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Año VIINúmero 347
15 ABRIL 2024

La función que sale mal: El triunfo de un desastre teatral

Fotografía de archivo de la producción

Los comienzos nunca fueron fáciles para nadie, especialmente para aquellos artistas novatos que se enfrentan a la escasez de experiencia y a una serie de infortunios. Y como reza la famosa ley de Murphy, "si algo puede salir mal, saldrá mal". Si desean presenciar en vivo una hilarante demostración práctica de este cataclismo teatral, no hay mejor lugar que el escenario del Teatro Amaya.

El trío de autores formado por Henry Lewis, Jonathan Sayer y Henry Shields nos invita a asistir al estreno de un grupo universitario amateur de teatro. Su objetivo es llevar a escena el thriller “El asesinato en Haversham Manor”, aunque el único drama es el de ellos mismos. Los decorados se desploman, los actores olvidan sus líneas, los objetos desaparecen misteriosamente y los problemas técnicos parecen interminables. A medida que la obra avanza, el caos se intensifica, generando situaciones cómicas cada vez más absurdas.

Aunque a primera vista podría parecer que «La función que sale mal» es simplemente otra comedia teatral llena de situaciones extravagantes y actuaciones exageradas, esta descripción no sería un fiel reflejo de lo que realmente sucede en el escenario. Desde mi perspectiva, bajo la dirección original de Mark Bell, esta propuesta se convierte en una obra maestra de la comedia surrealista contemporánea, llevando al público a un viaje vertiginoso lleno de giros impredecibles y caos cómico. A diferencia de otras que utilizan recursos similares, esta producción se destaca como un pilar del surrealismo cómico; y así se ha reflejado en el éxito continuo de la obra, cumpliendo 1 000 representaciones en España y atrayendo a más de 400 000 espectadores. Los numerosos premios, incluidos un Tony, un Oliver y un Moliére, son un testimonio del impacto duradero y su buena acogida por parte de crítica y público por igual.

El propósito inicial de esta representación, logrado con maestría, es fusionar el humor absurdo, corrosivo y siempre innovador de los Monty Python con la temática detectivesca de icónicos investigadores como Sherlock Holmes. Esta combinación da lugar a un espectáculo desternillante, vertiginoso, sorprendente en forma y contenido, y apto para todas las edades. Si bien el sexteto británico y otros comediantes españoles como Tip y Coll han disfrutado de un éxito innegable, su humor estaba principalmente diseñado para sketches individuales. Aquí radica su esencia principal: la habilidad de absorber lo mejor del género absurdo en pequeño formato y construir un relato atrayente, pese al sinsentido, para el gran público.

Cuando nos enfrentamos a obras originarias de otros países, la figura del adaptador juega un papel fundamental para traducir toda la carga del libreto a la cultura y al humor del país de destino. En el caso de la adaptación española de «The goes wrong show”, esta responsabilidad recae en Zenón Recalde, un destacado nombre en la dirección y adaptación del teatro español contemporáneo, especialmente en el ámbito del musical. Su labor es admirable al clarificar la trama central y los diálogos de los personajes, priorizando así la actuación del elenco y lo representado en escena.

Con estos elementos, Sean Turner asume la responsabilidad de firmar la versión en español. Después de presenciar esta representación, es posible que el espectador perciba que el papel del director se reduce a la famosa fórmula francesa de «laissez-faire, laissez-passer», ya que el escenario se convierte en un espacio donde los momentos surrealistas y estrafalarios permiten a los actores desplegar todo su talento. Sin embargo, para lograr esta sensación y efecto, la dirección teatral es absolutamente indispensable. El director londinense, con una vasta trayectoria y sólida formación teatral, demuestra su habilidad para transmitir la idea original, jugar con el carácter metateatral y sumergirse en el género cómico, llevando todo esto a niveles extraordinarios. Recomiendo a los espectadores que no acudan con esquemas mentales preconcebidos, ya que estoy seguro de que, incluso antes de que la representación comience propiamente, sus expectativas serán desafiadas. A lo largo de los dos actos, cada uno con una duración de una hora, presenciarán cómo su capacidad de asombro aumenta constantemente y cómo los límites son continuamente traspasados escena tras escena.

La principal dificultad en la dirección radica en desafiar los principios básicos de cualquier representación, como los recogidos en el método conocido como Sistema Stanislavski. El trabajo conjunto de Sean Turner (director de la versión española), David Ottone, como asociado, y Víctor Conde (director residente) apuesta por una entropía escénica deliberada, marcada por entradas y salidas abruptas y ruidosas, una sucesión de caídas cómicas y la práctica demolición de todo lo que se presenta en escena. Estos enfoques podrían considerarse inadmisibles en otros géneros, pero son absolutamente necesarios en esta ocasión para lograr la risa continua y sonora del público, gracias a su brillante ejecución.

Gran parte del éxito de la representación recae en el elenco, cuyo trabajo es sublime y de alto riesgo. Son ellos quienes, gracias a su profesionalidad, innegable vis cómica, derroche de energía, pasión y paciencia, dinamitan la función, aunque utilizar la palabra «dinamitar» se quede corta para describir el impacto en escena. Su habilidad para enfrentarse a las situaciones más absurdas y caóticas con precisión y humor es lo que lleva al público a reírse sin parar y a disfrutar de la experiencia teatral. La entrega y talento son fundamentales para el éxito de la obra y para mantener al público cautivado de principio a fin.

Por un ejercicio de concisión es imposible dedicar un comentario extenso a todos los artistas –ataviados con un vestuario de la moda de finales del siglo XIX diseñado por Roberto Surace–, pero es de justicia mencionar: el introito de Adriá Olay, así como su paciencia y resiliencia infinitas como inspector de policía. La desbordante gestualidad facial de perplejidad y gallardía de Víctor de las Heras. Mi descubrimiento teatral con Iker Montero por su histrionismo, marcada gestualidad corporal y complicidad con los asistentes. La discreción y el punto cabal de Arturo Sebastiá, en su papel de un muerto muy vivo. La también corrección y saber estar de Rubén Casteiva, como un servicial mayordomo con problemas de dicción y la actuación de Arturo Martínez Vázquez, como el técnico de sonido desnortado y obtuso.

El reparto femenino añade leña al conflicto. Carla Postigo y Aránzazu Zarete protagonizan un duelo de visibilidad escénica bélico y desternillante. Por último, cabe mencionar el apoyo técnico y emocional de Avelino Piedad, Luciana De Nicola, Jacinto Bobo y Javier Antón. Probablemente no vuelva a darse la paradoja en sus carreras artísticas de hacer un trabajo sobresaliente con papeles marcados por la sobreactuación, titubeo, indecisión y enorme torpeza, incompetencia e ineptitud.

No me gustaría estar al frente de la dirección técnica y escenográfica porque mi frustración sería considerable. Bromas aparte, esta representación solo es posible gracias a un decorado y atrezzo funcional, polivalente y versátil, lleno de sorpresas y no apto para asustadizos. Al frente de este desafío está Nigel Hook, quien demuestra un ingenio extraordinario al integrar estos elementos y recrear una vivienda clásica de estilo rococó con lujo de detalles, similar al escenario del famoso juego de mesa de detectives y misterio. La iluminación, a cargo de Ric Mountjoy, y el diseño sonoro, por Andy Johnson, complementan magistralmente la atmósfera de la obra. En resumen, pocas veces un desatino teatral ha sido tan divertido y a la vez tan aplaudido.

 

En La función que sale mal, asistirán a un torbellino de desastres escénicos, tan hilarantes como surrealista, donde el caos es el protagonista, pero ejecutado con tal destreza y autenticidad que les dejará sin aliento y con el estómago dolorido de tanto reír

 

Dramaturgo: Henry Lewis, Jonathan Sayer and Henry Shields

Director versión original: Mark Bell

Director versión española: Sean Turner

Director asociado: David Ottone

Director residente: Víctor Conde

Adaptador: Zenón Recalde

Diseño de escenografía: Nigel Hook

Iluminación: Ric Mountjoy

Vestuario Roberto: Surace

Diseño de sonido: Andy Johnson

Fotografía: Helen Murray

 

 

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