Madrid lleva días haciéndose preguntas. Algunos están preocupados por la visita del Papa. Otros cuentan las horas para el concierto de Bad Bunny. Sin embargo, entre los aficionados al teatro hay una cuestión igual de importante: ¿dónde está Radojka? Quienes quieran encontrar la respuesta tendrán que acercarse a los Teatros Luchana. Y conviene darse prisa: Radojka no va a esperar eternamente.
Gloria y Lucía trabajan cuidando a Radojka, una anciana de carácter difícil cuya muerte repentina las deja sin su única fuente de ingresos. Ante el pánico de quedarse sin nada, deciden ocultar lo sucedido y sostener una ficción que pronto escapa a su control. Lo que comienza como una solución desesperada termina desencadenando una sucesión de enredos cada vez más disparatados, obligándolas a improvisar nuevas mentiras para mantener viva la anterior.
Bajo el paraguas de El Tío Caracoles, una de las productoras teatrales más sólidas y versátiles, Zenón Recalde firma una adaptación que saca partido a la eficacia del texto de Fernando Schmidt y Christian Ibarzabal. Buena parte de su acierto reside en potenciar los mecanismos cómicos de la obra mediante diálogos ágiles, réplicas ingeniosas y dobles sentidos que provocan frecuentes carcajadas entre el público. A ello se suma una sucesión de situaciones cada vez más disparatadas que, pese a adentrarse progresivamente en el absurdo, mantienen siempre una lógica interna reconocible. La trama crece de forma constante. Cuando parece haber encontrado una dirección definitiva, un nuevo acontecimiento altera el rumbo y obliga a los personajes a redoblar sus esfuerzos para preservar una mentira cada vez más difícil de mantener.
La gestión del ritmo constituye otro de los grandes aciertos del montaje. Recalde vuelve a demostrar su habilidad para los mecanismos de la comedia, un terreno que conoce bien tras encargarse de la adaptación de La función que sale mal y de la dirección de Asesinato para dos, dos producciones de enorme éxito. La dirección mantiene la tensión cómica de principio a fin, encadena las escenas con fluidez y evita cualquier caída de intensidad. Sostener durante ochenta minutos una propuesta construida esencialmente sobre dos personajes no resulta sencillo, pero la función encuentra siempre nuevos estímulos para seguir avanzando. En una cartelera dominada por funciones cada vez más largas, esta demuestra que ochenta minutos pueden ser más que suficientes.

Buena parte de ese resultado descansa sobre Marta Valverde y Ana Belén Beas. Ambas funcionan como una auténtica pareja cómica. Las réplicas encajan con precisión, los perfiles aparecen claramente definidos y la química entre ambas sostiene buena parte de la función. El vestuario de Silvina Falco refuerza además esa diferenciación y ayuda a perfilar visualmente dos personalidades opuestas desde su primera aparición en escena.
Marta Valverde (La llamada, Annie) encarna al cerebro pensante de la historia. Su personaje afronta cada problema desde la lógica y el sentido práctico, tratando de anticipar las consecuencias de unas decisiones que no dejan de complicarse. Una batalla perdida de antemano que la actriz aprovecha con notable eficacia cómica. Por su parte, Ana Belén Beas (Ricardo III, El secreto) aporta el reverso perfecto de esa dinámica. Convertida en un auténtico torbellino escénico, despliega la chispa y la vis cómica a las que tiene acostumbrado al público. Su gestualidad acompaña cada réplica y multiplica el efecto de muchos gags. A simple vista, su personaje parece más despistado, impulsivo e incluso algo inconsciente. Sin embargo, esconde una capacidad de adaptación mucho mayor de lo que podría parecer en un primer momento.
La escenografía de Javier Ruiz de Alegría cumple con eficacia su cometido al recrear el salón donde transcurre la acción. Más allá de ese carácter funcional, incorpora algunos elementos que aparecen en momentos concretos para visualizar situaciones clave de la trama. Sin desvelar detalles, recursos como el retrato de la señora evidencian un cuidado trabajo de puesta en escena, reforzado además por una iluminación utilizada con acierto en el arranque de la función y en otros pasajes destacados.
Con todos esos ingredientes, la producción se perfila como una de las comedias más disfrutables del verano. Humor negro, giros inesperados, un ritmo perfectamente medido y dos interpretaciones sobresalientes dan forma a una función que divierte sin dejar de tener filo. Una propuesta plenamente recomendable para quienes busquen reírse durante ochenta minutos. Y, de paso, descubrir de una vez por todas dónde está Radojka.
Producción General: El Tío Caracoles Production Company
Productor: Miguel Ángel Chulia
Dirección: Zenón Recalde
Texto: F. Schmidt y C. Ibarzabal
Reparto: Marta Valverde y Ana Belén Beas
Ayudante de dirección y producción: Sergio de Medina
Diseño Escenografía: Javier Ruiz de Alegría
Diseño de vestuario: Silvina Falco
Diseño Gráfico: Maktub Just Design
Técnico de iluminación y sonido: Alba Santiago
Fotografía: Moi Fernández
Prensa y comunicación: Carlos Rivera Comunicación






