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Año IXNúmero 462
22 JUNIO 2026

Ventisca de títeres en el templete del parque de la Vega en Toledo

Imagen de un momento de la función
Imagen de un momento de la función
Todo empezó con Debajo de un botón, aunque la sensación verdadera fue otra: la de escuchar el “había una vez” y notar cómo, en ese mismo instante, la historia comenzaba. No hacía falta mucho más. Una canción popular, unos títeres de mano, el templete del parque de la Vega en Toledo y un público dispuesto a entrar en el juego bastaron para que La ratita presumida volviera a demostrar que los cuentos antiguos siguen vivos cuando encuentran buenas manos.
La ratita presumida tomó el templete del parque de la Vega en Toledo con naturalidad, oficio y alegría. Empezó con una canción y abrió la puerta del “había una vez”. Sufrió el soplo del viento, dejó entrar a Los tres cerditos, hizo sospechar del lobo, recompuso el cuento, celebró una boda con “din dan don” y mantuvo a un público entregado hasta el final.

Tropos, teatro de títeres regresaba una vez más a Toledo para presentar un trabajo que confirma el alto nivel teatral de un oficio que no debería ser tratado nunca como arte menor. Los titiriteros no llegan a una ciudad solo para entretener una tarde familiar. Llegan para hacer vida cultural. Levantan un pequeño mundo, convocan la atención de los niños y las niñas, despiertan la memoria de los adultos y convierten un espacio cotidiano en un lugar donde, por un rato, todo parece disponible para la imaginación.

El templete no fue un simple escenario al aire libre. Fue parte de la función. Allí los títeres recuperaron un territorio que les pertenece: el espacio público. El banco, el árbol, el paso detenido, el niño que se adelanta, el adulto que observa primero desde cierta distancia y acaba dentro del juego. Los títeres necesitan volver a esos lugares. No por nostalgia, sino porque en la calle respiran con otra verdad. La cultura no se encierra ni se separa de la vida: aparece en medio de ella y la modifica.

En esa delicada maquinaria teatral se advierte una dirección atenta al ritmo. Eduardo Guerrero ordena la función sin cargarla de artificio innecesario. El texto de Guillermo Gil permite que la tradición popular camine con naturalidad, sin perder frescura ni quedar encerrada en una versión rígida del cuento. Patricia Arroyo y Guillermo Gil sostienen, además, el corazón visible del espectáculo como intérpretes y constructores de los títeres. Esa doble condición importa: quien construye una criatura conoce su peso, su resistencia, su gesto posible, su manera de entrar y salir del relato. El vestuario de Isis de Jesús, de La rata parda, y la escenografía de Tropos, teatro de títeres completan un universo sencillo solo en apariencia, muy medido en su claridad y en su eficacia.

La historia es conocida: Martina encuentra una moneda, compra un lazo y empiezan a aparecer pretendientes. Una ratita, un pato, Don Gato, Martín. El cuento pertenece a esa memoria oral que muchos niños descubren por primera vez y que muchos adultos reconocen con una sonrisa casi involuntaria. La virtud de esta versión está en no dejarlo quieto. La tradición no aparece como una pieza guardada bajo cristal, sino como un material vivo que canta, se mueve, tropieza, se recompone y vuelve a empezar.

Las canciones populares fueron mucho más que acompañamiento. Debajo de un botón, las retahílas, las respuestas de los niños, los juegos cantados: todo fue creando una atmósfera familiar y teatral al mismo tiempo. Esas canciones atraviesan generaciones. Las cantaron quienes fueron niños hace décadas, las cantan los niños de ahora y las seguirán cantando otros mañana. Cambian las pantallas, los juguetes y las costumbres, pero una canción sencilla conserva la capacidad de reunir la atención y encender una sonrisa.

Y entonces llegó la ventisca.

Una ráfaga inesperada hizo caer parte del decorado. Durante unos segundos, el cuento quedó suspendido en el aire del parque. Ahí se vio el oficio de verdad. Mientras recolocaban lo que el viento había desarmado, los intérpretes no salieron de la función ni rompieron el encanto. Hicieron algo mejor: ensancharon el relato. De pronto apareció Los tres cerditos, como si otro cuento se hubiera colado por la rendija abierta por el aire. Hubo un cerdito, se insinuó el lobo y surgió la pregunta inevitable: ¿habría soplado el lobo?, ¿habrían soplado los propios niños y niñas?

Aquello fue una lección teatral sin apariencia de lección. La improvisación, cuando nace del dominio y no del nerviosismo, demuestra la categoría del titiritero. No se trató de tapar el accidente, sino de convertirlo en juego. No se negó la caída del decorado, se incorporó al relato. Cuando el fondo volvió a venirse abajo por segunda vez, el público ya no lo recibió como un fallo, sino como parte de la aventura. El viento, los títeres, los actores y los niños parecían estar jugando la misma partida.

Los títeres de mano tienen una fuerza especial porque dependen de una relación inmediata entre mano, materia, voz y ritmo. No necesitan parecer reales para resultar verdaderos. Necesitan estar habitados. Un leve giro puede decir vanidad; una pausa puede abrir suspense; una entrada rápida puede provocar risa antes de que llegue la palabra. Martina apareció coqueta, despierta, presumida en la justa medida, con ese lazo que no era solo adorno, sino detonante de todo lo que iba a suceder. A partir de él llegaban los pretendientes, cada uno con su aire, su música, su ridículo y su promesa.

También hubo música de boda. Sonaron canciones cantadas por niños y mayores, y aquel “din dan don” tuvo una gracia sencilla y contagiosa. No era solo un momento amable dentro del cuento. Era una de esas escenas en las que el teatro infantil revela su verdadera potencia: los niños entran por la risa y la sorpresa; los adultos, por la memoria, por el oficio de quienes están en escena y por la alegría de ver a los pequeños tan dentro de la historia. Cada cual llega desde un lugar distinto, pero todos acaban respirando el mismo ritmo.

El público estuvo entregado. Y en teatro infantil esa frase no puede usarse como adorno. Los niños no sostienen la atención por compromiso. No aplauden por educación cultural. Si algo no vive, se nota enseguida. En el parque de la Vega ocurrió lo contrario. Rieron, comentaron, cantaron, anticiparon, sospecharon del lobo y siguieron a Martina hasta el final. Los adultos fueron entrando poco a poco, arrastrados por esa sonrisa infantil que tiene la capacidad de cambiar la mirada de quien solo pensaba acompañar.

Ahí está una de las grandes razones para recuperar el espacio público para los títeres. En un parque, en una plaza, en un templete, la cultura no llega como una obligación, sino como una invitación. Se puede pasar de largo, pero también detenerse. Se puede mirar desde lejos y terminar cerca. Se puede llegar por un niño y quedarse por el teatro. Esa apertura tiene un valor enorme. Devuelve los títeres a la ciudad y devuelve la ciudad a una forma de imaginación cercana, reconocible y necesaria.

Los títeres son, además, una puerta natural hacia la lectura. Antes de leer palabras, los niños leen escenas: una pausa, una voz, un gesto, una repetición, una entrada, una amenaza, una broma. Aprenden que una historia avanza, se detiene, se complica y se resuelve. Después, cuando ese cuento llegue a un libro, ya no será solo papel. Tendrá voces dentro. Tendrá canciones. Tendrá la memoria de Martina, de Don Gato, del cerdito inesperado y de aquella ventisca que hizo trabajar al teatro con más verdad.

La ratita presumida tomó el templete del parque de la Vega en Toledo con naturalidad, oficio y alegría. Empezó con una canción y abrió la puerta del “había una vez”. Sufrió el soplo del viento, dejó entrar a Los tres cerditos, hizo sospechar del lobo, recompuso el cuento, celebró una boda con “din dan don” y mantuvo a un público entregado hasta el final.

La tarde dejó una imagen clara: una ciudad también se construye con estos momentos. Con niños sentados ante un títere. Con adultos que vuelven a sonreír gracias a ellos. Con canciones populares que todavía funcionan. Con cuentos que siguen encontrando camino. Y con titiriteros capaces de demostrar que, incluso cuando sopla la ventisca, el teatro puede seguir en pie.

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