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Año IXNúmero 448
16 MARZO 2026

Circo Maldito: placer, pánico y puro espectáculo

Imagen promocional del espectáculo
Imagen promocional del espectáculo
Un infierno obscuro y hedonista plagado de acrobacias, humor, deseo y riesgo, donde lo grotesco y lo sublime se mezclan en una experiencia que sacude, seduce y fascina sin descanso

Sobre la explanada instalada junto al Palacio de Hielo se levanta la gran carpa donde El Circo Maldito recibe a su público hasta el 17 de enero. El exterior ya anuncia una experiencia poco convencional. Aquí no vamos a encontrar un circo tradicional. Olvídense de los leones amaestrados (prohibidos hace años), de los niños con globos de helio y de esa nostalgia tierna de espectáculo familiar. Tampoco esperen terror psicológico al estilo Midsommar ni un cabaret erótico a lo Moulin Rouge. Lo que sí aguarda al otro lado es un híbrido muy bien producido, excesivo, ruidoso y sinvergüenza, que se mueve entre un parque de atracciones gótico, un late night de los 2000 y un videoclip de Marilyn Manson en versión maximalista y completamente desinhibida.

Nada más cruzar la puerta entramos en el universo de las almas perdidas, un inframundo poblado por criaturas que exhiben sus taras sin disimulo. El recibimiento ya marca el tono: un desfile de figuras deformadas, grotescas o directamente imposibles —una marioneta degollada que aún parece buscar dueño, un licántropo de feria tardía, una monja maldita con sonrisa de penitencia eterna, una celestina cósmica siempre al borde del despropósito, un casanova tan decadente como presumido o una marquesa condenada a su propia vanidad— que anticipan la mezcla de exceso, humor negro y tentación visual que domina la noche.

Un infierno con hilo conductor, colmillos y ningún postureo

Cuando el espectáculo arranca aparece un relato pensado para sostener la propuesta. En el circo —sobre todo cuando apuesta por una estética tan marcada— siempre resulta necesario un hilo conductor que ordene los números y dé coherencia a lo representado más allá del impacto visual. Aquí lo encarna Dante (Elvis Faggioni), un funcionario del infierno condenado a analizar y clasificar las penas de cada criatura que desfila ante él. A través de su tarea, el montaje hilvana acrobacias, contorsiones y episodios teatrales en una secuencia que intenta dotar de sentido a este caos fantástico y decadente.

Circo Maldito_Alicante_29
Un instante de la representación

La estética de esta producción de The Vampire Circus es una orgía de placer y pánico. Conviven la bacanal más lasciva, un erotismo sin filtros y la tensión que te agarra la nuca al mismo tiempo que las criaturas muestran cicatrices, colmillos y deseos. Luces rojas palpitan como venas abiertas mientras la banda sonora mezcla rock, industrial, cabaret y latidos acelerados. La escenografía, con un pertinente uso de la videoescena, parece salida de la mente de un demonio con buen gusto; todo conspira para eliminar cualquier neutralidad. El resultado es un universo que envuelve, provoca y descoloca, manteniéndote en la cuerda floja entre la carcajada nerviosa y el grito contenido.

A diferencia de otros espectáculos donde se distingue claramente el actor del personaje, aquí los intérpretes viven sus roles de principio a fin. Cada contorsionista, acróbata o payaso mantiene sus idiosincrasias, incluso en los momentos de mayor virtuosismo físico. Esta fidelidad al personaje ayuda a que la esencia del espectáculo nunca decaiga, haciendo que cada número se sienta integral y coherente, como si el circo existiera realmente en ese inframundo de almas perdidas.

El festín de la noche: riesgo, deseo y cuerpos en el aire

La sección aérea arranca con la red de Roxana Elena Strancef, que flota, gira y cae en picado con una mezcla brutal de fuerza y morbo que deja al público con la boca abierta. Zoe Nichole Dean convierte el escenario en una lluvia lenta: sube empapada por las telas, el agua resbala por su cuerpo y cada figura parece más bella y peligrosa que la anterior. En el dúo de cintas aéreas, Kevin Rossi Jiménez y Viviana Faggioni mantienen su carácter y complicidad en cada movimiento, haciendo que cada gesto nazca de su propia personalidad. Gracias a esto, los actos resultan vivos, con tensión y elegancia entrelazándose con la estética provocadora del circo. Por su parte, Jana Rodríguez Smith y Shannon Rossi giran incontables aros mientras bailan y se contorsionan al unísono, un número de apariencia sencilla hasta que te das cuenta de que tú no podrías ni con uno.

Circo Maldito_Alicante_5
Instantes previos a la representación

La sección de riesgo extremo no deja ni un segundo de respiro. En la rueda de la muerte, Julio César Quintero y José Gregorio Suárez Hernández hacen girar dos ruedas gigantes a ocho metros de altura: saltan por dentro, por fuera, a ciegas, sin red ni arnés, mientras media sala cierra los ojos y la otra media grita como si cada salto fuera el último. En el trapecio volante, el grupo Fosforia, con cinco cuerpos volando como si la gravedad hubiera pedido la noche libre, realiza triples mortales, cruces en el aire y atrapadas por los tobillos en el último milisegundo. Es el número clásico del circo elevado a la enésima potencia, con la energía macarra que pide este show. El público ya no aplaude: ruge.

¿Qué sería un circo sin payasos? Aquí, como no podía ser de otro modo, hay una versión libre y excéntrica protagonizada por Oliver Jarz, con un incontrolable deseo sexual, y Elvis Faggioni, en una parodia del burgués decadente, encargado de deslizar un mensaje de libertad que encierra metáforas de la vida: miedos, adicciones y tentaciones que nos persiguen. Ambos interactúan con el público en una dinámica tan hilarante como comprometida, la cual, evidentemente, no desvelaré. Por último, hay que destacar el instante de ilusionismo de Devid Di Lello, una disciplina muchas veces relegada en el mundo circense, que aquí brilla con un sensacional número de escapismo. La presencia constante del cuerpo de baile —Veronika Balandina, Jana Rodríguez Smith, Rachel Anna Herriot, Sarn Nadin y Dylan Jarz— añade elegancia y vistosidad, amplificando el impacto visual y dramático de cada efecto.

El Circo Maldito funciona porque no busca agradar: empuja, seduce, incomoda y celebra lo que otros espectáculos intentan disimular. Nada se siente gratuito; todo vibra con una energía que engancha y hace que el show no decaiga en ningún momento. Y, sobre todo, cumple exactamente lo que promete: te mete en un infierno muy divertido, te hace gritar, reír, ponerte caliente y aplaudir como loco, todo al mismo tiempo. Sales con la sensación de haber visto algo que no se parece a nada y, aun así, deseas volver a entrar en ese abismo tan bien diseñado.

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