No hay refugio posible. La escena no ofrece distancia ni consuelo y exige una posición. Reconocer lo que ocurre, sostener la mirada, asumir que la historia también interpela a quien observa. La noche que lo cambió todo comienza antes de que se apaguen las luces.
Puede ser Samuel. Puede ser cualquiera. Un joven intenta recomponer su vida tras una noche marcada por la violencia homófoba, entre recuerdos fragmentados y zonas en sombra. La obra reconstruye ese episodio desde la memoria, pieza a pieza, sin seguir una línea cerrada y con huecos que el espectador completa. A medida que el relato avanza, lo sucedido deja de percibirse como algo aislado y se reconoce en un entorno cercano, donde ese tipo de violencia forma parte de la vida cotidiana.
Antes de entrar en la obra, conviene detenerse en el espacio que la acoge. La reciente apertura de Salto Escénico suma una sala necesaria al tejido teatral madrileño, de las que sostienen y acompañan propuestas como esta. Con un formato que favorece la cercanía y una vocación clara de arraigo, el proyecto impulsado por Luis Otero y Keka Monreal refuerza ese circuito donde las propuestas encuentran tiempo, desarrollo y una relación directa con el público.
El punto de partida es un contexto verificable. En 2023 se registraron al menos 209 incidentes de odio por LGTBIfobia en la Comunidad de Madrid. Sobre ese fondo, la relación entre teatro y realidad LGTBI ha pasado de la codificación y la insinuación a una presencia explícita donde el conflicto ocupa el núcleo del relato. La escena ya no se limita a visibilizar; introduce fricción, pone en crisis discursos y traduce la violencia en términos dramatúrgicos. Un arte de presencia que convierte lo individual en experiencia colectiva y fija en el tiempo aquello que, fuera de la escena, tiende a diluirse. En la escritura de Jesús Sarmiento, las consecuencias ocupan el primer plano dentro de una lógica de posimpacto, con el teatro como forma de dar respuesta a esa realidad.

La dramaturgia de Sarmiento (Archipiélago) opera por capas. La estructura fragmentada, con flashbacks que dosifican la información y huecos por completar, exige un ajuste inicial, pero la tensión se acumula con paciencia y acaba funcionando. El mecanismo evita el impacto inmediato y, cuando se asienta, el relato gana densidad. La única reserva aparece en la ambición: el texto abre varias líneas, venganza, delitos de odio, posicionamiento colectivo, y en ese despliegue pierde concreción en algunos tramos, aunque el conjunto recupera pulso cuando vuelve a la historia principal.
El punto de vista es sensorial y en primera persona. La violencia queda desplazada hacia sus consecuencias, hacia lo que el cuerpo recuerda y la memoria no termina de ordenar. Hay momentos que revelan sin rodeos lo que es una paliza motivada por el odio. A Samuel Luiz lo mataron gritándole maricón. Sin eufemismos, sin mediación. Ocurrió y la obra lo confronta.
El nombre de Samuel Luiz funciona como eje dramatúrgico. Cada vez que el texto pronunciaba ese nombre, algo se me removía, un golpe en el estómago que atravesaba la obra. No es la historia de aquel joven asesinado el 3 de julio de 2021, ni pretende serlo. El texto toma ese nombre como punto de apoyo y articula dos líneas en paralelo: por un lado, la deriva hacia la venganza, que se construye escena a escena; por otro, lo que queda después de la agresión, la huella que reorganiza al personaje. Puede que sea el mejor homenaje posible: un nombre que regresa una y otra vez hasta quedar fijado en la escena, frente a una realidad donde todo tiende a olvidarse demasiado rápido.
La dirección de Wada Muñoz, productora de SU!C!D!O, sigue la lógica del texto y sostiene un ritmo que permite encajar los saltos temporales en el recorrido. La puesta en escena sitúa a los actores en el centro, mantiene el foco en la palabra y en la acción y evita añadir elementos superfluos. Ese reparto exclusivamente masculino introduce además una lectura interesante: distintas formas de ejercer, sostener o cuestionar una masculinidad atravesada por la violencia, más cercanas a comportamientos que a estereotipos cerrados. En el tramo intermedio, algunas escenas se alargan y la tensión baja, en línea con lo que ocurre en la dramaturgia. Cuando el relato vuelve a su eje, el montaje recupera pulso y avanza con mayor claridad hasta el final.
El reparto gira en torno a un eje, el nombre de Samuel, sobre el que orbitan el resto de los personajes. La construcción evita perfiles previsibles y apuesta por una complejidad visible en escena. En el trabajo del propio Sarmiento (El galo moribundo, Homofobia ) destaca esa doble mirada del personaje: la incredulidad, la incomodidad, la dificultad para encontrar una salida, ese miedo que paraliza; y, al mismo tiempo, la reacción opuesta, la capacidad de sacar fuerza donde no la hay, de no callar. Esa ambivalencia marca al personaje y le da consistencia.
En el caso de Javier Ruesga (Todos queríamos a Alber, La señora), en sustitución a José Carpe, su Ángel introduce otro registro. Funciona como un nombre parlante, pero no se queda en lo simbólico. Construye una presencia marcada por la bondad, con un aire de inocencia que recorre toda su intervención. Aporta además otra capa, vinculada al afecto, la entrega y el sacrificio. En los últimos compases de la representación, una escena concentra ese recorrido y hace difícil no emocionarse.
Dani Tomás da vida a Alonso, el perfil más duro. Encara al agresor desde una contención que evita la caricatura y lo hace más inquietante. La mirada, cargada de violencia, y ese aire de superioridad, cercano a una masculinidad tóxica, moldean una presencia incómoda en escena. El trabajo físico refuerza esa construcción y amplía el alcance del personaje. Una interpretación sólida en un papel especialmente complejo.
Teatro Sin Red devuelve al teatro su función más antigua: nombrar lo que ocurre fuera. La pregunta que deja el montaje incomoda. ¿Qué papel ocupa quien observa? ¿El testigo que calla, el que mira hacia otro lado, el que decide que no es su problema? La obra no absuelve a nadie. Es dura en ocasiones, necesaria siempre, y un homenaje a quienes no deberían haber necesitado ninguno. Ojalá no haga falta una segunda parte.
Autor: Jesús Sarmiento
Dirección: Wada Muñoz
Reparto: Jesús Sarmiento, Jose Carpe, Dani Tomás, Pablo Vélez, Mariano Andrés
Diseño de iluminación y sonido: Andrea Hissayni
Escenografía: Wada Muñoz
Música: Miguel Morenza
Producción ejecutiva: Teatro Sin Red
Producción: Teatro Sin Red en colaboración con Focus Films



