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Año VIINúmero 353
24 MAYO 2024

Y se apagan las luces: la oscuridad del pasado destella el presente

El pasado nos persigue y, queramos o no, condiciona de algún modo nuestra forma ser y comportarnos. Podremos borrar, o por lo menos intentarlo, algún episodio, pero no vamos a conseguir eliminarlo por completo y puede que ese pasado no sea tal y, sin nosotros saberlo, forme parte del presente y marque nuestro futuro. Si desean profundizar sobre esta y otras reflexiones deben visitar SOJO Laboratorio Teatral.

De la mano de Andrés Fernández, autor del libreto, nos situamos en la noche en la que Carlos viaja a Madrid para hacer un casting. Este se ve obligado a dormir en el único sitio que encuentra: el piso de un viejo compañero de escuela que quedó paralítico el día en que el actor consiguió su gran papel. A lo largo de la noche, resucitarán fantasmas que parecían enterrados y reaparecerán aspectos pasados de sus vidas no tan lejanos.

Antes de entrar a valorar la representación, considero relevante resaltar la importancia de espacios escénicos propios como este, cuya filosofía de programación se centra en montajes de  importancia sociocultural donde los verdaderos protagonistas son los espectadores y su principal objetivo es la experimentación teatral y el apoyo a jóvenes artistas para impulsar el talento local. Además, tal y como podemos ver en su web, SOJO Laboratorio teatral cuenta con una academia de artes escénicas donde se realizan talleres de formación profesional para el impulso de la investigación y el emprendimiento teatral. El futuro de las artes escénicas en general, y de la teatral en particular, está en nuestro presente inmediato y en el talento de jóvenes dramaturgos. Y para muestra, este montaje.

El libreto propuesto por Andrés Fernández –al frente de obras como Tuyo, Etiquétame y Todo empieza ahora– es compacto, inteligente, cargado de simbolismo y puede entrar en la categoría teatral de drama contemporáneo donde la tragedia con destellos de comedia es la protagonista. La temática resulta atrayente porque aborda sentimientos humanos como el rencor, el valor de la amistad, la libertad o la dualidad fracaso-éxito. Emociones o sensaciones que todos en algún momento hemos sentido siendo nosotros los protagonistas o a través del efecto espejo, proyectadas en los demás. Su primera virtud radica en la enorme carga psicológica del texto, muy bien mantenida a lo largo de la función. Los diálogos son lances dialécticos entre los protagonistas, como una partida de ajedrez donde los argumentos son las piezas y quedarse sin ellos puede suponer perder la partida sin posibilidad de jugar una nueva.

Por otra parte, me fascinó el carácter metateatral de la representación, por su inteligencia y buena ejecución, donde el destino de los protagonistas parece estar ya escrito como si de un libro sagrado se tratara. Y hasta aquí puedo leer. La unión de todos lo anterior, unido a la inclusión de elementos propios del thriller, engancha al espectador y le hace permanecer en una tensión constante. Por incluir una recomendación, hubiera sido interesante dar mayor vuelo a la trama con la inclusión de más instantes del pasado para enriquecer la acción, cargar de motivos a los protagonistas y dotar de mayor enjundia el final de la representación.

La dirección recae en Jonatan González, diplomado en Escuela de interpretación y dirección Bululú2120, quien sabe plasmar y conceptualizar sobre el pequeño escenario la carga del libreto. Su dirección aumenta, más si cabe, la carga dramática de la obra proyectando tensión, con silencios bien implementados (incluso podría incorporar más), luminosidad intimista y una gestualidad facial y corporal matadoras. Conviene recordar la categoría teatral del subtexto, entendido como todo aquello por debajo del personaje teatral, al significado profundo y dotador de sentido al papel interpretado y que, en definitiva, responde al “por qué”. Algo similar a lo que Stanislavski definía como “esferas de atención”. Dicho en román paladino, González consigue bucear en lo más hondo de los personajes para crear una unión simbólica entre los actores, traducida en complicidad, creando un duelo interpretativo de gran altura.

Los encargados de llevarlo a cabo son dos jóvenes actores de gran talento y formación. Andrés Fernández, se desdobla de su faceta como dramaturgo, y permanece postrado en una silla de ruedas durante toda la representación. Su falta de movimiento corporal la suple con una mirada profunda, desafiante y ladina, sumada a una actitud distante, taimada y llena de odio; todas ellas interpretadas con solvencia y credibilidad. Sus frases, pronunciadas con una sobresaliente desgana hiriente, son dardos envenenados haciendo de efecto sedante a su contrario y rompiendo la aparente paz del conticinio. Su acompañante es interpretado por Jaime Macanás –versátil actor de teatro, formado en canto y cine, con la película recién estrenada Todos contra mí en el Festival de cine de Alemania Hof International Film Festival– un papel nada sencillo al tener que mostrar y demostrar asombro e incredulidad. El actor murciano sabe cómo hacerlo, al recoger y aguantar los golpes dialecticos sin ápice de sobreactuación, aunque su evolución le lleva a pasar a la acción y dinamitarlo todo.

Un drama contemporáneo sobre el paso del tiempo con un libreto compacto, inteligente y cargado de simbolismo y una dirección precisa e intensificadora de sentimientos de dos sobresalientes jóvenes actores. Silencio. Y se apagan las luces.

 

Libreto: Andrés Fernández

Dirección: Jonatan González

Reparto: Jaime Macanás, Andrés Fernández

Producción: Producciones la vaca feliz

 

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