Hay veladas que terminan con un brindis y otras que dejan cicatrices. Cuando la sinceridad irrumpe sin previo aviso, la amistad entra en juego y las palabras pesan más de lo que deberían. Sobre esa premisa se articula Pero no se lo digas, la comedia del verano del Teatro Bellas Artes.
La trama sigue a Ramón, un hombre recién separado que acude a cenar a casa de sus amigos Laura y Paco en busca de consuelo. La aparente calma de la velada salta por los aires durante una breve ausencia de Paco, momento que Laura aprovecha para compartir una confidencia inesperada. Ese primer secreto abre la puerta a una cascada de revelaciones que pondrá a prueba la amistad de los tres protagonistas y demostrará que, en ocasiones, la verdad pesa más que cualquier mentira.
A simple vista, podría parecer una comedia más sobre un grupo de amigos que se reúne alrededor de una mesa y termina sacando a la luz los trapos sucios. El punto de partida no es novedoso y remite a un esquema ampliamente explorado por el teatro contemporáneo. Sin embargo, Ferran González encuentra una vía propia tanto en la estructura como en el contenido del texto. En el plano formal, la dramaturgia destaca por la forma en que administra la información. La acción se articula a partir de conversaciones a dos bandas que dejan, de manera alterna, a un tercer personaje fuera de escena. Esa decisión permite que el espectador conozca datos que otros personajes todavía ignoran y que las confidencias sobre la crisis del matrimonio encuentren su reflejo en las conversaciones del amigo recién separado: ambos conflictos avanzan en paralelo hasta que confluyen en un desenlace donde todas las piezas encajan.
A esa arquitectura dramática se suma un contenido que trasciende el mero entretenimiento. Lejos de apoyarse únicamente en el gag, la obra utiliza el humor para explorar el sincericidio, esa necesidad de decir todo lo que uno piensa sin valorar las consecuencias. Desde esa premisa afloran cuestiones tan universales como el desgaste de la convivencia, los silencios que sostienen muchas relaciones, la fragilidad de la amistad o la fina línea que separa la honestidad de la crueldad. Todo ello sin perder nunca el pulso de la comedia, como corroboran las constantes carcajadas del público.
Borja Rodríguez, al frente de la dirección, comprende el funcionamiento interno de la dramaturgia y orienta la puesta en escena para potenciar sus virtudes. El ritmo se mantiene firme durante toda la representación, concediendo a cada conversación el tiempo preciso para que las revelaciones surtan efecto y preparando con naturalidad la siguiente escena. A ello contribuye la escenografía de Luis Crespo, al reproducir con notable fidelidad el interior de un apartamento. El cuidado del atrezzo y de los pequeños detalles refuerza la credibilidad del espacio escénico, donde nada responde al azar. Los numerosos peluches repartidos por el escenario trascienden su función decorativa y, en más de una ocasión, sirven literalmente como escudos para encajar los golpes. Incluso algún electrodoméstico funciona como un personaje más de la función. Y hasta ahí podemos leer.
La puesta en escena sitúa el foco en los intérpretes y en la palabra. La decisión de desarrollar prácticamente toda la acción a través de conversaciones entre dos personajes y en un único espacio intensifica la sensación de encierro: los protagonistas no tienen dónde refugiarse cuando los secretos salen a la luz y se ven obligados a afrontar las consecuencias de cada confesión. Esa apuesta puede transmitir, en determinados pasajes, una ligera sensación de estancamiento al prolongar durante algunos minutos un mismo foco de atención. Sin embargo, la agilidad de los diálogos, la eficacia del humor y el dinamismo de la dirección impiden que esa impresión llegue a instalarse, y el interés se mantiene intacto hasta el desenlace.
Aunque pueda parecer un tópico, una comedia solo funciona cuando el reparto sabe defender el texto. En Pero no se lo digas, los intérpretes encuentran el tono adecuado para dar credibilidad a una historia que oscila constantemente entre el humor y la incomodidad. La respuesta del público durante toda la representación confirma el acierto de un elenco que comprende el pulso de la obra y acompaña con naturalidad la evolución de unos personajes en permanente conflicto consigo mismos.
Agustín Jiménez compone un Ramón descolocado desde su llegada a la vivienda. Recibe, casi sin margen para asimilarlo, los dardos directos e indirectos que lanzan quienes le rodean y responde con una mezcla de incredulidad y perplejidad. Buena parte de la comicidad nace de su forma de encajar cada nueva revelación y, sobre todo, de una expresividad facial que acompaña con precisión el desconcierto del personaje. Jiménez, como profesional de la comedia, dosifica esa tensión durante toda la función hasta que Ramón estalla como una auténtica olla a presión.
En el lado de la pareja, Sara Escudero da vida a una Laura espontánea y desinhibida que, pese a la aparente ligereza con la que se mueve por el escenario, transmite una fortaleza escénica constante. La actriz encuentra en el lenguaje corporal uno de sus principales aliados. Algunos movimientos de piernas, determinadas miradas y pequeños gestos evocan por momentos a la gran Lina Morgan. El efecto liberador del alcohol sirve de impulso para que afloren las frustraciones de Laura, y Escudero, curtida monologuista, las conduce con naturalidad hasta dibujar un personaje tan divertido como humano.
Aunque el texto mantiene a Paco fuera de escena durante buena parte de la representación, su figura permanece presente a través de todo lo que los demás cuentan sobre él. Cuando regresa, el personaje aporta la pieza que faltaba para completar el puzle. En ese momento, César Camino vuelve a demostrar su manejo escénico y su gestualidad facial, dos recursos con los que enriquece cada intervención sin caer en el exceso y que contribuyen a modificar la mirada del espectador sobre la historia.
Bajo la apariencia de una comedia ligera sobre una cena entre amigos, Pero no se lo digas esconde una propuesta con más recovecos de los que cabría esperar. Un texto que dosifica con inteligencia las revelaciones, una dirección que sitúa la palabra en el centro de la escena y tres interpretaciones perfectamente complementarias dan forma a una función que provoca la risa con facilidad, pero también deja al descubierto las contradicciones, las heridas y las miserias que cualquiera podría encontrar al otro lado de la mesa.
Autor: Ferran González
Dirección: Borja Rodríguez
Reparto: Reparto: Sara Escudero, Agustín Jiménez y César Camino
Escenografía: Luis Crespo
Vestuario: Melida Molina
Música: VV.AA
Espacio sonoro: David Piedraescrita
Ayudante de dirección: Roberto Correcher
Dirección de producción: Isabel Casares
Asistente de producción: Marta Sanz
Comunicación y prensa: Futura Comunicación



