Tom Schulman ganó el Oscar al mejor guion original por El club de los poetas muertos, la película dirigida por Peter Weir, y años después llevó la historia al teatro en la Classic Stage Company de Nueva York. Ahora, Juan Luis Iborra dirige la versión española en el Teatro La Latina, con Juanjo Artero como John Keating, el profesor que invita a sus alumnos a subirse al pupitre para mirar el mundo desde otro ángulo.
La acción transcurre en 1959, en la Academia Welton, un internado masculino estadounidense regido por la tradición, la disciplina y el rigor académico. La llegada de John Keating, un antiguo alumno convertido en profesor de literatura, altera la rutina del centro con unos métodos de enseñanza poco convencionales. Frente a un sistema rígido, invita a los estudiantes a pensar por sí mismos, a explorar inquietudes y a encontrar una voz propia. Las lecciones llevan a un grupo de alumnos a rescatar una antigua sociedad secreta, el Club de los Poetas Muertos, cuyas reuniones clandestinas ofrecen un territorio de libertad. Pero las vocaciones y los deseos que despiertan chocan pronto con las expectativas de las familias y con la autoridad de la institución.
Puede sonar a tópico hablar de la dificultad de trasladar al teatro una película tan reconocida, pero no deja de ser un reto considerable. El recuerdo de la cinta de Peter Weir y de sus personajes acompaña al espectador a la sala, y funciona a la vez como acicate para acercarse al teatro y reencontrarse con una historia que ha marcado a varias generaciones. Que ese vínculo con el original despierte el interés por la representación supone ya un primer mérito, algo que también se refleja en la buena respuesta del público y en una sala prácticamente llena durante la función.
El paso al escenario obliga a reorganizar el material. Tom Schulman concentra la narración, prescinde de algunos personajes y reúne en un mismo personaje varias funciones para dar más peso a los conflictos de fondo. Pese a esos ajustes, la versión escénica conserva la esencia del relato y sus líneas argumentales básicas. Sin embargo, el desarrollo tarda en adquirir verdadera tensión dramática: la sucesión de escenas dedicadas a las enseñanzas del profesor y a los primeros acercamientos de los alumnos a la poesía ralentiza el ritmo y deja pasajes algo monótonos antes de que el nudo cobre fuerza.

La vigencia del texto radica además en su defensa de la poesía y la literatura como vías para entender el mundo, expresar lo que se siente y descubrir quién es uno. “La raza humana está llena de pasión”, recuerda Keating a sus alumnos, y reclama el arte como una necesidad que trasciende las aulas y el saber académico. Sus lecciones invitan a cuestionar las convenciones, a pensar con criterio y a hallar una voz propia frente a las imposiciones de la familia y de la sociedad. La amistad, el despertar de las vocaciones artísticas y el derecho a elegir el futuro completan una trama cuyo carpe diem va más allá del goce del presente: reivindica el fervor como motor de la vida.
La dirección de Juan Luis Iborra imprime a su puesta de escena una carga emocional que es ya seña de identidad de su trabajo, presente también en Los chicos del coro y Oliver Twist. Su mirada recoge con cariño los valores de la historia y se acerca a los personajes desde la humanidad, la amistad y el despertar de las vocaciones personales, y combina la complicidad juvenil con los momentos de mayor intensidad dramática.
Destaca asimismo el aprovechamiento del espacio. La acción se despliega desde varios ángulos y las transformaciones del escenario enriquecen la función y mantienen la atención del público, con el paso del interior del aula a la cueva como mejor ejemplo. La pulcritud del aula, su orden y su solemnidad reproducen el universo reglado de Welton, aunque lo que sucede dentro de ella contradice esos mismos principios. Este pequeño microcosmos acoge las enseñanzas de Keating, que ponen en entredicho los cuatro pilares de la institución. La cueva prolonga esa ruptura fuera de las aulas y ofrece un refugio clandestino donde los alumnos encuentran un reducto de libertad y transgresión. La escenografía de David Pizarro proyecta esta dualidad con minuciosidad, mediante el juego de perspectivas y los cambios de ambiente que recrean los lugares del relato. Por su parte, la iluminación de Juanjo Llorens acompaña estas transiciones y marca la frontera entre ambos mundos.
Juanjo Artero afronta el desafío de dar vida a John Keating, un personaje inevitablemente asociado a la interpretación de Robin Williams. El actor halla un registro personal y compone un profesor de discurso pausado y profundo, pero también juguetón, con ciertos rasgos de la comicidad clown que aportan frescura a sus clases. Su presencia introduce una suerte de entropía en la severa Welton: trastoca las normas establecidas, aviva la curiosidad de los alumnos y abre caminos hacia otras formas de entender la educación. Artero combina humor, cercanía y pasajes de gravedad, y transmite la convicción de un personaje que anima a razonar con autonomía. Frente a él, Manu Rodríguez da cuerpo al mando académico en el director Nolan, guardián férreo del reglamento y del ideario de la Academia. Tomy Álvarez, como el señor Perry, lleva el pulso al terreno familiar. Su personaje encarna las exigencias paternas y la presión por seguir una senda trazada de antemano, incluso cuando se opone a las aspiraciones de su hijo.

El joven elenco sostiene buena parte de la historia con un trabajo coral que refleja la evolución de los alumnos, desde la incredulidad ante los métodos de Keating hasta el entusiasmo y la implicación con sus enseñanzas. Jacobo Camarena sobresale como Neil Perry, líder natural del círculo, al que dota de carisma, empuje y una energía contagiosa. Su pasión por el teatro tropieza con las órdenes de un padre empeñado en decidir su futuro. Sus mejores momentos llegan en el desenlace: pasa de la ilusión al desgarro con un trabajo interpretativo preciso, que transmite con contención el derrumbe de un joven incapaz de encontrar una salida al conflicto que vive. Sergio Aguado perfila un Todd Anderson convincente y desarrolla con acierto su arco de crecimiento. Curtido en el teatro musical, refleja el paso de la timidez y la inseguridad a una confianza cada vez mayor. A medida que Todd empieza a creer en sí mismo, también se abre al mundo y encuentra su propia voz, en una transformación que Aguado acompaña con sensibilidad y naturalidad.
Lennon Jon Sharp presta a Charlie Dalton (Nuwanda) el talante más rebelde y provocador de los alumnos. Álvaro de Paz da vida a Knox Overstreet, cuyo impulso romántico le lleva a enfrentarse a sus miedos. Gabriel Flores hace de Steven Meeks uno de los personajes más divertidos, con una curiosidad insaciable y un temperamento imprevisible que anima las escenas compartidas. Marcos Saneiro interpreta a Richard Cameron, cuya delación rompe la unidad del grupo y abre una brecha entre los compañeros. En todos ellos se aprecia la naturalidad de las interpretaciones y la cohesión del grupo.
Más de tres décadas después, El club de los poetas muertos mantiene intacta su capacidad para emocionar. La función recuerda que la vida no puede quedar sometida a las expectativas ajenas y que, a veces, hace falta subirse al pupitre para atreverse a mirar el mundo de otra manera. Iborra y un elenco joven, generoso y entregado lo defienden con verdad y ternura. El aplauso final confirma que la historia aún toca al público. Carpe diem. Y que nadie nos quite la voz.
Autor: Tom Schulman
Dirección: Juan Luis Iborra
Reparto: Juanjo Artero, Manu Rodríguez, Tomy Álvarez, Jacobo Camarena, Gabriel Flores, Lennon Jon Sharp, Álvaro de Paz, Sergio Aguado y Marcos Saneiro
Diseño de escenografía: David Pizarro
Diseño de vestuario: Gabriela Salaverri
Diseño de iluminación: Juanjo Llorens
Música: Gerardo Gardelín
Coreografía: Luis Santamaría
Ayudante de coreografía: Carol Gómez








