Kafka no se equivocó: pasan los siglos y seguimos repitiendo los mismos patrones
Gorila fue hecho para mover conciencias
La agresividad y el enfrentamiento son el gran problema de nuestra evolución
Estoy en un momento de equilibrio entre cabeza, corazón y estómago
Me gustaría llenar un teatro por el espectáculo, no por la popularidad
Un gorila para hablar de nosotros
Luis Mottola no interpreta únicamente a un gorila. En realidad, interpreta a toda una sociedad. O mejor dicho: nos interpreta a todos. Sobre las tablas del Teatro Muñoz Seca, el actor se enfrenta durante ochenta minutos a un intenso monólogo basado en Informe para una academia, de Franz Kafka, en una adaptación firmada por el director cántabro Edi Asenjo.
La propuesta, que el propio actor define como provocadora y profundamente contemporánea, convierte el escenario en una gran metáfora de la condición humana. «La jaula ya está puesta. Ahora lo que hay que hacer es buscar la salida», afirma Mottola con una sonrisa que esconde más de una lectura.
Para el actor, el texto mantiene una vigencia sorprendente porque habla de cuestiones que siguen definiendo nuestro presente: la búsqueda de la libertad, el consumismo, los prejuicios, la manipulación social y la incapacidad de la humanidad para aprender de sus propios errores.
«Pasan los años y seguimos sin arreglar esa parte miserable que tenemos como especie. Estamos obsesionados con cosas que nos imponen, atrapados por normas, prejuicios y formas de vida que muchas veces nos impiden avanzar», reflexiona.

Ochenta minutos solo frente al público
Sostener un espectáculo en solitario durante ochenta minutos supone un enorme reto interpretativo. Mottola reconoce el desgaste físico y emocional que implica cada función, aunque asegura que la respuesta del público compensa cualquier esfuerzo.
«Termino muy cansado, pero muy feliz. Lo que me sostiene es la devolución del público. La reflexión que se genera, el silencio, incluso ese momento en el que no saben si aplaudir porque están impactados por lo que acaba de suceder.»
Lejos de buscar la provocación gratuita, el actor construye una experiencia escénica en la que el humor, el movimiento y la cercanía con los espectadores sirven para acompañar un discurso profundamente reflexivo.
«Me involucro con el público desde el minuto uno, pero sin invadirlo. No subo a nadie al escenario ni obligo a participar. Lo importante es que me acompañen en el viaje.»
«Comparto todo con este gorila»
Cuando se le pregunta qué tiene en común con el personaje, la respuesta es inmediata.
«Todo. Comparto todo con este gorila.»
Mottola explica que construyó el personaje desde la observación de sus propias debilidades, utilizándolas como materia prima para el trabajo actoral.
«Empecé poniendo mis debilidades sobre la escena. A partir de ahí llegó el ensayo, el error y la posibilidad de corregir. El público también me alimenta constantemente y me ayuda a elegir por dónde debe avanzar el personaje.»
Para el actor, la obra no pretende ofrecer respuestas cerradas ni convertirse en un ejercicio de autoayuda. Su objetivo es mucho más sencillo y al mismo tiempo más complejo: generar reflexión.
«No se trata de decirle a nadie cómo vivir. Se trata de detenernos un momento y preguntarnos qué estamos haciendo con nuestra libertad.»

Una crítica al enfrentamiento permanente
A lo largo de la conversación, la reflexión sobre la sociedad actual aparece de forma recurrente. Mottola observa con preocupación el clima de confrontación que domina buena parte del debate público.
«Podemos pensar distinto, tener ideologías distintas o creencias distintas. El problema aparece cuando la primera respuesta es la agresividad.»
El actor lamenta que la sociedad continúe reproduciendo patrones de enfrentamiento que llevan siglos presentes.
«Creemos que evolucionamos, pero muchas veces vamos hacia atrás. Seguimos enfrentándonos entre nosotros por cuestiones absurdas en lugar de preocuparnos por el bienestar común.»
Una mirada que conecta directamente con el mensaje central de Gorila, donde el proceso de humanización del personaje kafkiano acaba convirtiéndose en una reflexión sobre los límites de nuestra propia evolución.
El oficio, la popularidad y la resistencia
Después de más de dos décadas viviendo en España, Mottola mantiene intacta la pasión por su profesión, aunque reconoce las dificultades que atraviesan muchos intérpretes.
«Hay actores maravillosos luchando para que alguien vaya a verlos al teatro. Obras magníficas por ocho o diez euros que apenas consiguen público, mientras otras llenan sin necesidad de hacer ningún esfuerzo.»
Con absoluta honestidad, admite que le gustaría alcanzar un grado mayor de popularidad que le permitiera centrar toda su energía en el trabajo artístico.
«No me molesta que me reconozcan. Al contrario, lo agradezco. Me gustaría llegar a ese punto en el que el público tenga claro quién soy y pueda llenar un teatro sin tener que pelear tanto por cada espectador.»
Mientras tanto, continúa defendiendo una filosofía basada en el esfuerzo y la independencia.
«Últimamente me siento muy identificado con el espíritu de Juan Palomo: me lo guiso y me lo como. Produzco, monto, actúo y sigo adelante. Y, sinceramente, eso me da mucha tranquilidad.»

Equilibrio y futuro
A nivel personal, Mottola asegura encontrarse en uno de los momentos más estables de su vida.
«Estoy buscando el equilibrio entre cabeza, corazón y estómago. Hago ejercicio, leo, intento alimentarme bien y vivir con más armonía.»
Una etapa de madurez que afronta sin ansiedad y con la confianza de quien sigue construyendo una carrera paso a paso.
De hecho, ya trabaja junto a Edi Asenjo en un nuevo proyecto teatral que volverá a enfrentarlo solo al escenario.
«Creo que lo que viene puede ser incluso más potente que Gorila. Estamos muy ilusionados.»
Hasta entonces, el actor seguirá invitando al público a entrar en esa jaula simbólica construida por Kafka hace más de un siglo y que, según él, continúa reflejando con inquietante precisión nuestra realidad.
Porque, como recuerda durante la entrevista, quizá la verdadera pregunta no sea cómo escapar de la jaula.
Quizá la pregunta sea por qué seguimos construyéndola.





