Un productor quiere sacar adelante una obra imposible. A partir de ahí, nada sale como estaba previsto. Antonio Molero se mete en la piel de Félix Artifex, una comedia que llega a los Teatros Luchana con el caos de una producción como motor de una función empeñada, desde el arranque, en desbaratarlo por completo.
El texto parte de Mistakes Were Made, del dramaturgo estadounidense Craig Wright, una obra que pasó por el Off-Broadway neoyorquino antes de llegar ahora a Madrid en la adaptación y dirección de Zenón Recalde. Wright plantea la historia de Félix Artifex, un productor teatral que intenta sacar adelante un proyecto mientras todo a su alrededor empieza a complicarse. La propuesta mantiene uno de los rasgos más particulares del original: un único actor sobre el escenario y una larga sucesión de conversaciones telefónicas que permiten al protagonista relacionarse con personajes que nunca llegamos a ver.
Hay que felicitar a El Tío Caracoles, compañía responsable del espectáculo, por apostar por una obra que habla de teatro desde el propio teatro y pone el foco, al menos en su superficie, en una figura cuya labor no siempre recibe el reconocimiento merecido: la del productor. Sobre él recae buena parte de la responsabilidad de coordinar a quienes intervienen en el montaje, encajar cada pieza y conseguir, cuando llega el momento de levantar el telón, tenerlo todo preparado. La ambición por sacar adelante el proyecto choca con una sucesión de imprevistos que obligan a Félix a gestionar el fracaso sin llegar a reconocerlo.
La adaptación de Zenón Recalde merece también una atención particular. No estamos ante una simple traducción de Mistakes Were Made, sino ante una nueva versión concebida para el público español, una tarea nada sencilla cuando el texto juega con el lenguaje, el ritmo y las situaciones propias de la industria teatral estadounidense. Recalde conserva el planteamiento de Craig Wright y su mirada mordaz sobre el oficio, pero trabaja el material para que el humor respire con naturalidad en nuestro contexto. La ambición, el ego, las excusas, las pequeñas mentiras y la necesidad de sostener el espectáculo a cualquier precio trascienden las particularidades del escenario norteamericano y permiten reconocer comportamientos perfectamente familiares.
La gestión del fracaso, ya mencionada, ocupa buena parte del recorrido de Félix Artifex. Su trabajo consiste en encontrar soluciones a todo nuevo contratiempo, aunque su empeño por mantener el proyecto en pie genera nuevas dificultades. Cada decisión abre una grieta distinta y obliga a improvisar una solución todavía más arriesgada. De esa sucesión de problemas, malentendidos y llamadas cruzadas nace buena parte del humor. Félix queda atrapado en una espiral en la que, cuando todo indica que las cosas ya no pueden ir peor, surge un nuevo obstáculo. Es una comicidad basada en el infortunio y la acumulación, capaz de despertar una mezcla de diversión y cierta compasión por un personaje al que nada parece salirle bien.

La dirección de Zenón Recalde vuelve a demostrar un dominio notable del ritmo y de los mecanismos de la comedia. No es una cuestión menor en una obra como esta, donde las llamadas telefónicas sustituyen a los personajes ausentes y adquieren una presencia casi física sobre el escenario. Cada interlocutor modifica el estado de ánimo de Félix, introduce una nueva dificultad o altera el rumbo de la conversación, de modo que el teléfono deja de ser un simple recurso narrativo y pasa a ser uno de los motores de la función. Recalde sabe jugar con esas entradas y salidas invisibles, marcar las pausas, subrayar las situaciones y encadenar los problemas sin que la tensión cómica pierda fuerza.
Hay también una experiencia previa que ayuda a entender el trabajo del también actor y dramaturgo argentino en esta puesta en escena. Después de dirigir Asesinato para dos, donde dos intérpretes daban vida a trece personajes, y Gutenberg, el mejor musical del mundo, basado igualmente en el juego con la multiplicidad de roles, vuelve a enfrentarse a un dispositivo escénico reducido en apariencia, pero lleno de posibilidades.
Antonio Molero sostiene sobre sus hombros una función exigente y poco habitual en su trayectoria. El reto de enfrentarse prácticamente en solitario al escenario cobra fuerza a medida que Félix pierde terreno. Parte de una seguridad inicial y avanza hacia un estado creciente de nerviosismo, ansiedad y resignación, mientras los problemas van cerrando el cerco.
Su trabajo corporal es otro de los aciertos. La gestualidad permanece contenida incluso en las situaciones más disparatadas, pero transmite con enorme precisión el agotamiento, la tensión y esa sensación de claustrofobia. Una mirada, un cambio de postura o un silencio prolongado bastan para mostrar hasta dónde ha llegado Félix. Bajo el humor del desastre asoma entonces un hombre aferrado a aquello por lo que ha luchado y que todavía se resiste a abandonar. La interpretación encuentra en este punto su dimensión más humana: hacer reír mientras deja entrever el cansancio de alguien incapaz de asumir la derrota. En este particular juego telefónico merece una mención especial Ana Belén Beas, cuya voz, en el papel de la secretaria, adquiere una presencia fundamental. Sus intervenciones orientan a Félix entre las distintas llamadas y ayudan a ordenar el laberinto de voces y situaciones por el que avanza la función.
Se nos fue de las manos aprovecha el desconcierto para hablar de algo tan humano como la dificultad de aceptar el propio fracaso. Todo avanza entre llamadas, nervios y decisiones desesperadas hasta dejar a Félix sin excusas, cara a cara con aquello que más ha intentado esquivar. Es una comedia capaz de arrancar carcajadas sin renunciar a un poso de melancolía: la de quien se resiste a soltar algo que ya ha perdido.
Producción general: El Tío Caracoles Production Company
Productor: Miguel Ángel Chulia
Diseño de producción artística: Ana Belén Beas
Texto: Craig Wright
Dirección y adaptación: Zenón Recalde
Ayudante de dirección: Ana Belén Beas
Diseño de escenografía: Asier Sancho Senosiain
Diseño gráfico: Maktub Just Design
Diseño de vestuario: Silvina Falcón
Diseño de iluminación y sonido: Alba Santiago
Fotografía: Moi Fernández






