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Año VIINúmero 349
23 ABRIL 2024

Un buen colchón: Yo para ser feliz quiero un…

Imagen promocional de la obra

¿Qué es lo que nos impulsa a obsesionarnos con objetos aparentemente mundanos?, ¿por qué creemos que la adquisición de un artículo en particular puede transformar nuestra vida?, ¿somos permeables al bombardeo constante de la publicidad? Así como un colchón se adapta a los contornos de nuestro cuerpo para ofrecer un descanso reparador, esta comedia nos envuelve en un cómodo colchón de reflexión, donde cada pregunta es un resorte que nos impulsa a buscar respuestas. Si desean profundizar en estas y otras cuestiones pueden visitar el Teatro Quique San Francisco.  

La obra nos invita a conocer a Bárbara (Veki Velilla) y Andrés (Víctor Palmero), una pareja de treintañeros que da el paso de vivir juntos. Durante su primera noche en su nuevo hogar, una noticia peculiar llama su atención: un futbolista de élite duerme en un colchón de 45 mil euros. Esta revelación desencadena una serie de hechos inverosímiles, especialmente para Andrés, quien se ve abrumado por una revelación onírica: ese colchón debe ser suyo. Aunque inicialmente reticente, Bárbara, deseosa de aprobar sus oposiciones, también se ve arrastrada por el mismo deseo irresistible. Así, la pareja se embarca en una divertida búsqueda del codiciado objeto del deseo. Harán todo lo posible para cumplir su nuevo sueño sin que nada ni nadie se interponga en su camino.

Esta propuesta quizá a primera vista puede desconcertar al espectador con su peculiar premisa. Sin embargo, esta sensación inicial de desconcierto pronto se transforma en un profundo interés cuando se explora más allá de la sinopsis. Esta es precisamente la primera virtud de la obra, una creación original y novedosa de Jorge A. Lara, que invita al público a sumergirse en un mundo lleno de sorpresas y reflexiones sobre la naturaleza humana y la sociedad contemporánea. Si seguimos profundizando, el libreto de Paula Llorens es verdaderamente sensacional. Con una maestría narrativa excepcional y un enfoque multidimensional, con narrador incluido, esta dramaturga y actriz valenciana, licenciada en Filología Hispánica, en Arte Dramático y en Dirección y Dramaturgia, logra tejer una trama cautivadora que va atrapando al espectador a medida que se revelan nuevos detalles y giros inesperados en la trama. Llorens crea un equilibrio perfecto entre lo cómico y lo profundo, lo absurdo y lo real, lo que confiere a la obra una riqueza y una autenticidad únicas. El libreto conecta rápidamente con el público al presentar personajes fácilmente identificables con experiencias comunes. ¿Quién no ha sentido alguna vez una fuerte obsesión por algo que ha visto y deseado fervientemente? La trama recorre todas las etapas del deseo, desde su inicio impulsivo hasta su normalización gradual. Sin embargo, esta supuesta normalidad conduce a una locura aún más intensa de deseos descontrolados, manteniendo a todos en vilo sobre el curso que tomará esta obsesión creciente e inconsciente.

Un buen colchón no solo es una comedia entretenida, también es una crítica mordaz a la sociedad consumista y a la naturaleza de nuestra búsqueda de la felicidad. La obra explora cómo la sociedad, especialmente entre el público joven, se ve influenciada y permeada por la cultura del consumo, buscando constantemente la gratificación inmediata y los atajos hacia la felicidad. Esta crítica se presenta de manera brillante a través de la trama centrada en la obsesión de los personajes por poseer un colchón de lujo, que sirve como una metáfora poderosa de los objetos materiales a menudo perseguidos como símbolos de éxito y bienestar. Como expone la propia Llorens (Una guerra invisible, Yana o La malaltia del temps, Inquilinos), existe “esa necesidad autoimpuesta por modas, tendencias y una obsesión por ser más que, mejor que; exclusividad y capricho”. De tal forma, logra mezclar hábilmente la hilaridad con la profundidad, ofreciendo al público una experiencia teatral que invita tanto a la risa como a la reflexión sobre nuestras propias prioridades y valores en la sociedad contemporánea.

La dirección magistral de Israel Solà consigue materializar de manera brillante todas las temáticas previamente mencionadas y agregar matices adicionales. Este director y dramaturgo, fundador de la compañía de teatro La Calòrica, hace hincapié en lo onírico desde el principio, utilizando el sueño como punto de partida para explorar los miedos y las inseguridades de los personajes. A medida que la trama avanza, la frontera entre la realidad y la fantasía se desdibuja, convirtiendo lo que comienza como un inocente deseo en una pesadilla creciente. En este estado de seminconsciencia, la batuta de SolàMucho ruido y pocas nueces (2017), Fairfly (2017), Nala (2023)– va más allá al acentuar la sensación de que los personajes son como títeres en manos de un demiurgo, un ser que juega con sus destinos; piezas en un tablero, interactuando entre sí en torno al santuario del sueño y epicentro del conflicto. Esta dinámica recuerda a la teoría de juegos, donde las decisiones de cada jugador afectan el resultado global. En definitiva, Solà teje hábilmente una atmósfera en la que la pareja protagonista parece estar atrapada en un juego cósmico, donde sus acciones y decisiones son manipuladas por un tercero que entra y sale de la acción. Un recurso no empleado normalmente pero que bien ejecutado, como es este caso, añade intriga y misterio a la trama, interpela directamente a los asistentes y abre un nuevo punto de reflexión de hasta qué punto somos o no autónomos en la toma de decisiones.

El trío de actores brilla con una actuación sensacional, mostrando una química y complicidad sublimes en el escenario, con dominio del subtexto incluido. Carlos Chamarro hace gala de su actitud camaleónica al encarnar a múltiples personajes, como el clásico mercachifle vendedor de colchones o el encorbatado director de banco; sin embargo, su papel central es el de narrador omnisciente con aura de demiurgo. Este archiconocido actor de teatro, cine y televisión logra transmitir un carisma embaucador y una astucia traviesa que cautiva al público desde el primer momento. Su capacidad para manipular la acción y rebobinarla a su antojo le otorga un control casi mágico sobre la trama, añadiendo una capa de intriga y sorpresa a la obra. A su vez, personifica la esencia de los presentadores estrella de los años 90 que solían conducir programas televisivos con magnetismo, carisma y encanto. En definitiva, un maestro de ceremonias del cabaré viscoelástico, como lo define Víctor Palmero.

La pareja de treintañeros es representada por Víctor Palmero y Veki Velilla. El primero encarna a Andrés, un periodista en horas bajas enfocado en la creación de contenido digital. Un personaje soñador, hipocondriaco y algo ingenuo, que se ilusiona fácilmente y busca el éxito a través de la adquisición del colchón de lujo. Palmero logra transmitir la vulnerabilidad y la determinación de su personaje de una manera entrañable y pueril y genera empatía con su búsqueda de realización personal. Parece mentira que sea el mismo actor que haya triunfado con su monólogo dramático Johnny Chico, al ver ahora su actitud relajada y disfrutona. Es un testimonio de su versatilidad como actor, destacando su vis cómica de manera excepcional en esta comedia.

A su lado, Veki Velilla interpreta a Bárbara, una aspirante a funcionaria controladora y aplicada. Comienza la obra siendo la parte racional y equilibrada de la relación, pero a medida que avanza la trama, experimenta una transformación notable al sucumbir al encanto del preciado colchón. Esta evolución es fascinante de presenciar, ya que Velilla retrata magistralmente la resistencia inicial de su personaje, mostrando su determinación y firmeza en sus convicciones. Sin embargo, a medida que la historia avanza, vemos cómo la influencia del colchón va minando gradualmente esa resistencia, llevándola a cuestionar sus propias creencias y prioridades. Esta actriz de exitosas series televisivas como La catedral del mar o Amar es para siempre ejemplifica de manera creíble a un personaje gradualmente consumido por la obsesión, pasando de la intensidad, energía y determinación iniciales a una especie de letargo emocional.

El diseño de escenografía a cargo de Silvia de Marta es un elemento destacado al integrar al lujoso colchón como un miembro más de la pareja protagonista. Con un toque dorado y lujurioso, casi inalcanzable, este objeto de descanso se convierte en un símbolo visual de los deseos y aspiraciones de los personajes. Además, de Marta recrea con pocos elementos los lugares donde transcurre la acción, lo que contribuye a la versatilidad y fluidez de la puesta en escena. Por su parte, el diseño de iluminación, a cargo de Enrique Chueca, complementa de manera magistral la escenografía. Chueca juega con la ostentosidad y la oscuridad, al crear atmósferas identificativas de los estados emocionales de los personajes y el desarrollo de la trama que realzan la narrativa y la estética de la obra; desde una iluminación deslumbrante que resalta el lecho de ilusiones hasta la más obscura de las luces que infunde tensión e incertidumbre.

 

En Un buen colchón, el ingenioso libreto, la hábil dirección y las brillantes interpretaciones del reparto, nos invitan a reflexionar sobre la búsqueda obsesiva del éxito material y el verdadero descanso interior.

 

Idea Original: Jorge A. Lara

Libreto: Paula Llorens

Dirección: Israel Solà

Ayudante de Dirección: Javier L. Patiño

Reparto: Carlos Chamarro, Veki Velilla y Víctor Palmero

Diseño de escenografía: Silvia de Marta

Diseño de Iluminación: Enrique Chueca

Diseño de sonido: Guillem Rodríguez

Productores: Jorge A. Lara y Borja Cabada

Producción ejecutiva: Gabriel Ochoa y Carlota G. Santos

Dirección de producción: Carlota G. Santos

Ayudante de producción: Javier L. Patiño

Producción y distribución: Once Varas Producciones

 

 

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