Ahora que parece haberse puesto de moda repartir y retirar carnés de españolidad, conviene volver la vista hacia aquellas obras que mejor han sabido retratar nuestro país. La escopeta nacional es una de ellas. Ambientada en una etapa de nuestro pasado, no tan lejano, muestra unos comportamientos que, probablemente y por desgracia, siguen formando parte del presente. Casi medio siglo después de su estreno, la obra llega al Teatro Español.
La historia arranca cuando el empresario catalán Jaume Canivell, dedicado a la fabricación de porteros automáticos, acude con su secretaria, Mercè, a una cacería organizada por el marqués de Leguineche en su finca. Su verdadero objetivo no es disfrutar de la jornada cinegética, sino aprovechar la presencia de ministros, altos cargos y empresarios para conseguir que su producto se implante en todo el país. Sin embargo, lo que ambos creen que será una gran oportunidad para impulsar su negocio acabará sumergiéndolos en un entramado de favores, intereses cruzados y ambiciones donde las apariencias pesan más que los méritos.
Adaptar La escopeta nacional supone acercarse a una de las obras más representativas de la extraordinaria colaboración entre Luis García-Berlanga y Rafael Azcona. Juntos hicieron del humor una herramienta para retratar las élites, las relaciones de poder y las contradicciones de una España que todavía resulta reconocible. El peso de ese legado obligaba a tomar una decisión desde el primer momento: intentar actualizar el clásico o confiar en la vigencia del texto.
Bernardo Sánchez Salas, profundo conocedor de la obra de Luis García-Berlanga y responsable de la adaptación, comprende que la vigencia del texto no necesita artificios. Respeta las principales tramas, mantiene intacta la identidad de sus personajes y evita introducir referencias contemporáneas o paralelismos forzados. Al mismo tiempo, reorganiza la estructura para ajustarla al lenguaje teatral sin alterar el delicado mecanismo dramático sobre el que se sostiene la historia. El montaje conserva el aroma de otra época y confía en la inteligencia del espectador para establecer, por sí mismo, los inevitables paralelismos con el presente.

Si Sánchez Salas firma el armazón dramático, Juan Echanove le da vida con una maquinaria escénica que nunca pierde el pulso de la función. No es la primera vez que ambos se acercan a García-Berlanga y Azcona. Hace más de veinticinco años ya colaboraron en la adaptación teatral de El verdugo, una experiencia que cimentó una complicidad creativa que el propio director resume en el programa de mano como dos «almas gemelas teatrales».
Trasladar al teatro el aparente caos de Berlanga sin perder claridad dramática era, probablemente, el mayor reto de la función. Echanove lo resuelve con una dirección de extraordinaria precisión. El escenario parece vivir siempre al borde del desorden, aunque cada entrada, salida e intervención cruzada responden a una planificación milimétrica. La acción apenas concede pausas y obliga al espectador a repartir continuamente la mirada entre los distintos puntos del escenario, donde siempre ocurre algo que reclama su atención. Ese ritmo incesante hace del caos una herramienta narrativa y mantiene intacta una de las principales señas de identidad del universo berlanguiano. El humor convive con la sátira, la farsa y claros ecos del esperpento en una función donde cada carcajada alimenta una crítica social de una lucidez poco común.
La música original de Ángel Galán forma parte del lenguaje escénico. La interpretación en directo de Salva Duyat, José Ramón Arredondo y el propio Galán, que alterna el piano con sus apariciones sobre el escenario, marca desde el primer instante el tono del montaje con el himno de caza inicial. Lejos de limitarse a enlazar escenas, la partitura sostiene el pulso de la acción, acompaña el movimiento coral del reparto y acentúa el carácter satírico de una propuesta que, por momentos, evoca la tradición del sainete, la revista e incluso la ópera bufa.
En el plano actoral, Pere Ponce construye un Jaume Canivell en constante transformación. Al comienzo avanza con la cautela de quien sabe que juega fuera de casa, un empresario catalán convencido de que un buen producto bastará para abrirle camino entre las élites. A medida que descubre las reglas no escritas que rigen ese mundo, acaba jugando con las mismas cartas que quienes al principio parecían observarlo con recelo, hasta firmar en la escena de la cacería uno de los momentos más divertidos de la función. A su lado, Marta Ribera compone una Mercè siempre atenta a cuanto sucede, capaz de anticiparse a cada situación y sostener con naturalidad la evolución de Canivell. Los pasajes musicales aprovechan al máximo su experiencia dentro del género y el dúo final entre ambos deja uno de los momentos más emotivos del montaje.

La familia Leguineche concentra buena parte de la esencia de la obra. Enrique Viana encarna a un marqués instalado en unos códigos propios de otra época, convencido de que el prestigio de un apellido todavía abre muchas puertas. Su condición de tenor aporta un valor añadido a unos pasajes musicales especialmente divertidos y firma algunos de los momentos más aplaudidos de la representación alrededor de la ya célebre colección de trofeos amorosos. Javi Coll dibuja un Luis José criado entre privilegios que ha hecho del capricho una forma de vida. Luisa Martín irrumpe con una energía desbordante y protagoniza algunos de los estallidos cómicos más celebrados de la función. Elisa Matilla interpreta a una Vera del Bosque cuya irrupción basta para resquebrajar ese delicado universo de apariencias.
El reparto coral completa el retrato de los distintos estamentos sobre los que Berlanga y Azcona dirigieron su mirada. Pedro Mari Sánchez compone un Padre Calvo para quien la cercanía al poder parece tan importante como la fe. Javier Mora, Manuel Pico, David Pinilla, Chema Ruiz y el resto del elenco dibujan una sociedad donde aristocracia, Iglesia, política, empresa y alta sociedad comparten los mismos intereses con absoluta naturalidad. Esa es, probablemente, la mayor virtud del reparto: nadie busca sobresalir porque, en el universo de Berlanga, el protagonismo nunca pertenece a un solo personaje.
La escenografía de Isi Ponce recrea con fidelidad la finca de los Leguineche y sitúa desde el primer instante al espectador en ese universo de privilegios donde transcurre la acción. Trofeos de caza, escopetas, retratos, mobiliario y elementos decorativos definen un espacio reconocible que nunca pierde su funcionalidad. La estructura de dos alturas favorece el dinamismo de la representación y la resolución de la cacería mediante pequeños puestos de tiro traslada con ingenio una de las secuencias más icónicas de la película al lenguaje teatral. El vestuario de Tania Tajadura completa con precisión la identidad de cada personaje y la iluminación de Miguel Ángel Camacho acompaña la acción con eficacia. Quizá solo se echa en falta un mayor desarrollo del componente audiovisual. Las proyecciones ayudan a ambientar algunos pasajes, aunque una presencia más continuada habría reforzado el vínculo con el origen cinematográfico de la obra y enriquecido las transiciones entre escenas.
Berlanga y Azcona nunca necesitaron grandes villanos; les bastó con retratar a personajes convencidos de que el privilegio, la influencia y el favor formaban parte del orden natural de las cosas. Casi cincuenta años después, esta adaptación demuestra que cambian los nombres, los escenarios e incluso las formas, pero no aquello que denuncian. La escopeta apunta. Ya no a una cacería, sino a una forma de entender el poder, los favores y el país. El blanco es el mismo.
Autor: Rafael Azcona y Luis García-Berlanga
Dirección: Juan Echanove
Adaptación: Bernardo Sánchez Salas
Reparto: José Ramón Arredondo, Chusa Barbero, Ángel Burgos, Javi Coll, Salva Duyat, Patxi Freytez, Ángel Galán, Elisa Matilla, Luisa Martín, Javier Mora, Verónica Morejón, Manuel Pico, David Pinilla, Pere Ponce, Marta Ribera, Chema Ruiz, Pedro Mari Sánchez, Enrique Viana y Eugenio Villota.
Escenografía: Isi Ponce
Vestuario: Tania Tajadura
Iluminación: Miguel Ángel Camacho
Composición musical: Ángel Galán
Caracterización: Paloma Pérez Schmunk
Ayudante de dirección: Jorge Torres
Ayudante de escenografía y atrezzo: Toni Gelabert
Ayudante de vestuario: Andrea Marín
Asistente de escenografía y atrezzo: Amalia Elorza
Asistente artístico: Victoria Mendizábal
Residente de ayudantía de dirección: Giulia de Crescenzo
Producción: Teatro Español





