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Año IXNúmero 458
25 MAYO 2026

Hombres que dicen quererse: un poema escénico sobre el amor y la memoria

Imagen promocional de la representación
Imagen promocional de la representación
El amor, la memoria y la necesidad de sentirse comprendido sostienen una de las propuestas más personales de la temporada.

En un espacio tan cercano como Sala AZarte, donde la distancia entre escenario y público prácticamente desaparece, Hombres que dicen quererse desarrolla una historia marcada por la necesidad afectiva, la fragilidad emocional y la dificultad de amar sin hacerse daño. El centro de la escena no lo ocupa la acción, sino todo aquello que permanece debajo: los silencios, los cuerpos y las marcas que los protagonistas arrastran.

Martín (Juan Calderón) y Pablo (Luis Lugoa) son dos desconocidos cuyos encuentros acaban convirtiéndose en algo que ninguno de los dos sabe cómo definir. Entre sus cuerpos y sus palabras emergen miedos, deseos y recuerdos que nunca imaginaron compartir. Un amor sin etiquetas ni tiempo que florece entre lo que fue y lo que todavía podría ser. La función se abre y cierra con la voz de Jose García como una especie de obertura íntima que acompaña esa necesidad constante de volver hacia el otro.

Detrás del proyecto existe un origen profundamente personal. Mauro Russo, dramaturgo y director, compartió con el público cómo la memoria familiar, el amor y la necesidad de transformar lo vivido en lenguaje escénico atraviesan buena parte de la obra. Mallorca, espacio simbólico, viene ligado al último lugar que soñó su padre, mientras la figura de su abuela —quien le enseñó a amar y a construir belleza desde las manos— permanece como un eco latente. De ese gesto heredado surge también uno de los elementos más delicados de la función: las flores de papel que Martín y Pablo se entregan cada día, y que condensan en un objeto frágil todo lo que los personajes son incapaces de decirse de otra manera.

La dramaturgia de Mauro Russo adopta la forma de un poema escénico a dos voces. Más que explicar el vínculo, los expone emocionalmente, dejando que el espectador entre poco a poco en un territorio marcado por la dependencia afectiva, el deseo, la culpa y el miedo constante a la pérdida. El texto entiende además el amor como una forma de refugio, el único espacio donde ambos personajes parecen encontrar algo parecido a la calma.

Lejos de apoyarse en una estructura lineal o en grandes giros dramáticos, el libreto avanza mediante fragmentos, evocaciones y escenas cercanas al recuerdo. Lo importante no es tanto lo que ocurre como la forma en que sucede. Pasado, presente y deseo quedan atrapados dentro de una relación incapaz de romperse del todo.

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Imagen promocional de la representación

Russo encuentra verdad en la manera de retratar la vulnerabilidad masculina desde los pequeños gestos y no desde el discurso. Una mirada sostenida demasiado tiempo, la dificultad para tocarse o la sensación de que ambos personajes llevan años intentando nombrar algo que todavía no comprenden del todo dicen mucho más que cualquier gran confesión.

La dirección del propio Russo va más allá de ilustrar el drama y lo encarna desde el espacio y el cuerpo. Entiende este último como núcleo y convierte el movimiento, la distancia o la forma de ocupar el espacio en elementos fundamentales de la puesta en escena. Algunos pasajes adquieren incluso una dimensión casi ritual, cercana a lo coreográfico, gracias a la disposición de los actores.

Como ya ocurría en La cama rota, el desnudo aparece integrado con naturalidad en escena. Aunque el director uruguayo no sea precursor de este recurso, sí se ha convertido en uno de los creadores que más ha apostado por utilizarlo desde un lugar coherente y honesto, alejándose de cualquier intención provocadora. El cuerpo deja entonces de funcionar únicamente como presencia y queda despojado de todo aquello que lo disfraza, exponiendo la desnudez tanto física como emocional.

Desde el primer instante, Juan Calderón y Luis Lugoa plantean la sensación de estar ante dos hombres que no tienen nada en común. Sin embargo, a medida que avanza la función, ambos dejan ver que bajo esa distancia existe la misma necesidad de sentirse comprendidos y acompañados por el otro. Las flores de papel actúan entonces como el hilo que mantiene unidos a ambos personajes.

Juan Calderón compone un Martín profundamente desgastado por una relación tóxica. El actor colombiano evita refugiarse en el dramatismo fácil y encuentra verdad en los pequeños cambios del personaje: la forma en que el cuerpo se relaja cuando siente que está a salvo, una mirada limpia durante los pocos momentos de calma o la ternura que emerge cuando Martín deja de vivir a la defensiva. Calderón (El viento sigue arrastrando la tierra) entiende muy bien ese cambio de marco y consigue que el personaje parezca otro dependiendo de quién ocupa el espacio junto a él.

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Imagen promocional de la representación

Por su parte, Luis Lugoa interpreta a Pablo desde una dureza utilizada como mecanismo de defensa. «Es tan bello amarte y olvidarme de tu amor, para volver a enamorarme cada mañana…». Esta cita resume la contradicción: alguien incapaz de entregarse del todo, pero también de renunciar completamente al otro. Con el paso de los minutos, esa coraza cede y deja aparecer una vulnerabilidad que el también escritor y poeta colombiano maneja con solvencia.

La escenografía e iluminación de Pedro Martín parten de la idea de desnudez que recorre toda la propuesta. El escenario queda reducido a lo esencial. Las telas se pliegan y despliegan como olas de mar, transforman constantemente la escena y acompañan su historia. La luz, mediante focos y apagones, marca el peso de cada personaje y sostiene el ritmo intimista del relato.

Hombres que dicen quererse es el tipo de obra que el circuito necesita con más frecuencia: pequeña en formato, enorme en lo que propone. Habla del amor, de la memoria, de los vínculos y de la necesidad de seguir soñando incluso cuando todo alrededor empieza a romperse. Mauro Russo demuestra una vez más que el teatro más honesto no necesita grandes artificios, sino la capacidad de mirar de frente aquello que muchas veces ni siquiera sabemos cómo nombrar.

Autor y director: Mauro Russo

Reparto: Juan Calderón, Luis Lugoa

Participación musical en directo: Jose García

Relator: Mauro Russo Castaibert

Técnica: Pedro Martín Diseño y producción: Pedro Moreno para TAD

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