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Crítica de Grito pelao. Idea original: Rocío Molina. Dirección artística: Carlos Marquerie, Rocío Molina y Silvia Pérez Cruz. Dramaturgia: Carlos Marquerie. Coreografía: Rocío Molina. Ayudante de dirección y coreografía: Elena Córdoba. Interpretación: Rocío Molina (baile); Silvia Pérez Cruz (voz); Lola Cruz (danza). Teatros del Canal, 26 de septiembre de 2018.

“Hola, me llamo Rocío Molina y soy boquerona”. Con esta frase, que pronuncia micro incluido, elemento que la acompañará durante todo el espectáculo, a veces aliado otras algo intruso, la bailaora y coreógrafa malagueña parece anunciar un firme propósito a modo de declaración y aviso: esta obra versa sobre el hecho de ser hija y madre, sí, pero sobre el suyo en concreto. Lo autobiográfico es matiz común en los trabajos de Rocío Molina. En una entrevista a este medio declaró una vez, “intento contar la verdad y qué mayor verdad que contar lo que estoy viviendo”. Y en Grito pelao, estrenado el pasado mes de julio en el Festival de Avignon, su verdad, marcada por su embarazo (mediante fecundación in vitro, el pasado 28 de marzo, tal y como ella misma cuenta en el espectáculo), el hecho de convertirse en madre y la transformación que esto provoca en lo de ser hija, es germen y discurso del trabajo a modo de diario personal. La radiografía vital sobre la que esta creadora reposa sus obras y que en los últimos sobre todo, (Bosque ardora y Caída del cielo), recae sobre la gesta de ser mujer, adquiere en Grito pelao un nuevo matiz, culmen de su vivencia alrededor de lo femenino. Y la radiografía es también ecografía. En este sentido, se vuelve a alejar de tópicos, roles y estereotipos en una inteligente búsqueda de otras opciones menos amigas de lo establecido y aquello que se espera sobre el hecho de ser madre y también hija. Su vivencia, en un cuerpo embarazado de siete meses que muestra habitando el espacio con él desde diferentes prismas, con naturalidad más que orgullo y con el control y la fuerza habituales, se hace presente a través de una descripción poco sentimental (se agradece) de la gestación. “La niña tiene ahora mismo el tamaño de una lechuga”.

 

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En el escenario Molina recorre Grito pelao junto a su madre, Lola Cruz, y la cantante Silvia Pérez Cruz. Y también se presentan. Están allí para vivir juntas este trozo de vida convertido en hecho escénico y dirigido con esa lucidez que Carlos Marquerie viene aportando a los últimos trabajos de Molina. Como una cadena de mujeres, frase a la que hace alusión la cantante al recordar una anécdota de su embarazo, la relación entre ellas transcurre en cuadros o escenas, que funcionan tanto de manera independiente como hilvanados, aunque alguna adolece de tiempo dilatado (la duración del espectáculo es de dos horas). El movimiento corporal y el texto (a veces no es necesario, tan armada a través de lo corporal está esta autobiografía del momento), son también hilo unificador de ellas tres y tanto Lola Cruz, bailarina cuando era más joven, como Silvia Pérez Cruz, se mueven en ocasiones con Molina. “Baila para tu nieta”, le dice la coreógrafa y bailaora a su madre. Y se produce una de las escenas más poderosas de este montaje, junto a otras como la que hace referencia a una promesa cumplida, la de la piedad o el baño final, que dejan un profundo poso de esa relación madre e hija que está pasando a ser otra cosa, marcada por una nueva maternidad.

En la cultura popular, sobre el flamenco se pueden encontrar un par de definiciones. Sobre el sentir flamenco, algunas más. Y sobre lo de ser flamenco o cómo serlo, infinitas. Afortunadamente. Y el que transcurre soldado a esa evolución que conlleva cualquier acto vivo, es el que viene interesando a la creadora malagueña, alejada de dogmas añejos en pos de la búsqueda de su propia identidad, cristalizada de manera concluyente en Grito pelao (también en Caída del cielo) en el que ha vuelto a contar con la coreógrafa e intérprete de danza contemporánea, Elena Córdoba, clave en el interesante puerto en el que Molina viene trabajando. En un escenario tan inmaculado como esa virgen bíblica que tuvo a su hijo sin varón, Rocío Molina también recurre a unos versos de Sylvia Plath (For a fatherless son) nueva cómplice en escena, para seguir hablando de miedos e invocar a la esperanza. Realidad y anhelos, dolor y chascarrillos acompañan el hacer de Rocío Molina en esta obra que dejará de representar, según ha declarado, cuando su hija nazca, y que es confesión bailada en una habitación propia.

 

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