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Año IXNúmero 478
18 OCTUBRE 2026

Lo cursi y la danza

 

 

Traducir a palabras un arte que se manifiesta con otros códigos lleva su riesgo. Se trata de construir un nuevo lenguaje, con su contexto y escenario, en el que el trasvase de información conlleva lo suyo: interpretación, enfoque, elección, en este caso de palabras,…

Escribir y hablar de danza, de música, de arte, de fotografía, incluso de cierto tipo de cine, tiene su aquel. Son disciplinas en las que la palabra no está presente, ni es elegida, ni sirve como instrumento principal en el proceso de la creación y muestra de lo que sea que se quiera crear y mostrar. Y en dicha traslación, de aquello a palabras, para continuar con el proceso de transmisión y difusión, es donde suele aparecer un mal, seguramente menor, pero que trunca en no pocas ocasiones la difusión y accesibilidad de todo arte, objetivo principal de cualquier transmisión cultural: lo cursi.

Cuando aparece lo cursi, el objeto se aleja y la eficacia del mensaje queda decapitada.

Escuchando a los protagonistas de la danza y a su audiencia a lo largo de estos años, e incluso releyéndome en alguna ocasión, he venido sintiendo que lo cursi afecta de manera más siginificativa a esta disciplina. Y no hablo de discursos coreográficos cursis, que como en todo los hay, sino de lo cursi a la hora de mutar el movimiento a la palabra. Me pregunto entonces si la presencia de lo cursi no hace sino redefinir este arte, la danza, como algo poco accesible para la comprensión y el gusto de la mayoría de los mortales. Lo cursi puede propagar el aislamiento existente de la danza en esta sociedad e incluso en el ámbito cultural.

¿Pero por qué pasa esto en la traslación a palabras del arte que no las usa? ¿Y por qué parece que pasa esto de manera más subrayada en la danza y especialmente en el ballet clásico?

En Arte de distinguir a los cursis, Francisco Silvela propone, a mi modo de ver, una de las definiciones más acertadas sobre lo cursi: “desproporción evidente entre la belleza que se quiere producir y los medios materiales que se tienen para lograrlo”.

Para definir lo abrumador, el talento, aquello que nos supera por belleza, placer o dolor, o incluso para definir lo que no se entiende y escapa a nuestra comprensión más inmediata pero ha gustado, se tiende a caer en lo cursi, seguramente llevados por la emoción de lo vivido y la necesidad de compartirlo. Pero el resultado, puede ser el opuesto a lo perseguido. “Lo exquisito frustrado”, como recoge Umberto Eco en su libro Historia de la fealdad.

¿Cómo escapar de este daño en plena explosión sensorial e intelectual?

En ese extremo de emociones (que acaban embargando a quienes crean e interpretan la danza y a quienes la disfrutamos), Longino sitúa lo sublime. Pero también la armonía, que la veo como enemiga de lo cursi. Insistencia, exceso, exageración y abuso en el uso de la palabra para rememorar la danza, tampoco ayudan. “Abundar en lo que sin abundancia está bien”, dice sobre lo cursi Gómez de la Serna.

A lo largo de la historia y hasta nuestros días, grandes personalidades de la danza, la mayoría de ellos protagonistas de este arte (de la coreografía y la interpretación), la han definido con no pocas expresiones de tendencia cursi, si aludimos a lo pomposo y exagerado atribuido al término. Las bailarinas y bailarines aparecen como dioses del olimpo o como “atletas de Dios” (Albert Einstein); como “mensajeros de los dioses” (Martha Graham); la danza, como “el lenguaje oculto del alma” (Martha Graham); y “una bailarina baila porque su sangre baila en sus venas” (Anna Pavlova)”. Hay una expresión, sin autoría atribuida, que puede ser el culmen de toda esta reflexión: “cuando bailas no sudas, brillas”.

“La palabra es el arma de los humanos para aproximarse unos a otros”, dijo Ana María Matute. Lo cursi, en este caso, podría ser vehículo para alejarnos y alejar el arte de la danza.

 

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