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Año IXNúmero 452
14 ABRIL 2026

El otro lado de la cama: líos, música y muchas ganas de reír

Imagen promocional de la representación
Imagen promocional de la representación
La comedia musical que marcó a una generación llega al escenario con energía, canciones conocidas y un reparto entregado.

El Nuevo Teatro Alcalá incorpora a su programación una propuesta construida sobre ritmo, música y comedia, tres elementos presentes desde el inicio. El fenómeno del cine español de principios de siglo, con tres millones de espectadores, doce millones de euros de recaudación y seis nominaciones a los Goya, encuentra en el escenario una traslación fiel de su fórmula. La sala reconoce ese código, entra en el juego y responde hasta el final.

Dos parejas y una amistad que parece sólida hasta que una decisión altera todo el equilibrio. Paz y Ernesto proyectan un futuro juntos, mientras Natalia rompe con Guillermo sin revelar el verdadero motivo. A partir de ahí, las certezas desaparecen y afloran tensiones que nadie había querido mirar de frente. El deseo, las mentiras y la atracción cruzada colocan a los cuatro en una situación inestable, donde los vínculos cambian de lugar y las consecuencias resultan inevitables.

El libreto parte de un material especialmente sólido. El texto original de David Serrano marcó en su momento una forma de abordar las relaciones desde un lugar más directo: infidelidad, celos, deseo e inseguridad emocional tratados con pocos filtros y con una mirada irónica que todavía hoy resulta reconocible. El otro lado de la cama no solo fue un éxito como comedia, también fijó un tipo de relato generacional que el tiempo ha mantenido vigente.

Sobre esa base, la adaptación teatral de Borja Rabanal acierta al trasladar al escenario aquello que la hizo conectar: ritmo, juego de relaciones y cercanía con el espectador. A partir de ahí, reorganiza situaciones y simplifica vínculos para construir un desarrollo más directo. La estructura avanza con agilidad, encadena escenas breves y apuesta por la claridad en el conflicto, expuesto sin demasiados matices. El resultado es una propuesta abiertamente divertida, tanto por el propio libreto como por las situaciones que genera, con un humor que entra fácil y mantiene el pulso. La construcción articula mecanismos propios del vodevil, eficaces y cada vez más afinados a medida que avanza la función.

MARIA PETRI + ADRIA OLAY
Imagen promocional de la representación con María Petri y Adrià Olay

La música, con versiones, arreglos y dirección de Ernest Fuster, atraviesa las casi dos horas de función y le da forma. Mantiene además uno de los elementos más reconocibles del original: el uso de las canciones como parte de la acción, como vía para decir lo que de otro modo quedaría sin expresar. La selección de temas —himnos del pop español— es perfecta y entra siempre en el momento justo, integrada en la narrativa. El público lo vive, lo sigue, aparecen palmas, cabezas que marcan el compás, una implicación que crece casi sin darse cuenta. La música acompaña ese recorrido, suma energía y empuja el conjunto. El final remata con fuerza, con un estallido y una sorpresa que cierran por todo lo alto.

Joan Olivé (Tots som Anna Allen) al frente de la dirección, maneja con soltura los códigos teatrales, fruto de un amplio conocimiento del género musical. Construye una puesta en escena con escenas paralelas a ambos lados del proscenio, en ocasiones separados por un muro invisible y roto puntualmente por los actores. El resultado mantiene agilidad y un tempo bien calibrado, acorde a lo que pide el material. Sabe cuándo apretar, soltar y sostener la atención. Las coreografías, lejos de buscar complejidad, funcionan con precisión y acompañan tanto los números musicales como las transiciones, dentro y fuera de las sábanas, con ritmo y fluidez.

El mecanismo de vodevil aparece correctamente implementado, con entradas y salidas precisas y un engranaje que mantiene la continuidad. La escenografía, firmada por David Pizarro y Rober de Arte, es sencilla y eficaz, permitiendo pasar de una cama a una barra de bar o a un descampado sin frenar el ritmo. La cama actúa como centro de gravedad, el punto al que todo regresa y desde el que el espectador termina sintiéndose parte del enredo.

El reparto entiende el tono y transita con soltura la comedia. La química resulta evidente, sobre todo en los cruces entre parejas, y el trabajo físico refuerza el carácter paródico. El resultado es una función muy disfrutable, sin sobreactuación y alejado de lo repetitivo. Aunque en esta ocasión lo vocal no ocupa un lugar central, el nivel es alto y el conjunto responde bien, especialmente en los dúos, donde las voces encuentran buen encaje.

AGUSTIN OTON + ARIANA BRUGUERA
Imagen promocional de la representación con Agustín Oton y Ariana Bruguera

En las parejas, el juego gana precisión. Nuria Herrero, en el papel de Paz, y Adrià Olay, como Ernesto, parten de una relación que, en apariencia, resulta más madura y estable, con un punto de racionalidad que ambos sostienen hasta que el conflicto les salpica. Herrero (Los de ahí, Tercer Cuerpo) introduce esa sensación de equilibrio, o al menos la proyecta, mientras Olay (La función que sale mal, Amor verbenero) destaca por una gestualidad facial y corporal que encaja especialmente bien en la dinámica de la obra.

Frente a ellos, Ariana Bruguera, como Natalia, y Agustín Otón, en el rol de Guillermo, se mueven en un registro más suelto. Bruguera (Género de dudas, Una terapia integral) imprime al personaje una energía más fogosa, ligera y muy ágil, con una chispa muy efectiva en escena. Otón (Quieres pecar conmigo, El amor enamorado) por su parte, arranca desde un punto más contenido, marcado por el propio libreto, pero gana terreno a medida que avanza la representación y acaba desatado, con momentos de auténtica enajenación —especialmente en uno de sus monólogos— sumamente divertidos.

Mònica Macfer (Burundanga, Sex Escape), como María, se convierte en uno de los grandes focos cómicos de la obra. Probablemente el personaje más hilarante, con momentos que elevan la risa a partir de su forma de hablar y de expresarse; su presencia escénica resulta imposible de pasar por alto. Ricky Mata (Tootsie, The Producers) por su parte, sorprende. Su Alberto podría parecer más sencillo o plano en inicio, pero encuentra recorrido. Arranca desde un código más primario, casi arquetípico en lo masculino, y evoluciona hacia un registro opuesto que añade el matiz más inesperado de la función. Y hasta ahí puedo leer.

Una propuesta muy divertida, pensada para reír, cantar y disfrutar del teatro de cerca. Conecta rápido, entra en el juego sin esfuerzo y mantiene ese tono durante toda la función, dejando ganas de más. Altamente recomendable.

Texto: David Serrano

Adaptación teatral: Borja Rabanal

Dirección: Joan Olivé

Reparto: Ariana Bruguera, Ana Villar, Nuria Herrero, Maria Petri, Mònica Macfer, Agustín Otón, Ricky Mata, Adrià Olay,

Producción: Mer Roman / Artículos de Coña

Iluminación y sonido: Néstor González

Técnico NTA: Fran Aguayo

Versiones, arreglos y dirección musical: Ernest Fuster

Escenografía: Pizarro Studio — David Pizarro y Rober de Arte

Vestuario: Anna Coma

Fotografía y diseño: Javier Naval

Prensa: Daniel Mejías / Jorge Ochagavía

Marketing y publicidad: Esther Gómez / Nos Ven Digital

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Natalia Tanasii (Mařenka) y Coro Titular del Teatro Real
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