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Año IXNúmero 442
04 FEBRERO 2026

Vincent River: la historia detrás de muchos nombres

Imagen de escena de 'Vincent River'
Imagen de escena de 'Vincent River'
Una pieza de cámara tensa y rigurosa que, sostenida por la sobresaliente actuación del reparto, convierte un duelo individual en una reflexión colectiva sobre la violencia, la culpa y la responsabilidad.

Dos intérpretes, un espacio cerrado y una conversación que avanza con cautela. La propuesta, visible estos días en el Teatro Fernán Gómez, plantea un montaje de cámara que coloca al espectador ante una intimidad incómoda desde el primer momento. La escena apoya su fuerza en la palabra y en el silencio, prescinde de apoyos externos y mantiene la atención sin ofrecer respiro.

Todo comienza en el apartamento de Anita (Pilar Massa), una mujer de cincuenta y tantos años que acaba de mudarse para huir de unos vecinos hostiles. Cajas de cartón aún sin abrir, paquetes de cigarrillos y botellas de ginebra dibujan un espacio provisional, marcado por el duelo: su hijo Vincent ha sido asesinado en un crimen homófobo. A esa intimidad irrumpe Davey (Eduardo Gallo), un joven desconocido que afirma haber encontrado el cuerpo. Anita busca detalles sobre la muerte de su hijo; Davey, respuestas sobre el pasado de Vincent.

Esta versión y adaptación de Manuel Benito acompaña con sensibilidad un texto fundamental de Philip Ridley, heredero del impulso in-yer-face, con un libreto incómodo y preciso que sigue interpelando al espectador. Escrita a finales de los noventa, la obra no ha perdido filo; al contrario, incomoda hoy por motivos que resultan demasiado reconocibles. La violencia homófoba atraviesa el relato, pero el dramaturgo inglés apunta más lejos: hacia la cobardía social, la necesidad de desplazar la culpa y la facilidad con la que una comunidad decide no mirar. No hay consigna ni juicio cerrado, solo una situación límite donde la palabra se convierte en el único territorio posible.

La historia avanza mediante rodeos, silencios y digresiones que terminan por revelar su sentido completo. La conversación se tensa, retrocede y vuelve a avanzar, dejando que la información aparezca cuando ya resulta imposible esquivarla. Ese crecimiento lento, casi asfixiante, sostiene una escalada dramática de enorme precisión. Bajo el crimen late algo más profundo: el deseo de escuchar y de ser escuchado y la dificultad real de sostener ese intercambio. La conversación no repara la herida ni borra lo ocurrido, pero obliga a poner cuerpo y memoria a una violencia que deja de ser abstracta.

En la dirección, Pilar Massa (Algo en el aire, La máscara de Anibal) sabe leer con acierto el clima de thriller que atraviesa la pieza y convertirlo en motor escénico. Hay un vaivén emocional constante, con cambios de ritmo que acompañan tanto el desarrollo de la historia como la transformación íntima de los personajes. La escena alterna contención y sacudidas breves, dejando que el texto marque el pulso.

Este tipo de obras plantea una dificultad evidente: no admite apoyos externos ni recursos de distracción y obliga a tejer la atmósfera desde dentro, poco a poco, a partir de la palabra, el silencio y la relación entre los cuerpos en escena. Massa asume ese riesgo y lo resuelve con inteligencia. La dirección reconstruye magistralmente los hechos del pasado a través del relato, dosifica la información y ajusta los tiempos con precisión. El espectador completa esas escenas desde la imaginación, en una propuesta que apela a su inteligencia y refuerza la tensión dramática. No es casual que la propia directora defina esta pieza como una obra que transita de lo brutal a lo poético y acaba resultando, en sus palabras, “devastadoramente hermosa”.

Imagen de una escena de la obra
Imagen de una escena de la obra

Otro de los grandes alicientes del montaje está en la relación entre ambos intérpretes. El trabajo actoral avanza desde el subtexto y una descarga progresiva del peso emocional, siempre en doble dirección: lo que uno suelta lo asume el otro. Ese intercambio va desmontando defensas y genera una confianza incómoda, la de abrirse ante alguien que empieza como un extraño y termina ocupando un lugar inesperado.

En su composición de Anita, Pilar Massa (La flauta encantada, En horario de oficina) opta por un registro contenido y áspero, más físico que expresivo. El dolor impide cualquier cierre y empuja al personaje a una búsqueda obstinada de respuestas, atravesada por un impulso maternal de sobreprotección. En su trabajo afloran la culpa por no haber sabido más, por no haber visto antes, junto a un resentimiento y una angustia que desbordan y tensan cada gesto. Esa herida permanente atraviesa su presencia escénica y deja todo en tensión. Massa construye así un personaje complejo, donde conviven rabia, fragilidad y una necesidad feroz de comprender, lejos de cualquier trazo complaciente.

La interpretación de Eduardo Gallo (La vida es lo que pasa aquí, Qievra) fascina desde su primera aparición. La mirada, helada y penetrante, tiene algo hiriente, casi defensivo, como la de un animal herido que ataca para sobrevivir. Ese primer blindaje corporal y emocional sostiene buena parte de la tensión inicial. Con el avance de las escenas, su expresividad se abre, el gesto se serena y el personaje gana matices y color, sin perder nunca verdad. Gallo maneja el texto con una dicción impecable, especialmente en los parlamentos más delicados y centrales de la obra, donde la precisión resulta decisiva. La evolución aparece trazada con claridad, desde un trabajo contenido y muy afinado. Si es capaz de sostener una composición de esta complejidad, puede enfrentarse a cualquier reto que se proponga sobre un escenario.

La escenografía de Miguel Delgado interpreta con acierto el planteamiento del montaje. La recreación del apartamento resulta verosímil y funcional, un espacio cotidiano atravesado por el desarraigo y la provisionalidad. Las cajas de la mudanza van más allá de un elemento contextual y funcionan como auténticas válvulas de escape emocional: contenedores de memoria, mecanismos para activar el recuerdo y abrir ventanas al pasado. Por último, la iluminación de Olga García acompaña ese recorrido con un trabajo pertinente y delicado, basado en variaciones muy sutiles que refuerzan la atmósfera sin distraer. En algunos momentos, un recurso habitual en este tipo de dramaturgias de cámara, como el fundido a negro, podría haber ayudado a delimitar con mayor claridad el inicio y el cierre del acto y a ofrecer un breve espacio de respiración al espectador.

Una obra dura, necesaria y plenamente vigente. Desgarra sin concesiones y resulta especialmente pertinente para públicos jóvenes, a quienes interpela desde la escucha y la responsabilidad. No ofrece alivio, pero sí una experiencia escénica honesta que obliga a mirar de frente aquello que aún cuesta nombrar.

Autor: Philip Ridley

Versión y adaptación: Manuel Benito

Dirección: Pilar Massa

Reparto: Pilar Massa y Eduardo Gallo

Escenografía y vestuario: Miguel Delgado

Iluminación: Olga García

Diseño gráfico: David de la Torre

Fotografías: Sofía Moro

Ayudante de dirección: David Tortosa

Producción ejecutiva: Meta Producciones Escénicas

Una producción de la Compañía Pilar Massa

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