Hay familias capaces de hablar durante horas y otras necesitan gritar para conseguir escucharse. Las que gritan llega al Teatro Maravillas después de varias temporadas en cartel y afronta sus últimas funciones en Madrid hasta el próximo 30 de agosto. La comedia pone el foco en los silencios familiares, las expectativas heredadas y los papeles asumidos durante años. Una historia sobre la libertad, la necesidad de vivir la propia vida y una pregunta más incómoda. ¿Qué ocurre cuando dejamos de ser quienes nuestra familia espera que seamos?
La acción nos traslada a una casa de campo, donde Consuelo (Soledad Mallol), una mujer recién enviudada, reúne a sus tres hijas para pasar juntas un fin de semana. Mientras ellas contemplan con preocupación el inesperado cambio de su madre, convertida en una auténtica rockera con Harley incluida y dispuesta incluso a lanzarse en paracaídas, Consuelo parece haber tomado una decisión: vivir lo que le queda de vida a su manera. Sus hijas (Mariona Terés/Ana Peregrina, Marina San José y Rocío Marín/Laia Alemany) tendrán que enfrentarse, entre enredos y situaciones disparatadas, a sus propios miedos, secretos y frustraciones.
La dramaturgia reúne buena parte de los ingredientes de una buena comedia: es divertida, plantea cuestiones universales y encuentra en la experiencia cotidiana un terreno común con el espectador. Antonio Rincón-Cano y José María del Castillo firman un texto ágil y atemporal, capaz de hablar de la familia sin reducirla a un refugio idealizado. Entre el amor, las obligaciones, los reproches y las heridas aparece también el choque entre lo que esperamos de quienes queremos y aquello que realmente pueden ofrecernos. Esa tensión entre los vínculos que heredamos y aquellos que elegimos permite que una historia protagonizada por una familia concreta hable de conflictos que trascienden su propia circunstancia.
Todo ello encuentra en el humor una vía eficaz para abordar cuestiones que podrían haber conducido fácilmente al sentimentalismo. Las que gritan es un canto a la vida, pero también una propuesta vitalista y propositiva: reivindica la posibilidad de cambiar, equivocarse, empezar de nuevo y recuperar el tiempo entregado a lo que otros esperaban. La obra no necesita recurrir al golpe bajo ni fabricar lágrimas para emocionar; la emoción nace de la identificación y de la propia verdad de los conflictos. El dolor está presente, pero nunca tiene la última palabra. La comedia queda como una forma de recordar, sin solemnidad, que todavía estamos a tiempo de decidir cómo queremos vivir.
La dirección de José María del Castillo (Medusa, Desnudando a Eros) destaca por la fluidez con la que articula las relaciones entre las cuatro protagonistas y por unas pequeñas rupturas de la cuarta pared que permiten detener la acción para entrar en la intimidad de cada personaje. La fórmula no es novedosa, pero está bien integrada y adquiere sentido dentro de la función: cada una de las hermanas tiene su propio momento de liberación, una suerte de catarsis que permite conocer sus miedos y secretos y, a partir de ahí, modifica su forma de relacionarse con las demás. Son pequeñas pausas destinadas a buscar la complicidad del público y, de paso, acompañar la evolución de los personajes.
Del Castillo también dosifica las tensiones familiares, el afecto y el humor. Las relaciones entre madre e hijas y entre las propias hermanas sostienen buena parte del movimiento de la función, con una interpretación coral donde cada personaje tiene su espacio y su propio recorrido. El conflicto familiar no necesita grandes artificios para adquirir fuerza: basta con dejar aflorar aquello callado durante años y mostrar las consecuencias de haberlo dicho en voz alta.
Como Consuelo, Soledad Mallol da al personaje un aplomo que podría caer fácilmente en la caricatura y consigue mantenerlo siempre cerca de la humanidad. Hay en su interpretación una despreocupación contagiosa, una alegría casi innata y una naturalidad para la comedia que hacen que tenga una energía propia. Mallol, con toda una vida dedicada a la comedia, no fuerza el desparpajo de esta mujer que, tras enviudar, decide romper con el lugar que la vida parece haberle reservado. Bajo esa vitalidad también hay espacio para la vulnerabilidad, visible cuando la fachada deja paso a una dimensión más íntima. Su interpretación hace de la madre uno de los motores cómicos y emocionales de la función.
Lola parece tenerlo todo bajo control, aunque bajo esa seguridad asoma una insatisfacción que apenas consigue ocultar. Rocío Marín (Dentro de la tierra, Desatadas) encuentra en esa contradicción el tono de su personaje, entre la dureza que exhibe y la fragilidad que procura esconder. Cuando Lola deja atrás su necesidad de control, la actriz sabe aprovechar ese cambio para mostrar sus verdaderas necesidades y llevarla hacia una liberación que modifica por completo su actitud.

Marina San José da vida a Elo en una interpretación especialmente cercana. Hay verdad en su composición y una naturalidad que acerca sus conflictos al espectador. Elo ha hecho de la responsabilidad hacia los demás una forma de vida y halla en los animales su refugio, su vocación y también una manera de protegerse de una soledad que quizá sea el conflicto más difícil de afrontar. San José (Una semana nada más, Lotto) transmite esa fragilidad sin subrayarla y acompaña con sensibilidad el cambio de una mujer que, casi como un Pablo de Tarso particular, descubre en aquella casa una forma distinta de mirar su propia vida.
Ana Peregrina nos regala algunos de los momentos más cómicos de la obra como Lourdes, una mujer de fe honda cuya contención contrasta con el histrionismo de la actriz, siempre bien medido y lejos de la exageración. Sus gestos y reacciones son una fuente constante de humor. Peregrina (La portera nacional, Dobles) acompaña, además, el progresivo desahogo de una mujer a la que su familia no termina de tomar en serio y cuyas convicciones la han llevado por un camino difícil de comprender para los demás. Poco a poco, Lourdes consigue hacerse escuchar desde otro lugar.
La música de Guillermo Fernández adquiere especial fuerza en el estribillo final, una celebración de la libertad y de las ganas de vivir que resume el espíritu de la función. Vivir sin miedo, sonreír, confiar y gritar lo bonita que es la vida. Después de todo lo que estas cuatro mujeres han tenido que soltar, pocas formas mejores de despedirlas que hacerlo cantando.
Productores: Julián Galindo y José María del Castillo
Dirección: José María del Castillo
Texto original: Antonio Rincón-Cano y José María del Castillo
Reparto: Soledad Mallol, Marina San José, Rocío Marín, Mariona Terés y Laia Alemany
Escenografía: Mónica Boromello
Iluminación: Pilar Valdelvira
Vestuario: Guadalupe Valero
Composición musical: Guillermo Fernández
Movimiento escénico: Aleix Mañé
Diseño de maquillaje y peluquería: Chema Noci
Ayudante de dirección: Jesús Redondo
Con la colaboración de: Anabel Alonso, María Garralón, Luisa Martín, David García y Vincent Sag
Dirección de producción: Antonio Rincón-Cano y Alba Martínez
Ayudante de producción: Celia Faba
Producción administrativa: Minerva Ríos
Gerencia y regiduría: José Luis Sendarrubias
Coordinador técnico: Enrique Chueca
Técnica de iluminación: Alba Segovia
Técnico de sonido: Fernando Arlandis
Maquinista: Yeyo Barquero
Diseño de cartelería: María La Cartelera
Audiovisuales: David González y Ana Fuentes
Jefatura de prensa: Daniel Mejías







