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Año VIINúmero 354
27 MAYO 2024

La azotea: Vértigo vital de luces y sombras en un teatro de altura

Una escena de la obra "La azotea"
Subidos en "La Azotea", el libreto ingenioso, la dirección atenta y la actuación convincente del reparto nos invita a elevarnos por encima de los problemas cotidianos y a encontrar la luz en la obscuridad, con el humor y la esperanza como los mejores compañeros de viaje

En el vasto lienzo urbano de la vida cotidiana, cada uno de nosotros lleva consigo un bagaje de sueños, miedos y anhelos ocultos. En un mundo donde la prisa y el ruido parecen ahogar nuestras voces interiores, ¿dónde encontramos un espacio para enfrentar nuestras verdades más íntimas? ¿Qué nos lleva a subir a lo más alto de un edificio y terminar con nuestra vida? Si desean profundizar sobre estas y otras cuestiones pueden visitar el Teatro Arlequín Gran Vía.

Esta comedia escrita y dirigida por Juan Carlos Martín nos sitúa en una noche cerrada en el corazón de la capital, allí Ángel (Javier Naya) se encuentra solo en la azotea de un imponente rascacielos con la intención de poner fin a sus problemas arrojándose al vacío. Sin embargo, justo en el momento de dar el paso irreversible aparece Susi (Susana Cerro), una mujer con una energía vital y optimista, la cual parece compartir su misma intención. Cuando Ángel y Susi comienzan a hablar, descubren que, a pesar de sus diferencias aparentes, comparten una hiriente sensación de descontento y desasosiego en sus vidas. A lo largo de la noche, en la azotea iluminada por la luz de las estrellas y la ciudad insomne, ambos exploran sus pensamientos más íntimos, compartiendo sus miedos, esperanzas y sueños. Sobrepasados por la situación crítica, se dan cuenta de que, a pesar de las apariencias, están más conectados de lo que podrían haber imaginado nunca.

La premisa dramática de la representación está firmemente establecida en el texto de Juan Carlos Martín, proporcionando una base sólida para el desarrollo de la función. La elección de presentarla como una comedia es acertada, al añadir un elemento de ligereza y accesibilidad al tema denso y trascendental que aborda la obra. Los diálogos con tintes absurdos se distinguen por su naturaleza surrealista, la cual se fusiona perfectamente con la situación en la que se encuentran los protagonistas. Esta combinación crea un ambiente donde el humor negro, afilado y fino se convierte en el elemento distintivo de la narrativa. El libreto de este dramaturgo, con cuarenta años de carrera profesional, logra equilibrar hábilmente estos momentos cómicos con los reflexivos, permitiendo al público conectar con los personajes mientras disfruta de momentos de humor. Sin embargo, en algunas escenas esta carga podría haber sido dosificada, permitiendo que los instantes de introspección e intensidad emocional queden potenciados.

El carácter reflexivo del libreto es, sin duda, uno de sus mayores aciertos. A través de diálogos inteligentes y situaciones emotivas, Martín, al frente de obras como Los Innombrables (2023)o La gallina Turuleca, el musical (2016), invita a la audiencia a contemplar cuestiones universales sobre la vida, el amor, los miedos y las elecciones de nuestro día. A lo largo de la obra, se destaca la importancia de abordar abiertamente los desafíos relacionados con la salud mental, desde la ansiedad y la depresión hasta la lucha contra los demonios internos que nos acosan en la obscuridad de la noche. Al mismo tiempo, se hace eco de la necesidad imperiosa de asumir responsabilidad por nuestras acciones y decisiones pasadas, reconociendo que solo al enfrentar nuestros errores y aprehender de ellos podemos esperar avanzar con confianza. En un mundo donde las expectativas sociales y las presiones externas a menudo dictan nuestras elecciones, La azotea nos recuerda la importancia de escuchar nuestra voz interior, encontrar el coraje para vivir de acuerdo con nuestras convicciones, sin miedo al juicio o la desaprobación externa y, en definitiva, seguir nuestros instintos, incluso cuando eso signifique nadar contracorriente. Por tanto, esta dimensión reflexiva añade una capa de complejidad y riqueza al texto, elevando la experiencia teatral y dejando una impresión duradera en el espectador.

La batuta de dirección también recae en Juan Carlos Martín, con una fluidez y capacidad para aprovechar al máximo los recursos disponibles. Con una duración de 90 minutos, la obra goza de un ritmo ágil que mantiene la atención del público sin perder profundidad ni pulsión dramática. El también actor en Billy Elliot (2017) y Aristócratas conversos (2023) guía hábilmente al reparto a través del espacio escénico, aprovechando cada elemento del escenario para crear una experiencia inmersiva. Uno de los aspectos más destacados de la dirección es el juego de alturas, para recrear de manera efectiva la sensación de estar en lo alto de una azotea. El movimiento de los actores en este espacio elevado agrega una dimensión adicional a la narrativa, intensificando la atmósfera de tensión y vulnerabilidad. Además, los diálogos con  elementos del exterior contribuyen a enriquecer la ambientación y a sumergir al espectador en el callejón sin salida de las decisiones adoptadas.

La actuación conjunta de Javier Naya y Susana Cerro exhala conexión y complicidad en el escenario. A medida que sus respectivos personajes comparten sus historias y se abren el uno al otro, actor y actriz tejen una red de interacción auténtica y emotiva que cautiva al público, con momentos de intimidad y cercanía. Javier Naya brilla con fuerza en el papel de Ángel, llevando consigo el peso de la narrativa con un personaje atormentado por la desesperación y la desdicha. Su expresividad facial y corporal captura magistralmente la agonía y angustia interior que consume a Ángel, ofreciendo al respetable una interpretación sensacional y auténtica. A través de cada gesto y mirada, el también actor de series televisivas logra transmitir la complejidad de las emociones de su papel, sumergiendo al espectador en su mundo interior tumultuoso. Además, su habilidad para expresar la ingenuidad y la vulnerabilidad agrega una capa adicional de profundidad, creando un retrato auténtico y humano de un hombre en busca de redención y esperanza.

Por su parte, Susana Cerro como Susi nos regala una interpretación llena de carisma y determinación. En el papel de confidente, la también bailarina y diseñadora moldea la situación con gracia y habilidad, permitiendo que su compañero de escena tome la delantera mientras ella ejerce su papel de apoyo indispensable. Su personaje irradia una alegría contagiosa y un optimismo inquebrantable, convirtiéndola en el hombro en el que todos necesitamos apoyarnos en momentos difíciles. A través de sus diálogos ágiles y perspicaces y con una presencia vibrante y explosiva, Cerro aporta una buena dosis de comedia a la obra, recordándonos que incluso en los momentos más trágicos de la vida, siempre hay espacio para el humor.

Autor y dirección: Juan Carlos Martín

Reparto: Susana Cerro y Javier Naya

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