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Año IXNúmero 461
16 JUNIO 2026

La venganza de Don Mendo: donde muere hasta el apuntador

Imagen promocional de la representación
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Verso, ingenio, parodia y disparate se combinan en una reivindicación de la astracanada y del humor de Pedro Muñoz Seca, cuya eficacia permanece intacta más de un siglo después.

Pocas comedias del teatro español conservan la capacidad de llenar salas más de un siglo después de su estreno. La venganza de Don Mendo sigue haciéndolo. La nueva producción, que puede verse el mes de junio en el Teatro Amaya, vuelve a demostrar que el secreto de la obra no reside únicamente en sus versos disparatados o en la acumulación de equívocos, sino en una rara combinación de ingenio, ritmo y sentido del absurdo que sigue conquistando a espectadores de generaciones muy distintas.

Don Mendo Salazar, noble orgulloso y enamorado de Magdalena, es traicionado por ella cuando lo sorprenden en su alcoba. Para salvar su reputación, Magdalena lo acusa de ladrón. Deshonrado y encarcelado, Don Mendo jura vengarse. Años después, oculto bajo una nueva identidad, regresa dispuesto a ajustar cuentas con quienes provocaron su caída, desencadenando una sucesión de equívocos, enfrentamientos y situaciones cada vez más rocambolescas.

Resulta llamativo que, en una época entregada a la búsqueda de nuevos lenguajes escénicos, pocas veces se recuerde hasta qué punto buena parte de la comedia actual sigue apoyándose en mecanismos que Pedro Muñoz Seca dominaba hace más de un siglo. El juego verbal, la parodia de los géneros, la ruptura de la lógica narrativa o la acumulación deliberada de disparates son hoy moneda corriente en propuestas que se presentan como innovadoras. Más de un siglo después, su vigencia demuestra que algunas innovaciones envejecen antes que los clásicos.

Uno de los principales aciertos de esta producción reside en comprender la naturaleza de la obra que tiene entre manos. Considerada la máxima expresión de la astracanada, se inscribe en un género que lleva el absurdo y el disparate verbal hasta el límite de lo inverosímil, donde la lógica narrativa se dobla deliberadamente para que la risa lo ocupe todo. Su arquitectura se construye sobre el juego verbal, la deformación de la realidad y la acumulación de situaciones cada vez más inverosímiles. La dirección de Esperanza Lemos evita la tentación de someter el texto a actualizaciones forzadas y confía en aquellos elementos que han permitido mantenerlo vivo durante más de un siglo: el ritmo, la musicalidad del verso y una comicidad que nace de llevar el exceso hasta sus últimas consecuencias.

La puesta en escena acompaña acertadamente esa intención. La escenografía apuesta por la funcionalidad y la claridad visual, con las referencias necesarias para seguir una trama construida sobre continuos cambios de situación. Espacios tan significativos como la prisión donde Don Mendo jura vengarse o la célebre cueva que acoge el desenlace quedan resueltos con soluciones sencillas y eficaces, siempre al servicio del ritmo de la representación. El cuidado vestuario y la concepción visual del conjunto evocan, desde una percepción personal, el espíritu de la adaptación cinematográfica de Fernando Fernán Gómez, con ese imaginario popular tan asociado a la obra. El resultado es un montaje ágil que entiende que el verdadero protagonista del espectáculo sigue siendo el texto de Muñoz Seca.

Puede sonar a tópico afirmar que el reparto constituye uno de los pilares fundamentales del montaje, pero en una obra con tantos personajes y una duración considerable es difícil exagerar su importancia. Son los intérpretes quienes aportan vida, ritmo y brío a un texto que descansa en gran medida sobre la palabra. El conjunto comprende bien esa responsabilidad y encuentra en el verso una de sus principales herramientas cómicas. No se limita a recitar los diálogos; explota las posibilidades de cada réplica, juega con la musicalidad del castellano de la época y aprovecha la sonoridad del lenguaje para reforzar el efecto humorístico. La comicidad surge así tanto de las situaciones como de las propias palabras, y eso permite al texto mantener su frescura a lo largo de toda la representación.

Resultaría imposible dedicar unas líneas a cada uno de los integrantes de un reparto tan amplio. Entre todos ellos sobresale Felisuco en el papel de Don Mendo, en la función a la que asistí. El actor compone un protagonista carismático y plenamente consciente de la dimensión paródica del personaje. Su vis cómica sostiene buena parte del espectáculo, especialmente en las escenas vinculadas a las sucesivas transformaciones de Don Mendo, que resuelve con un sentido del humor contagioso y una notable capacidad para conectar con el público. Lejos de convertir al personaje en una mera sucesión de gags, Felisuco conserva en todo momento el punto de humanidad necesario para que el espectador permanezca de su lado incluso en los momentos más inverosímiles.

Carlos Manuel Díaz encuentra el tono adecuado para Don Pero. Su presencia escénica y la seguridad con la que afronta el papel convierten al noble rival de Don Mendo en una figura creíble dentro del universo deliberadamente inverosímil de la obra, con un peso que refuerza el conflicto central. Por su parte, José Carabias aporta oficio y presencia a Don Nuño, una de las figuras esenciales para el desarrollo de la historia. Calibra con acierto la autoridad inherente al papel y la ironía que atraviesa la función, sacando partido a un personaje que encarna buena parte de los valores de honor y solemnidad convertidos por Muñoz Seca en materia de burla. David Z. Vaquero aprovecha bien las posibilidades cómicas de Moncada, personaje clave en los continuos enredos sentimentales que recorren la obra. Su interpretación aporta dinamismo a los numerosos pasajes corales y ayuda a sostener el ritmo de la representación.

En el apartado femenino, Natalia Ruiz da vida a una Magdalena firme y decidida, consciente de la influencia que ejerce sobre quienes la rodean. Sobre sus hombros recae el personaje que desencadena toda la cadena de acontecimientos que vertebra la historia, una responsabilidad que afronta con convicción desde la decisiva escena de la traición. María José Maldonado aporta personalidad a la Reina, papel que gana peso conforme avanza la representación. Su intervención es fundamental para alimentar los nuevos equívocos amorosos que se acumulan en el tramo final de la obra y contribuye a incrementar la sensación de caos cómico que sostiene buena parte del desenlace.

Hay una forma sencilla de medir hasta dónde llega el disparate en La venganza de Don Mendo: en esta obra muere hasta el apuntador. Que ese detalle siga provocando carcajadas más de un siglo después no responde a la nostalgia ni a la condescendencia hacia un clásico, sino a la extraordinaria eficacia de una maquinaria cómica que continúa funcionando. Esta producción lo entiende y, en buena medida, lo confirma.

Autor: Pedro Muñoz Seca

Dirección: Esperanza Lemos

Reparto: Felisuco, Leo Washington, José Carabias, Carlos Manuel Díaz, Natalia Ruiz, María José Maldonado, David Zarzo, Miranda Collado, Rubén Casteiva, Jairo Lemos, Ariadna Moracho, Pilar Santamaría, Cristina Yélamos, Pedro Javier y Josele Román.

Teatro: Teatro Amaya

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