«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». En el montaje que José Sacristán presenta en el Teatro Bellas Artes, la figura de Fernando Fernán-Gómez trasciende el relato para convertirse en una reflexión sobre la herencia, el oficio y toda una generación de actores criados entre compañías ambulantes y escenarios de posguerra.
La obra arranca de El tiempo amarillo, la autobiografía que Fernando Fernán-Gómez publicó a finales de los años ochenta convertida con los años en una especie de testamento literario. Sus páginas recorren la vida del actor, escritor y director madrileño mientras, al fondo, resuenan algunas de las grandes heridas y transformaciones del siglo XX español. La Guerra Civil, la posguerra, el franquismo o la Transición aparecen filtrados por la ironía, la lucidez y esa mirada escéptica con la que Fernán-Gómez observaba tanto el oficio teatral como el país que le tocó habitar.
Lejos de construir una autobiografía convencional, el texto avanza mediante recuerdos, anécdotas y pequeñas escenas donde lo íntimo se funde con la historia colectiva. El universo de las compañías ambulantes, las pensiones y los camerinos se convierte así en el retrato de toda una generación de cómicos marcada por la precariedad, el viaje permanente y una forma de entender el teatro hoy prácticamente desaparecida.
El título procede de una anécdota que Fernán-Gómez contó al propio José Sacristán: los vecinos del Madrid de los años veinte excusaban las travesuras del niño Fernando con un “no pasa nada, es el hijo de la cómica”. Esa frase de indulgencia popular funciona como el verdadero núcleo del montaje.

La adaptación y dirección del propio Sacristán respetan la naturaleza oral y fragmentaria del material original, atravesadas por la estrecha amistad que les unió durante décadas. El origen de la pieza se remonta a 2021, cuando el Teatro Fernán-Gómez encargó al actor madrileño una lectura dramatizada para celebrar el centenario del nacimiento del homenajeado. Aquella primera versión reunía a varios intérpretes y contaba con acompañamiento musical en directo. Con el tiempo, el espectáculo ha ido reduciendo elementos hasta desembocar en su forma actual, un monólogo puro. Con menos elementos, la función encuentra su forma más íntima y precisa.
Sacristán comparece ante su público como lo hacían los cómicos fundadores, los de antes, los que entendían las tablas como un territorio de pacto directo con la sala. Declama como quien vive, y en ese gesto reside uno de los mayores logros. La voz, reconocible y cálida, de las que invitan a cerrar los ojos un instante para dejarse llevar por ella, se convierte en el gran instrumento del espectáculo. Ya en Señora de rojo sobre fondo gris había demostrado hasta qué punto era capaz de llenar un teatro solo desde la palabra. Ahora vuelve a hacerlo, aunque desde un lugar mucho más íntimo y confesional.
La gestualidad, quizá algo acentuada en los primeros compases, encuentra poco a poco su lugar hasta fundirse con el propio relato. Hay en su manera de actuar algo firme y juguetón a la vez, la mezcla propia de quien lleva décadas sobre un escenario. Los cambios de registro, especialmente al recordar las figuras maternas —Carola, la madre actriz, la abuela, las cartas y una infancia marcada por las ausencias— o en los pasajes donde la ironía deja paso a la ternura, fluyen con una naturalidad que hace desaparecer la frontera entre interpretación y vivencia.
El hallazgo más sutil del montaje reside precisamente en esa relación entre ambos actores: Sacristán no imita a Fernán-Gómez, no lo reproduce ni lo caricaturiza. Y sin embargo, en determinados momentos, algo en él parece mimetizado con el homenajeado. Como si las décadas de amistad, escucha y admiración mutua hubieran dejado en el cuerpo y en la voz del actor una huella imposible de borrar.
La desnudez escénica es deliberada. Apenas una mecedora y unos pocos elementos configuran un espacio donde la palabra ocupa el centro absoluto de la representación. En ese vacío adquiere especial relevancia el trabajo audiovisual de Juan Estelrich Revesz, cuya relación con este universo va más allá de lo estrictamente profesional: su padre, Juan Estelrich March, colaboró directamente con Fernando Fernán-Gómez y participó en algunas de las películas fundamentales del cine español de posguerra. Las proyecciones acompañan el relato con discreción y funcionan como anclaje visual de la memoria, contextualizando distintos pasajes sin romper nunca la intimidad del montaje. El tramo final reserva además algunas de las imágenes más delicadas e inesperadas de toda la función, reforzadas por la iluminación de Tatiana Reverto, construida desde la penumbra, los cambios de intensidad y una luz cenital muy precisa.
El hijo de la cómica es, ante todo, un acto de amor. Se percibe en cada elección, en cada pausa, en la manera en que Sacristán custodia un legado que siente como propio. Si Fernando Fernán-Gómez levantara la cabeza, reconocería el respeto y el cariño de quien le escuchó durante décadas y ahora comparte esos recuerdos con el público. Sigue siendo un privilegio contemplar a uno de los mejores actores de este país sobre las tablas. El tiempo amarillo tiene un segundo volumen. Queda la esperanza de que Sacristán todavía no haya pronunciado su última palabra.
Adaptación y dirección: José Sacristán
Reparto: José Sacristán
Ayudante de dirección: Amparo Pascual
Escenografía audiovisual: Juan Estelrich
Vestuario y atrezo: Picaporte
Diseño de cartel: David Sueiro
Fotografía de cartel: Javier Naval
Diseño y técnico de iluminación: Tatiana Reverto
Guitarra española: Carlos Goñi
Regiduría, maquinaria y vídeo: Juan José Andreu
Jefe técnico: Ignacio Huerta
Jefe de producción: Juan Pedro Campoy
Ayudante de producción: Estela Ferrándiz
Gerencia: Cristina Berhó
Distribución: Rosa Sainz-Pardo, David Ricondo y Eva Esteban
Comunicación y prensa: Javier Antolín y Hellen Perdomo
Productor: Jesús Cimarro







