El títere no entra en escena para adornar un cuento. Entra para disputarle el cuerpo. Esa es su fuerza antigua y todavía incómoda: no reproduce la vida, la concentra; no imita al actor, lo obliga a desaparecer y a permanecer al mismo tiempo; no necesita grandes dimensiones porque su verdadero tamaño depende de la precisión con que una mano le concede respiración. En la Plaza del Salón Rico de Toledo, Caperucita Roja, de Tropos Teatro de Títeres, recordó que el teatro infantil alcanza su mayor dignidad cuando deja de pedir indulgencia y se presenta como una forma mayor de inteligencia escénica...