«Tú y yo, Chelo, y te quiero, y siento mucho que no me hayan gustado las mujeres porque habría sido mucho más feliz, hemos tenido una noche de amor». Hubo una época en la que la televisión española era capaz de convertir una frase así en acontecimiento nacional. Un país entero pendiente de platós sin guion, confesiones a deshora y personajes que hoy sobrevivirían como clip viral de TikTok o meme de WhatsApp. Desde esa memoria colectiva arranca en el recién renovado Teatro Sofía Operación Viejoven, el monólogo de Sebastián Gallego: un viaje entre nostalgia televisiva, cultura pop y esa generación atrapada entre Cine de barrio y Netflix, entre Popstars y Aitana.
¿Otro monólogo sobre citas, relaciones de pareja, sexo o la angustia de cumplir años? No seré yo quien cuestione el auge y éxito de muchos espectáculos de comedia actuales, pero resulta difícil no percibir cierto agotamiento temático. Por eso que Operación Viejoven, bajo el paraguas de la productora MPC, coloque la televisión y el universo del corazón en el centro del relato resulta, de entrada, refrescante. Más aún cuando ambos territorios cargaron durante años con una falsa etiqueta de cultura menor, incluso desde ciertos espacios periodísticos y culturales pese a haber moldeado la educación sentimental y cultural de toda una generación. El monólogo desliza además la importancia que tuvo aquella televisión para muchos jóvenes que encontraron en pantalla algunos de sus primeros referentes.
El artífice de todo esto es Sebastián Gallego, cordobés afincado en Madrid desde hace casi una década, que ya desde pequeño apuntaba maneras para la comunicación y el entretenimiento. Tanta era su impaciencia por contarlo que la noche del estreno salió antes de que la voz en off terminara de presentarle. Un detalle menor, casi anecdótico, que sin embargo lo dice todo: desparpajo, ilusión y una energía que no pide permiso para entrar. Y, por qué no decirlo, Gallego apareció impecable: americana roja, pantalones ajustados y cierta aura de presentador televisivo de prime time —guiño, guiño—. Una imagen que también marca distancia con esa estética cada vez más habitual en muchos monologuistas actuales, a medio camino entre el gimnasio y la clínica de reinserción.

Como él mismo deja claro desde el inicio esta función está hecha “para viejos, jóvenes y operados”, es decir, prácticamente para cualquiera que haya sobrevivido a la televisión española de las últimas décadas. Porque el espectáculo funciona exactamente como aquello que reivindica: exceso, velocidad, referencias encadenadas y una capacidad casi imposible para saltar de un tema a otro sin perder el ritmo. El también licenciado en derecho, este hombre lo tiene todo, domina muy bien el tempo del monólogo, enlaza recuerdos, titulares, canciones, personajes y momentos televisivos con una agilidad que por momentos recuerda a Sálvame o a una gala televisiva donde todo podía saltar por los aires en cuestión de segundos.
Una de las claves del espectáculo está en el oído que tiene este “jornalero del entretenimiento” para la frase y para el código televisivo. Las imitaciones, los giros inesperados, las asociaciones absurdas y las referencias lanzadas casi sin respirar convierten la función en un auténtico torrente de recuerdos para quienes crecieron entre “¡Qué te calles, Karmele!”, “dientes, dientes” o cualquier sentencia de Belén Esteban. Y viendo a Gallego sobre el escenario, resulta difícil no pensar en aquella de «esto está bien, que lo haga, está divertida, está graciosa». Al final, el monólogo conecta precisamente con esa generación criada entre platós, politonos y revistas del corazón que aprendió a entender el espectáculo antes incluso de que existiera la palabra “contenido”.
Operación Triunfo ocupa un espacio fundamental dentro del monólogo. Gallego, copresentador de LaVida y Tal, galardonado con el Premio Ondas 2023 al Podcast Revelación, recorre distintas generaciones del programa, desde aquella España entregada a Rosa López rumbo a Eurovisión, pasando por Amaia Romero, hasta Cristina Lora. Y claro, aparece también aquel chándal gris de Chenoa convertido ya en pieza de museo de la cultura pop española. No es casualidad que el también presentador de Toma Extra en Movistar termine elevando a la cantante a la categoría de gran musa televisiva del espectáculo, una especie de mocatriz generacional capaz de resumir perfectamente el espíritu emocional, exagerado y tremendamente reconocible de toda aquella televisión.

Otro de los momentos más divertidos del espectáculo llega con el repaso a ciertas portadas de revistas que marcaron un antes y un después en la historia reciente de la prensa del corazón. Mejor no desvelar demasiado porque parte de la gracia está precisamente en esperar cuál será la siguiente aparición estelar, pero el bloque funciona también como una forma muy visual de comprobar cómo ha evolucionado, o involucionado, cierto universo mediático en España. De hecho, el espectáculo podría incluso permitirse ir un paso más allá en ese terreno. El material da para incorporar todavía más recursos audiovisuales, vídeos o grabaciones que terminen de potenciar algunas referencias y momentos concretos.
Que sí, también hay espacio para el salseo. Sería absurdo negarlo. Y quizás una de las ironías más curiosas de la noche está precisamente en ver cómo mientras repasa décadas de romances mediáticos, amistades rotas y dramas televisivos convertidos en entretenimiento nacional, él mismo empieza a ocupar también ese lugar donde cualquier ruptura termina transformada en comentario público, teorías de internet y combustible para cotillas profesionales. «Digo pocas cosas, pero yo creo que se me entiende».
El público entra tan a gustito desde el primer momento. Hay referencias que apenas necesitan terminarse para que media sala rompa a reír o aplaudir. Entre los presentes, además, podían verse varios rostros muy conocidos del famoseo patrio, no daré nombres, no vaya a caerme una demanda, que todos sabemos cómo funciona esto, completamente entregados. Por si no fuera suficiente, en un momento el cordobés –tranquilos, no hablamos del torero– se transforma en Isabel Gemio y la función entra directamente en terreno imprevisible: el público pasa a convertirse también en protagonista y, a partir de ahí, como en cualquier reality que se precie, cualquier cosa puede suceder en la sala. Y hasta aquí puedo leer. Sea como fuere, si algo queda claro durante la función es que, efectivamente, tiene “el cariño de toda esta gente”.
Operación Viejoven es, en el fondo, un acto de preservación. Una forma de decir que todo aquello importó, que dejó huella y merece ser recordado con el mismo entusiasmo con el que se vivió. En un momento en el que el algoritmo decide qué olvidamos y qué sobrevive, que alguien suba a un escenario a reivindicar aquella televisión tiene algo de gesto cultural necesario. Así que ya saben. Si crecieron entre galas eternas, portadas imposibles y frases que no necesitan contexto, tienen una cita en el Teatro Sofía. Hasta luego, Maricarmen.






