TRES SOMBREROS DE COPA Y CYRANO DE BERGERAC HAN MARCADO LA CARRERA TEATRAL DE GALIANA

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Manuel Galiana estudió en la Escuela de Cinematografía de Madrid, obteniendo el Premio Extraordinario de Interpretación. Se inició en el mundo de la interpretación en el Aula de Teatro del Instituto San Isidro de Madrid, bajo la dirección del profesor de literatura Antonio Ayora.

Entró en el teatro profesional con la Compañía de Amelia de la Torre y obtuvo grandes éxitos con obras como La casa de los siete balcones, de Alejandro Casona; A Electra le sienta bien el luto, de Eugene O'Neill; Hay una luz sobre la cama, de Torcuato Luca de Tena, El caballo desvanecido (1967), de Françoise Sagan, Oficio de tinieblas (1967),1 de Alfonso Sastre, Divinas palabras (1969), de Ramón María del Valle-Inclán, Tango (1970), de Sławomir Mrożek, Los buenos días perdidos2 (1972), de Antonio Gala, Las galas del difunto (1978), de Valle-Inclán, El álbum familiar (1982), de José Luis Alonso de Santos, El pato silvestre (1982), de Ibsen, Tres sombreros de copa (1983), de Miguel Mihura y La gran pirueta (1986), de José Luis Alonso de Santos.

Entre sus últimos trabajos en el mundo del teatro destacan El veneno del teatro, de Rodolf Sirera, Anselmo B o la desmedida pasión por los alféizares, de Adolfo Marsillach, Abejas en diciembre, de Alan Ayckbourn, Ay, Carmela, de José Sanchis Sinisterra; El caballero de las espuelas de oro (1994), de Alejandro Casona;3 Misión al pueblo desierto,4 de Antonio Buero Vallejo (1999), Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand (2000),5 La raya del pelo de William Holden (2001), La guerra de nuestros antepasados, de Miguel Delibes (2003), El adefesio, de Rafael Alberti (2003-2004), Conversación con Primo Levi (2005-2006), La comedia del bebé (2006-2007), de Edward Albee y La decente (2008),6 de Miguel Mihura y Desnudos en Central Park (2009), junto a Emma Ozores. En 2010 dirige el montaje de Brujas,7 protagonizado por Arancha del Sol, Juncal Rivero, Carla Duval y Lara Dibildos.

En 2012 recibió, por votación popular, el XVI Premio Nacional de Teatro Pepe Isbert que concede la Asociación Nacional de Amigos de los Teatros de España.

Galiana ha participado en distintas producciones tanto para el cine como para la televisión, consiguiendo un gran reconocimiento de público y crítica. Entre otras distinciones, le han concedido el Premio El Espectador y la Crítica (1983), la Medalla de Oro de Valladolid y el Premio Nacional de Teatro (1998) por su trayectoria profesional en todos los géneros teatrales, la alta calidad actoral y su interpretación en la obra Píntame la eternidad, de Alberto Miralles.

Galiana lleva varios años impartiendo clases de interpretación como profesor en Estudio 2 - Manuel Galiana.

¿De dónde viene Manuel Galiana?

De Madrid. Aquí empiezo mi formación. Tengo la suerte de estar en el Colegio de los Sagrados Corazones que fue cuando por primera vez pisé un escenario, el escenario del Teatro Albéniz. Hacíamos una función y salía bailando, vestido de demonio una vez y otra, vestido de indio, de un Sioux, me encantaba salir con las plumas, y bailar una danza guerrera. Estaba entusiasmado con aquello. Y después, paso al instituto de San Isidro, donde el profesor de literatura, don Antonio Ayora, crea una obra de teatro, a la cual yo me apunto. Ahí empieza toda la historia.

Después de aquello me matriculo en la Escuela Oficial de Cine. Terminando los estudios en la Escuela Oficial de Cine tuve la oportunidad de debutar en el teatro, con una obra de Alejandro Casona, La casa de los siete balcones, en el Teatro Lara. Aquello fue un éxito muy grande. Sobre todo para mí porque al día siguiente se hablaba de revelación de un actor, unas críticas que para un chaval que empezaba eran demasiado. Allí, una noche, una tarde, me vio Narciso Ibáñez Serrador y me preguntó que si quería trabajar con él. A lo que yo le contesté: “Hombre Chicho, pues claro que sí”. A los dos meses me llamó para intervenir en una de las Historias para no dormir, que se llamó El último reloj, que era una adaptación de El corazón delator de Allan Poe.

Aquello fue pegar dos pelotazos seguidos. Ahí me enredé. Empezaron a surgir las ofertas para teatro y para televisión, una tras otra, unas tras otras, y hasta aquí nos lleva.

Se considera más actor de teatro, cine, televisión…

Me considero un actor. Porque lo he hecho todo. He hecho cine, he hecho el teatro y he hecho la televisión. Y he hecho las tres cosas con fortuna, quiero decir, que mis trabajos han sido considerados en los tres medios. Soy un actor que puedo trabajar a donde me digan.

Si volvemos la vista atrás de nuevo, a aquellos inicios, algún recuerdo le viene o le asalta la cabeza, los inicios, cómo era el trabajo

Para mí fue tremendamente fácil. Comenzar en esta profesión es muy difícil. No sabes nunca por dónde se va a abrir la puerta, eso que dicen que hay que estar en el sitio oportuno. Yo en mis inicios me enteré de que Alejandro Casona estaba buscando un muchacho para interpretar el personaje de Uriel en La casa de los siete balcones, junto a Amelia de la Torre. Sin leer la obra ni nada, fui, me presenté a él, y le dije que si era tan amable de hacerme una entrevista. El hombre algo debió de ver en mí, imagino que el físico joven. Y me dio la escena para que hiciera la prueba con él. Hice la prueba, le pareció muy bien, y debuté en el teatro como protagonista junto a Amelia de la Torre. Después de esto Narciso Ibáñez Serrador me dio, como él mismo decía, el mejor papel de mi vida. Me decía que me iban a recordar por aquel papel.

Después de este gran debut pensaba que tenía una asignatura pendiente, el cine, que es para lo que yo me había preparado. Había estado en la escuela oficial de cine, había terminado con el premio extraordinario de fin de carrera y todo hacía suponer que mi carrera de cine iba a continuar, iba a estar bien encarrilada. Iba a hacer una película con Harry Belafonte, Cantinflas y yo. Y dije, ya está. Ahora viene la “peliculita”. Aquello nunca se llegó a hacer.

Como se venían sucediendo un contrato tras otro en teatro y televisión tal vez no me preocupó encontrar el representante adecuado que me llevara para el cine. He intervenido en más de veinte películas. He rodado a las órdenes de José Luis Garci en tres de sus películas. Si ese tiene que ser mi punto final en el cine pues no importa, ha sido bonito.

En su dilatada carrera, con este gran número de producciones de teatro, cine y televisión en las que ha intervenido, ¿le ha marcado alguna en especial? ¿guarda algún recuerdo entrañable de alguna?

Cuando he estrenado “Nostalgia del agua” de Ernesto Caballero junto a Marta Belaustegui, me hicieron un homenaje. Y ese mismo día me preguntaba a mí mismo porqué un homenaje. Y la respuesta es porque he hecho muchas cosas, serias, y con buena acogida de crítica y público.

No podría decirte una sola. Son varias. Cyrano de Bergerac, un personaje que yo desde mocito soñaba con hacer. Me sentaba en la plaza Santa Ana, frente al teatro Español y decía: “Yo un día quiero hacer en este teatro Cyrano de Bergerac”. El día que sonó el teléfono y Gustavo Pérez Puig me dijo que me llamaba para hacer Cyrano, no me caí sentado de milagro. Aquello fue fantástico. Fueron ocho meses de un éxito tremendo. El teatro entero abarrotado, y cuando digo entero, es desde el último piso hasta abajo. El teatro entero puesto en pie, las ovaciones. Un compañero me decía: “Después de esto ya te puedes morir”. Yo le decía, no me quiero morir, que quiero hacer más cosas como esta. Fue muy hermoso ese Cyrano.

También fue muy bonito hacer Tres sombreros de copa. Son dos personajes, el Dionisio de Tres sombreros de copa, y el Cyrano, han sido los dos únicos con los que yo soñaba con hacer y que he logrado hacer una vez metido en la profesión.

Recuerdo fantásticamente El veneno del Teatro, aquellos dos gigantes en duelo. Rodero y yo nos queríamos mucho. Cuando yo debuté con La casa de los siete balcones, subió a verme al camerino y me dijo elogios maravillosos. Ese día nos quedamos enganchados. Fíjate que tenía fama de estirado… nada. Era un santo cordero por lo menos conmigo. Conseguimos una gran amistad, no compañeros, amigos. Cuando ya aparece la confidencia, el volcarse uno al otro. Estar los dos encima de un escenario, que era lo que deseábamos, era algo parateatral lo que la gente allí presenciaba. Era brutal, precioso.

¡Ay Carmela!, La guerra de nuestros antepasados de Delibes, hay muchos. En el oscuro corazón del bosque, de José Luis Alonso de Santos. Una bellísima comedia que hicimos en el Matadero. Lo último que estoy haciendo en mi teatro, Baile de huesos. Me llena de orgullo haber confiado en una autora nueva y haber convertido ese texto en un éxito de público y de crítica. Un espectáculo que interpreto y que también he dirigido.

El Cyrano es entendible que quisieras hacerlo. Todos los actores sueñan en algún momento con hacer Cyrano de Bergerac, pero ¿porqué Dionisio de Tres sombreros de copa de Miguel Mihura?

Por todo lo que lleva dentro Dionisio. Primero, Tres sombreros de copa es una obra genial, es un texto único, fantástico. El personaje de Dionisio, aunque no sabemos qué pasa en un futuro con él, vemos que es un hombre que renuncia a la alegría, a la felicidad y a todo por miedo. Cómo se va a saltar unas normas sociales que ya están puestas aquí, cómo me atrevo yo a hacer lo otro, pues me quedo así. Se queda ahí. A mí me conmovía mucho, y pensaba, pero ¿cómo se puede quedar uno? Desde el escenario siempre se transmiten mensajes y me parecía muy hermoso transmitir desde el escenario que hay otra vida preciosa y alegre que a veces no nos atrevemos a vivirla por el qué dirán. Nos coartan, muchas veces, las condiciones sociales para dar ese paso que, a lo mejor, es nuestra felicidad. Ese mensaje me gustaba transmitirlo.

 

fotos baile de huesos 2017 19 Manuel Galiana (izquierda) en una escena de la obra "Baile de Huesos"

 

Ha trabajado con grandes de la escena, grandes directores, ¿falta alguno?

Ahora he tenido la suerte de trabajar con Jesús García Salgado, que no es que sea un jovencito, pero es más nuevo en esto. Es un director muy interesante. Me gustaría trabajar con Juan Carlos Rubio, del que he visto cosas que me han parecido muy bonitas. Me gustaría trabajar con cualquiera que me llame y me ofrezca algo interesante, porque con cualquier director puedo llegar a un acuerdo de cómo pienso yo que voy a hacer ese personaje. He tenido la inmensa suerte de que todos los directores me han dado libertad. Han puesto mucha confianza en mí para trabajar.

¿Cómo es el día a día de Manuel Galiana?

Pues mira, todo el día enrollado con teatro. Pero ha sido así desde que empecé. Cuando estábamos en San Isidro, lo que te comentaba antes, cayó en mis manos un texto que contenía la siguiente cita de Goethe: “Me gustaría que el escenario tuviera la anchura de una cuerda floja para que nadie que no estuviera capacitado pudiera atravesarlo”. Decía ya entonces Goethe. Imagínate si levantara ahora la cabeza. Se moría del susto. Aquello me impresionó mucho, claro. Tenía yo entonces quince años. Y desde entonces ya no me puedo separar de aquello, y todos los días de mi vida estoy enrollado con algo de teatro. Preparándome. Preparando textos para Estudio 2, leyendo cosas para poder hacerlas, estudiando un texto que vaya a estrenar próximamente. Cuando puedo asisto a los espectáculos de mis compañeros.

¿Con cuántos años o cuándo sintió la necesidad de la escena? ¿Cuándo se produce ese fuerte vínculo?

Hubo una noche que fue definitiva. A mí me gustaba aquello. Pero asistí al estreno del Enrique IV de Pirandello, en el Teatro Español, dirigido por Tamayo e interpretado por Carlos Lemos. Fui con este profesor que te comentaba antes, Antonio Ayora, porque él era amigo de Carlos Lemos. Estábamos en el tercer piso del teatro, en el último. Fue una noche de esas, inolvidables de hermosa, el teatro abarrotado. Dije, don Antonio, si el teatro es esto, yo ya no me salgo de aquí. Esa noche, yo pensaba que quería una noche así en ese teatro. Luego el tiempo y la vida me la ha dado. Tanto con Cyrano como con El caballero de las espuelas de oro. Esa noche me decidí definitivamente. Ahí ya sabía que no podía ser otra cosa. Fue el deslumbramiento, la caída del caballo, fue todo. Cuando descubres el teatro con mayúsculas ya no hay más.

¿Hay algún tachón en la carrera de Manuel Galiana? ¿Alguna función que no haya merecido la pena hacer?

Bueno, hay cosas que han tenido más éxito que otras. Pero cuando he leído las críticas no hay una así que puedas decir que haya sido mala. Hay cosas que al público no le han podido interesar, pero de verdad, que no es mi caso. Mi hoja de servicio es bastante limpia (entre risas).

Usted también imparte clases. ¿Hay mucha diferencia entre la gente que se inicia hoy en día con los inicios de Manuel Galiana?

Yo me encontré con la sorpresa que cuando abro esta especie de academia, o como le queramos llamar, aparece gente que ya son mayores. Por el placer de hacer teatro o por el placer de estar conmigo. No están tres años y les damos por cumplidos. Si aquí no se termina nunca de aprender. Eso está abierto para cuando quieran estar, incluso por temporadas. Yo le llamo entrenamiento del actor. Están en clase, pero lo que les gusta es a final de curso confrontar su trabajo con los espectadores que van a ir a verles. No es solamente hacer el ejercicio. Les gusta el choque emocional de encontrarse con un público que les está mirando. Y eso es fundamental siempre en la escuela. El actor debe saber que se va a encontrar siempre con eso y ver cómo responde. Ningún texto queda escrito hasta que se confronta con el espectador.

 

DSC 1176Manuel Galiana y Marta Belaustegui en una escena de la obra "Nostalgia del agua" de Ernesto Caballero

 

Viendo la situación laboral de los actores en nuestro país, ¿qué opinión le merece?

Eso siempre ha sido así. En la profesión del teatro siempre ha sido así. Cuanto más somos peor está la situación, claro. Ahora no sé cuántos actores seremos, pero como unos 160.000 aproximadamente. No sé, he puesto esa cifra, pero no sé los que somos. Pero no podemos estar 160.000 actores haciendo teatro. Pero como se ha puesto muy de moda esto de ser actor… A todos les pondría esa cita de Goethe que comentábamos antes, para que la gente viera si hay aptitudes o no. Pero la tentación es muy fuerte, sobre todo, por la televisión. ¿Y si pillo una serie de televisión y estoy trabajando seis o siete años en ella? Que un actor pueda decir hoy en día que puede cobrar un sueldo durante seis o siete años es como si te hubiera tocado el gordo, porque eso ahora no ocurre. Antes, con una obra de teatro, podías estar en cartel un año o dos años, incluso más, y trabajando todos los días… pero eso ya no existe. Hoy ves como las obras de teatro tienen tres o cuatro bolos al mes, y con un poco de suerte. Ha cambiado. Hay muchos actores, hay muchos teatros. En todas las provincias tienen sus teatros importantes.

Yo creo que está mal estructurado. Debería haber un acuerdo entre todos los teatros municipales para que los espectáculos que se produjeran pudieran recorrer todos los circuitos de teatros municipales del país. Ya sean auditorios, teatros, o lo que sea de gestión municipal. Los espectáculos deberían girar todos. Algunos no podrían por ser complicados de escenografía, pero siempre que se pudiera habría que hacer que los espectáculos girasen. Y si no hay dinero para un caché, pues siempre está la alternativa de la taquilla, pero que no se demore en cobrarse dos o tres meses. Sino que, al terminar la función, has hecho mil euros, toma tus mil euros y adiós. Porque las compañías no tienen dinero para financiarse. Necesitan ese dinero para poder seguir, pagar a la compañía, e iniciar otra historia. Esto para empezar, pero te explicaría de forma más amplia.

También todo está un poco en manos de los programadores de los teatros. Ellos son los responsables de que vaya un espectáculo o que vaya otro.

Esto está muy vinculado hoy en día a la televisión…

Si. Hay programadores que te dicen que si no hay nadie vinculado a la televisión en el espectáculo que ni se lo ofrezcas. Y les dices: “pero si esta gente tienen un prestigio…” No, que sean populares. Y claro, pues eso te decepciona un poquito que el criterio sea ese. Si el espectáculo de esa gente de televisión es bueno, pues fantástico, que vayan. Lo único bueno para todos es hacer buenos espectáculos para que esto se sostenga, se atraiga público y este público diga que venir al teatro merece la pena.

Hay mucho talento teatral en nuestro país, en cualquier sitio se hace teatro. Todo eso está muy bien. Pero vamos a saber seleccionar qué espectáculos son y qué espectáculos no se puede gastar dinero en ellos.

Si se acercara alguna persona joven a usted y le dijera “quiero ser actor”, ¿qué consejos le daría?

Primero que tuviera un plan B, porque no siempre se puede vivir de esta profesión. Hay que darse cuenta que dejamos los mejores años de nuestra vida para dedicarlos a nuestra profesión. Luego, más tarde, con treinta o cuarenta años, a ver por dónde diriges tu vida. Siempre aconsejo que haya un plan B. Y sobre todo, que vayan a una escuela o academia donde se den cuenta por ellos mismos si tienen aptitudes. Y que se fíen del guía que tienen cuando les dice sí o no. Porque claro, nos puede gustar mucho esto, mucho, pero hay gente que no tiene aptitudes, y esto es muy difícil.

Que no se dejen deslumbrar por el glamour que en algunos momentos puede haber, sobre todo en el cine, o en la televisión. Antes no existía tanto eso, por tanto, era menos gente la que se quería dedicar a esto. Ahora todos los papás quieren que su niño sea artista si puede ser. Pero antes no era así.

El glamour es cuestión de un día, pero si vas a vivir de esta profesión hay que tener en cuenta que vas a tener muchas dificultades. Hay que planteárselo a todo el mundo, igual que me lo plantearon a mí en su día. Arriésgate y que te acompañe la suerte. Muchos se quedan por el camino.

¿Cuál es la mejor edad para un actor? ¿Cuándo alcanza su madurez profesional?

Sobre los cuarenta años. Lo malo fue mi caso. Cuando debuté me dijeron que ya estaba, y eso era muy peligroso. Pero yo estaba muy bien educado y sabía que no (risas). Que había tenido suerte con los personajes que me habían dado y eso ya lo había hecho, pero que no es más. Sí sabía que tenía aptitudes, porque ya de pequeñito en San Isidro hacía papeles y funcionaba bien. Y en la escuela de cine me dieron el premio extraordinario de fin de carrera con montones de prácticas. Cuando uno está bien es entre los treinta y cuarenta años.

¿Uno es consciente de eso?

A mí me gustaría que le gente fuera consciente. Cuando tengo esta edad sé bien lo que tengo. No quiere decir que se haya llegado al tope. No, porque tenemos que seguir aprendiendo, todos los días aprendemos. Porque hayas cumplido cuarenta años y haya tenido siete éxitos, pues nada, que muy bien, te da más tranquilidad, pero espera, espera, que esto es una carrera de fondo.

¿Qué proyectos tiene Manuel Galiana encima de la mesa?

Volver otra vez a Estudio 2. Allí sigo dando clases, pero volveré a representar otra vez Baile de huesos.

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