciclo Clásicos en Verano

      Lo más visto

      Eduardo Vasco en la presentación de temporada 2025/2026
      Imagen promocional de la obra
      Dolores
      Imagen promocional de la obra
  • Podcasts
  • Anuarios
  • Revistas en papel
  • Boletines
  • Bazar
  • Suscríbete
  • Inicio
    • Ana Belén Rubio
      David Serrano
      Lucía Quintana
      Muriel Romero, directora de la Compañía Nacional de Danza
    • Imágenes de Vitrubio en Segóbriga
      Teatro Principal de Zaragoza
      Fachada Teatro Real de Madrid
      La tecnología teatral del Siglo XX - Sección de un teatro
    • Últimas noticias

      Imagen de escena de la obra 'Murmullo'
      Hatched Ensemble de la coreógrafa Mamela Nyamza
      Imagen de una escena de la obra
      Delirivm Musica interpretando La voz del recuerdo. Créditos: Samuel Pereira. Ciclo Clásicos en Verano

      Lo más visto

      Eduardo Vasco en la presentación de temporada 2025/2026
      Imagen promocional de la obra
      Dolores
      Imagen promocional de la obra
  • Podcasts
  • Anuarios
  • Revistas en papel
  • Boletines
  • Bazar
  • Suscríbete
Año IXNúmero 469
16 AGOSTO 2026

Del pasodoble a Morricone, la Banda Joven Diego Ortiz afirma su sonido

Un momento de la actuación
Un momento de la actuación
Sonó Toledo. Y durante un par de horas no fue una metáfora. Sonó en los metales y en las maderas, en el golpe preciso de la percusión, en unas castañuelas que hicieron visible el ritmo, en los cuerpos que comenzaron a moverse entre las sillas y hasta en ese viento de agosto empeñado en entrar en las partituras. Sonó, sobre todo, una idea de ciudad que merece ser defendida: aquella que todavía reserva un lugar para que sus músicos ocupen el espacio público y conviertan una tarde de verano en algo más que una sucesión de obras. En el marco de las Ferias y Fiestas de Agosto, en un verano en el que la música ha encontrado una presencia especialmente reconocible en Toledo, la Banda de Música Joven Diego Ortiz vino a confirmarlo desde el templete de La Vega. No hizo falta proclamarlo. Bastó con tocar.

El lugar no era indiferente. Nunca lo es cuando se trata de una banda. El templete pertenece a una de las arquitecturas culturales más inteligentes que produjo la ciudad contemporánea: levantar un escenario en mitad del paseo para que la música no tuviera que esperar al público detrás de una puerta. Durante generaciones, estos pequeños edificios fueron auténticos auditorios ciudadanos. Desde ellos se escucharon pasodobles, oberturas, fantasías operísticas, selecciones de zarzuela, transcripciones sinfónicas, marchas y repertorios originales para banda. Allí donde no llegaba una orquesta, llegaba muchas veces una banda. Y con ella llegaban partituras, compositores y formas musicales que terminaban entrando en la memoria de personas que quizá nunca habían pisado un teatro.

Por eso hay algo profundamente coherente en que las Ferias y Fiestas de Agosto devuelvan la música al templete de La Vega. No se trata de nostalgia. Se trata de recuperar una manera de comprender la cultura. La música ocupando la calle, conviviendo con el paseo, sorprendiendo a quien pasa, reclamando poco a poco su atención y consiguiendo que alguien que no había pensado asistir a un concierto termine deteniéndose para escuchar. Una ciudad culturalmente viva no es solamente aquella que programa grandes acontecimientos. Es aquella en la que uno puede encontrarse inesperadamente con la música.

Antes de que comenzara el concierto, el viento recorría La Vega con esa ambigüedad que solamente puede agradecer quien no tiene una partitura delante. Las previsiones meteorológicas habían sido contradictorias y quizá explicaban algunas ausencias iniciales. Sobre el templete, la Banda de Música Joven Diego Ortiz, de la Escuela Municipal de Música Diego Ortiz de Toledo, ultimaba el ensayo bajo la dirección de Ana Belén Rubio. Quedaban entradas que comprobar, balances que escuchar, articulaciones que terminar de igualar. Los últimos compases antes del público poseen siempre una desnudez especial: desaparece cualquier ceremonia y queda únicamente el oficio.

La Escuela Municipal de Música Diego Ortiz aparece aquí como algo bastante más importante que el nombre de una institución. Una ciudad que mantiene una escuela de música está tomando una decisión sobre su futuro cultural. Enseñar un instrumento es formar una técnica; enseñar a tocar con otros es construir una cultura. Entre ambas cosas se encuentra el oído, probablemente el aprendizaje más difícil de todos.

Una banda es una extraordinaria escuela de escucha. Allí se aprende que la afinación individual no garantiza la afinación vertical del acorde; que una dinámica escrita no constituye una cantidad absoluta de sonido; que la voz principal puede necesitar menos volumen para ser escuchada si el equilibrio armónico está bien construido; que los registros medios determinan gran parte de la densidad tímbrica; que un bajo puede impulsar o hundir una frase; que el contracanto no es decoración y que la articulación colectiva puede definir un estilo con mayor precisión que cualquier indicación escrita sobre el pentagrama. En una banda se aprende, finalmente, una paradoja esencial de la música: para encontrar la propia voz hay que aprender primero a escuchar la del otro.

Eso es lo que convierte a la Banda Joven Diego Ortiz en algo especialmente valioso dentro de la vida musical toledana. Su interés no reside en exigirle una madurez que no le corresponde todavía, sino precisamente en escuchar cómo se construye. Hay una formación en marcha, una sonoridad que busca identidad, músicos que empiezan a comprender la función de su voz dentro del conjunto. Se aprecia en la voluntad de equilibrar familias, en una atención creciente a las voces interiores, en la intención de los ataques y en algo especialmente importante: las notas comienzan a tener dirección.

Ana Belén Rubio dirige desde ahí. Su gesto posee nervio, amplitud y una fisicidad que en determinados momentos parece transformar la dirección en danza. Pero no hay que confundir movimiento con exhibición. Una buena dirección no reproduce mediante los brazos aquello que los músicos ya están tocando; anticipa lo que todavía no existe. La anacrusa de un director contiene tempo, carácter, peso, respiración y articulación antes de que haya sonado una sola nota. Rubio construye desde esa anticipación. Hay impulso en sus brazos, pero también escucha; energía, pero voluntad de ordenar esa energía.

El viento quiso participar en el juego y alguna página decidió abandonar el atril antes de que lo permitiera la partitura. Son incidentes menores, aunque pertenecen íntimamente a la historia de las bandas. La música al aire libre se hace sin la protección acústica de una sala. El sonido se dispersa, los ataques quedan más desnudos, los metales proyectan con facilidad, determinadas maderas pierden presencia, la temperatura interviene en la afinación y el entorno introduce su propia banda sonora. Rubio resolvió aquellos pequeños contratiempos sin perder el discurso. Por momentos parecía capaz de acompasar incluso el viento, como si aquella corriente que cruzaba el templete hubiese terminado incorporada a la plantilla.

El programa entendía bien el espacio en el que iba a sonar. Música y Vinos, de Manuel Morales; Tercio de Quites, de Rafael Talens; Ni se Compra, de Monreal, y ¡Churumbelerías!, de Emilio Cebrián, situaron sobre los atriles una de las formas musicales que mejor revelan la personalidad de una banda española: el pasodoble.

Su popularidad ha terminado jugando algunas veces contra su consideración musical. Parece fácil porque se reconoce. Y precisamente por eso resulta tan difícil. El pasodoble deja a la banda expuesta. Necesita precisión en la articulación sin rigidez, bajos capaces de proporcionar suelo sin convertirlo en lastre, una percusión que sostenga la métrica sin empujarla, madera flexible, metal brillante pero no invasivo y voces intermedias capaces de proporcionar espesor sin enturbiar el dibujo. Sobre todo, necesita dirección interna. Un pasodoble debe caminar. Cuando solamente marca el paso, ya ha perdido buena parte de su música.

La Banda Joven supo comprender esa necesidad y, además, permitió escuchar que bajo una misma denominación conviven concepciones muy diferentes. Esa es una de las primeras conquistas del conocimiento estilístico: dejar de interpretar géneros y comenzar a interpretar compositores. Talens no escribe como Morales y Cebrián posee una manera propia de comprender el color bandístico, el contracanto, los registros intermedios y la relación entre impulso rítmico y línea melódica.

En Toledo, además, Emilio Cebrián no puede ser un compositor más del programa. Su nombre pertenece a la memoria musical de la ciudad, pero sería empobrecerlo reducir su importancia a esa relación sentimental. Cebrián fue un extraordinario conocedor de la banda como organismo sonoro. Entendía su organología desde dentro y sabía aprovechar una de sus grandes particularidades: esa franja central del espectro en la que saxofones, trompas, clarinetes graves, bombardinos y otras voces pueden proporcionar una densidad que no posee equivalente exacto en la orquesta.

¡Churumbelerías! contiene buena parte de ese conocimiento. Su extraordinaria capacidad comunicativa puede hacer olvidar la inteligencia de su construcción. Hay movimiento de voces, actividad en los planos secundarios, cambios de color y una distribución instrumental que permite a la música conservar impulso sin perder transparencia. Cebrián demuestra que lo popular no es contrario a la elaboración y que una partitura puede entrar inmediatamente en el oído sin renunciar al oficio.

Esa es también la razón por la que la cultura bandística de Castilla-La Mancha merece una consideración intelectual mucho mayor. Durante generaciones, las bandas han constituido una de las redes de formación musical más eficaces de España. Han creado instrumentistas y públicos, han llevado repertorio operístico y sinfónico mediante transcripciones a lugares donde no existían orquestas, han acompañado el calendario festivo y religioso y, sobre todo, han establecido una extraordinaria transmisión de conocimiento entre generaciones. El atril ha sido muchas veces una segunda aula.

La Escuela Municipal de Música Diego Ortiz actualiza esa tradición en Toledo. Su Banda Joven permite que el aprendizaje instrumental desemboque en una experiencia colectiva donde cada músico descubre algo imposible de aprender a solas: la responsabilidad sonora. Una nota no termina en quien la toca. Modifica la afinación del compañero, altera el equilibrio del acorde, cambia la dirección de la frase. La banda convierte así la música en una forma práctica de convivencia.

Fate of the Gods, de Steven Reineke, cambió por completo el paisaje. La direccionalidad del pasodoble cedió paso a una escritura sinfónica contemporánea construida mediante estratos tímbricos, ostinati, grandes acumulaciones dinámicas y una percusión que deja de ser mero sostén para participar en la propia arquitectura. Reineke plantea un problema fundamental para cualquier formación joven: administrar la energía. Un gran tutti no resulta poderoso porque todos toquen al máximo, sino porque existe jerarquía dentro de él. Un crescendo solamente conmueve si conserva espacio para continuar creciendo.

La Banda Joven respondió con fuerza, pero el interés estuvo precisamente en comprobar cómo buscaba otro sonido. Ese cambio de lenguaje atravesó todo el concierto. The Greatest Showman, en el arreglo de Paul Murtha, exigió otra articulación, otra relación con la síncopa, otro peso de la percusión y una flexibilidad tímbrica distinta. Ahí se encontraba una de las virtudes del programa: no demostrar que una banda puede tocar de todo, sino enseñar a unos músicos jóvenes que no todo puede tocarse de la misma manera.

Y entonces llegó La boda de Luis Alonso

El intermedio de Gerónimo Giménez pertenece a ese reducido grupo de músicas cuya popularidad no ha conseguido desgastar su inteligencia. Se reconoce casi inmediatamente y, sin embargo, continúa sorprendiendo por la precisión de su construcción. Giménez poseía un extraordinario conocimiento del teatro, de la orquesta y, especialmente, del ritmo. Aquí la danza no se coloca sobre la música: está escrita dentro de ella. Los acentos, la acumulación de tensión, los cambios de color y la propulsión rítmica convierten la partitura en movimiento antes de que nadie haya dado un solo paso.

La aparición de Laia Salvador y Dani Morillo transformó el templete. Música y danza dejaron de ocupar territorios diferentes y comenzaron a explicarse mutuamente. La banda proporcionaba al movimiento una arquitectura sonora; los bailarines devolvían a la música su dimensión física. Un acento podía verse antes casi de escucharse; una frase encontraba continuidad en un giro; la tensión rítmica adquiría cuerpo.

Y aparecieron las castañuelas, con una dificultad técnica que demasiadas veces queda escondida detrás de su inmediata capacidad de seducción. Su ejecución requiere independencia digital, limpieza de ataque, dominio del redoble, precisión métrica y, cuando se integra en la danza, una complejísima coordinación entre movimiento corporal y producción sonora. En las manos de los bailarines dejaron de ser un simple color tímbrico para convertirse en prolongación acústica del gesto. La percusión nacía del propio cuerpo.

Aquello elevó al público y modificó el concierto. Las miradas se hicieron más intensas, el pulso comenzó a extenderse por las sillas y La Vega empezó a hacer algo que solamente puede hacer un espacio abierto: sumar espectadores mientras la música está sucediendo. Personas que atravesaban el paseo se detenían; otras se aproximaban al templete atraídas primero por el sonido y después por la danza. Laia Salvador y Dani Morillo habían añadido una dimensión visual, pero sobre todo habían devuelto a la música una de sus alianzas más antiguas. Antes de que existiera el concierto como institución, música y cuerpo ya se entendían.

También quienes permanecían sentados comenzaron a delatarse musicalmente. Un pie marcaba el compás, unos dedos percutían sobre una rodilla, alguna mano dibujaba discretamente una entrada. El cuerpo tiene su propia musicología: reconoce la estabilidad métrica, anticipa el acento y comprende la síncopa mucho antes de ponerles nombre.

Moment for Morricone obligó después a recoger toda aquella energía. Morricone necesita otra respiración. Sus líneas melódicas exigen legato, continuidad y una conciencia especialmente fina de la tensión armónica. La aparente sencillez de sus temas constituye precisamente su dificultad. Una melodía desnuda no permite esconder un mal fraseo. Cada nota debe conocer de dónde viene y hacia dónde va. Para músicos jóvenes, pocas enseñanzas resultan tan importantes como descubrir que sostener una línea puede exigir mayor control que atravesar una página llena de notas.

God Save the Queen, desde el universo de Freddie Mercury, abrió todavía otra ventana tímbrica y confirmó el verdadero hilo conductor del programa: aprender a cambiar de idioma. Pasodoble, escritura sinfónica contemporánea, musical, zarzuela, cine y rock. No como escaparate de estilos, sino como ejercicio de escucha y transformación. Una banda madura no es aquella que puede tocar cualquier repertorio; es aquella que sabe que cada repertorio exige reconsiderar su manera de producir el sonido.

Fuera del programa apareció No puedo vivir sin ti, de Los Ronaldos, y durante unos minutos desapareció la distancia entre el templete y las sillas. El público comenzó a cantar. Aquel “No puedo vivir sin ti. No hay manera. No puedo estar sin ti. No hay manera” circuló de las voces a los instrumentos y de los instrumentos nuevamente a las voces. Cuando se pronunció desde el templete que «sin público no seríamos nada», la frase no necesitó explicación: acababa de demostrarse.

Pero faltaba regresar a casa

El Himno a Toledo, de Emilio Cebrián, fue la última obra. Después de recorrer estéticas, épocas y lenguajes diferentes, la Banda Joven terminaba en el lugar musical al que pertenecía. No era un cierre protocolario. Era una conclusión. Una formación nacida en la Escuela Municipal de Música Diego Ortiz, tocando en el templete de La Vega durante las Ferias y Fiestas de Agosto, terminaba poniendo sonido a una de las páginas que forman parte de la memoria compartida de la ciudad.

Y quizá ahí se encuentre el significado profundo de esta presencia de la música durante el verano toledano. Las Ferias y Fiestas necesitan escenarios, programación y conciertos, naturalmente, pero una política cultural adquiere otra profundidad cuando permite escuchar también aquello que la propia ciudad está formando. La Banda Joven vino a ratificar que la música tiene un lugar en este verano y que ese lugar no pertenece solamente a quienes llegan para actuar, sino también a quienes estudian, ensayan, aprenden y hacen música durante todo el año en Toledo.

La Escuela Municipal de Música Diego Ortiz representa precisamente esa continuidad. Una escuela no entrega solamente conocimientos: entrega posibilidades. Detrás de cada joven sentado en el templete existe un proceso que comenzó probablemente con un sonido frágil, una primera escala, una digitación difícil, un ritmo que no terminaba de encajar. Años después, esos aprendizajes individuales terminan convertidos en una respiración compartida delante de una ciudad. Esa transformación constituye uno de los actos culturales más importantes que puede producir una institución musical.

Las ciudades pueden conservar perfectamente sus monumentos y perder, sin embargo, su memoria sonora. Basta con que dejen de formar músicos, con que las partituras desaparezcan de los atriles, con que las bandas pierdan sus espacios y con que la música deje de formar parte de la vida ordinaria. Toledo hizo aquella noche exactamente lo contrario. En medio de sus Ferias y Fiestas puso una banda joven sobre un templete, hizo convivir a Cebrián con Morricone, Giménez, Reineke o Mercury, dejó que las castañuelas de Laia Salvador y Dani Morillo despertaran el paseo y permitió que una generación de músicos todavía en formación tomara durante unas horas la responsabilidad sonora de la ciudad. Eso no es solamente programar música. Es construir cultura.

Y al final quedaron Ana Belén Rubio y su batuta. Después del Himno a Toledo, tras el último aliento de Cebrián, el brazo descendió y la batuta cayó para cerrar el sonido. En ese gesto mínimo estaba quizá la imagen más auténtica de toda la noche. Una directora terminaba un compás, pero detrás permanecía una Banda Joven Diego Ortiz que todavía tiene muchos compases por delante; jóvenes músicos formados en una Escuela Municipal que no quieren guardar sus sones entre las paredes de un aula, sino devolverlos a Toledo. La batuta cayó y llegó el silencio, pero era un silencio lleno de futuro. Porque esa banda quiere seguir haciendo exactamente aquello para lo que nacieron las bandas: salir, ocupar la calle, encontrarse con su gente y volver a poner sus sones al servicio del pueblo.

Noticias relacionadas
Ana Belén Rubio
Imagen promocional del campamento
Imagen promocional
Imagen de un momento de la función
Imagen de escena de 'Bogotá', de Andrea Peña
A TEMPO DE FURIA (Egozkue y Paz) ofrecen el jueves, 18 de junio, su proyecto FIESTA INTENSIVA en el Museo CA2M
Últimas noticias
Imagen de escena de la obra 'Murmullo'
Hatched Ensemble de la coreógrafa Mamela Nyamza
Imagen de una escena de la obra
Delirivm Musica interpretando La voz del recuerdo. Créditos: Samuel Pereira. Ciclo Clásicos en Verano
Imagen de una escena de la zarzuela
Imagen del patio de butacas en Condeduque