Hay algo profundamente irónico en el nacimiento de Gutenberg!. Anthony King y Scott Brown la concibieron como una farsa metateatral sobre dos autores convencidos de haber escrito el próximo gran éxito de Broadway. Más de veinte años después, aquel pequeño espectáculo nacido en el circuito alternativo de Nueva York se ha convertido en un musical de culto, ha pisado Broadway y sigue viajando por escenarios internacionales. La broma acabó convirtiéndose en realidad. Ahora, la obra regresa a España de la mano de El Tío Caracoles en los Teatros Luchana.
La propuesta sigue a dos autores noveles empeñados en convencer a un grupo de potenciales productores de que el musical que han escrito merece llegar a Broadway. El problema es que su obra, centrada en la figura de Johann Gutenberg, está plagada de errores históricos, personajes imposibles y giros disparatados. Sin más recursos que un piano, varias gorras para identificar a los personajes y una fe inquebrantable en su talento, ambos interpretan una historia donde un pisador de uvas llamado Gutenberg se enfrenta a un monje decidido a frenar la expansión del conocimiento.
La figura de Johann Gutenberg funciona poco más que como una excusa argumental. King y Brown utilizan ese punto de partida para construir una sátira de los códigos del teatro musical, acumulando villanos imposibles, romances instantáneos, números grandilocuentes y giros cada vez más disparatados. La parodia, sin embargo, nunca deriva en una simple burla. Detrás de cada exceso asoma un profundo conocimiento del género y una evidente admiración por el universo que está retratando. Esa misma apuesta por la parodia tiene también su reverso. Más allá del ingenio de sus situaciones y del continuo desfile de referencias al género, la obra presenta un contenido dramático relativamente ligero. La función avanza a través de una sucesión abracadabrante de personajes, canciones y situaciones absurdas en la que el humor lo devora todo.
Quienes hayan disfrutado anteriormente de otros trabajos de Zenón Recalde reconocerán buena parte de los rasgos que han convertido al director en una referencia dentro del teatro musical de pequeño formato. Gutenberg exige una precisión milimétrica para coordinar cambios constantes de personaje, transiciones vertiginosas y un complejo entramado de situaciones que podrían derivar fácilmente en el caos. Recalde afronta el reto con notable inteligencia escénica, aprovechando al máximo recursos tan sencillos como las gorras identificativas, auténtica piedra angular de una propuesta capaz de transformar elementos mínimos en herramientas de gran eficacia teatral. A ello se suma una adaptación salpicada de referencias cercanas al público español que favorecen la conexión con la sala sin alterar la esencia del original.

El resultado recuerda por momentos a la dinámica de Asesinato para dos, otro de los grandes éxitos dirigidos por el también actor y dramaturgo. Ambas producciones comparten una concepción del teatro basada en el ritmo, la complicidad con el público y la confianza absoluta en sus intérpretes. En Gutenberg, los protagonistas abandonan constantemente sus personajes para regresar a su condición de autores, comentan la propia función, explican decisiones argumentales cada vez más inverosímiles y buscan de forma casi suplicante la aprobación de la sala. Esa continua alternancia entre ficción y realidad se convierte en uno de los principales motores cómicos del espectáculo.
La dirección musical de Didac Flores (Asesinato para dos, Pretty Woman) encuentra un eficaz punto de encuentro entre la parodia y el homenaje. Las canciones despliegan melodías pegadizas, ritmos intensos y ecos reconocibles de los grandes musicales clásicos, apropiándose de muchos de sus códigos para llevarlos después al terreno del disparate. No destacan por una especial complejidad compositiva, pero tampoco parece ser ese su propósito. Su fuerza reside en alimentar el humor de la función y empujar el absurdo de principio a fin. Números como “El bosque alemán encantado”, “¿Qué pasó, qué pasó?” o “Mañana es esta noche”, brillante cierre del primer acto, ilustran bien esa mezcla de épica desmedida, comicidad y energía que define la partitura.
Merece también una mención especial Nicolás Sans. Su virtuosismo al piano sostiene con brillantez una partitura sometida a constantes cambios de ritmo y registro. Desde las teclas articula la cohesión musical de una función que transita continuamente entre estilos, personajes y situaciones. A ello se añade una presencia escénica tan contenida como eficaz. Impasible frente al caos que lo rodea, construye un contrapunto cómico que termina por convertirlo en una suerte de tercer protagonista silencioso.
La propuesta encuentra además un eficaz aliado en el trabajo de Javier Alegría, Silvina Falcón y Alba Santiago. Escenografía, vestuario, sonido e iluminación entienden perfectamente la naturaleza del proyecto y acompañan la acción con discreción y eficacia. Lejos de competir con los intérpretes, estos elementos contribuyen a definir el universo de la función y proporcionan el soporte necesario para que la imaginación ocupe el lugar central que le corresponde.

El peso de Gutenberg descansa sobre los hombros de Albert Bolea (The Book of Mormon, Company) e Íker Montero (La función que sale mal, Peter Pan). La exigencia interpretativa es enorme, pero ambos la afrontan con una naturalidad admirable. Los continuos cambios de personaje, el ritmo frenético de la función y el constante juego metateatral encuentran en ellos un vehículo perfecto. A lo largo de la representación dan vida a decenas de personajes, diferenciándolos mediante cambios de voz, registro, gesto y actitud sin que la claridad narrativa se resienta en ningún momento. Más allá de la evidente compenetración que comparten sobre el escenario y su fuerte vis cómica, destacan por una extraordinaria capacidad para conectar con el público y sostener la convención teatral sobre la que se construye el espectáculo. Su principal mérito es dotar de verdad y coherencia a un universo deliberadamente caótico que el espectador acepta desde el primer momento y del que no quiere escapar.
A esa versatilidad interpretativa se suma una notable solvencia vocal. Las canciones exigen transitar por registros muy diversos y afrontar continuos cambios de tono sin perder precisión ni presencia escénica. Bolea y Montero resuelven el desafío con seguridad, encontrando siempre el equilibrio entre la exigencia musical y las necesidades cómicas de una función que nunca deja de avanzar.
“El mejor musical del mundo” proclama el cartel con una mezcla de entusiasmo y descaro muy acorde con el espíritu de la función. Sea como fuere, lo cierto es que Gutenberg encierra algo mucho más valioso: una reivindicación de la imaginación, del oficio teatral y de quienes continúan apostando por sus sueños contra toda lógica. Con recursos mínimos y una enorme inteligencia escénica, la producción demuestra que el pequeño formato todavía puede ofrecer experiencias de enorme riqueza. Tiene su propia justicia poética que una obra nacida para reírse de quienes persiguen imposibles terminara por conseguirlo. La broma acabó convirtiéndose en realidad.
Producción General: El Tío Caracoles Production Company
Productor: Miguel Ángel Chulia
Dirección: Zenón Recalde
Texto: Anthony King y Scott Brown
Reparto: Albert Bolea e Íker Montero
Ayudante de dirección y producción: Sergio de Medina
Diseño Escenografía: Javier Ruiz de Alegría
Diseño de vestuario: Silvina Falco
Diseño Gráfico: Maktub Just Design
Técnico de iluminación y sonido: Alba Santiago
Fotografía: Moi Fernández
Prensa y comunicación: Carlos Rivera Comunicación






