Seguramente era uno de los pocos amantes del teatro, y de los habituales de los Teatros Luchana, que aún no habían visto La herencia. Tras varias temporadas en cartel, un sólido boca a boca y una permanencia que, en el circuito de pequeño formato, rara vez responde al azar, aquella deuda teatral empezaba a pesar demasiado. Bastaron unos minutos para descubrir que el testamento solo era la puerta de entrada a algo mucho más incómodo.
La muerte de una tía reúne a tres hermanos para la lectura de un testamento que altera por completo el encuentro. Lo que comienza como una reunión marcada por la obligación familiar cambia de rumbo cuando una última voluntad introduce un elemento inesperado en la ecuación. Desde entonces, la herencia pierde protagonismo frente a un entramado de resentimientos, silencios y cuentas pendientes que obliga a los personajes a enfrentarse entre sí y, finalmente, a sí mismos.
David Barreiro, autor de títulos como Helsinki, Animales poco deseables o la reciente Demolición, parte en esta ocasión de unos elementos dramáticos muy sólidos: una muerte, una herencia inesperada, viejas rencillas familiares y una convivencia forzada entre personajes unidos por la sangre, pero separados por años de agravios y reproches. El planteamiento atrapa desde el inicio y los primeros compases destacan por la agilidad de los diálogos.
El principal escollo aparece en la gestión del ritmo. La función arranca con energía, pero esa intensidad inicial pierde fuerza en determinados pasajes. Aunque Barreiro continúa incorporando información relevante y dosifica con habilidad las revelaciones, algunos tramos transmiten cierta sensación de estancamiento y la dramaturgia necesita nuevos estímulos para sostener la tensión. Afortunadamente, esos revulsivos llegan en forma de giros argumentales muy eficaces, algunos francamente sorprendentes, capaces de reactivar la acción y modificar la mirada del espectador sobre lo que ocurre en escena.

En su primer trabajo como director, Pepe Ocio apuesta por una puesta en escena funcional que sitúa el foco en los intérpretes y en las relaciones que se establecen entre ellos. El humor negro aparece integrado con naturalidad y convive con momentos de creciente tensión. Miradas, silencios, suspiros o pequeños conatos de agresión expresan lo que las palabras no terminan de decir y permiten exteriorizar emociones que llevan años enquistadas.
Con muy pocos elementos sobre el escenario, la función evita en todo momento la sensación de vacío. Ocio comprende que el verdadero interés de la obra reside en las relaciones entre los personajes y concentra sus esfuerzos en potenciar esa dimensión. Los cambios de ritmo que experimenta la función nacen principalmente de la propia dramaturgia y encuentran una traducción coherente en la puesta en escena planteada por el director.
Esta producción de Miller Producciones Teatralestiene en su reparto uno de sus principales apoyos. Fernando Coronado, Jorge Pobes, Isabel Torrevejano y Jose Carretero trabajan sobre personajes que el espectador identifica desde el primer momento, aunque sus interpretaciones aportan los matices necesarios para alejarlos de la caricatura.
Fernando Coronado, intérprete con una larga trayectoria tanto sobre los escenarios como en la ficción televisiva, construye un personaje histriónico en la acepción más amplia posible del término. Su función inicial consiste en ejercer como albacea y conducir la lectura del testamento, pero pronto queda claro que su papel dentro de la historia resulta mucho más complejo de lo que aparenta. Imprevisible, desconcertante y a ratos exasperante, genera incomodidad y diversión casi en la misma escena. Nunca termina de saberse cuáles son sus verdaderas intenciones y esa incertidumbre acaba convirtiéndose en una de las bazas más eficaces de la función.
Los tres hermanos sostienen buena parte del peso dramático de la función. Comparten un mismo dilema, pero no una misma forma de afrontarlo. Jorge Pobes compone a Sergio, el hermano mayor y más impulsivo. Las numerosas dudas que rodean su situación presente constituyen una de las principales grietas del personaje, un terreno que evita abordar abiertamente y que el texto va revelando poco a poco. Pobes (El secreto, Viajar con el Viento) resuelve con solvencia los momentos de mayor intensidad y evita que la agresividad, el resentimiento y las contradicciones del personaje deriven en el exceso. Gracias a ello, conserva su credibilidad incluso en las escenas más tensas.
Isabel Torrevejano da vida a Raquel, quien intenta mantenerse al margen de los lances durante buena parte de la función. Su vida parece haber tomado un rumbo más favorable que la de sus hermanos y eso se traduce en una superioridad que aflora de manera constante. Rara vez necesita elevar la voz. Le basta con una observación, una insinuación o un comentario lanzado en el momento oportuno para marcar distancia con el resto. Torrevejano (Animales poco deseables, Odios sordos) transmite con acierto esa voluntad de evitar el barro, aunque pronto descubre que nadie sale completamente limpio.
Por último, José Carretero cierra el reparto con el personaje más interesante de los tres hermanos. Es quien se quedó en el pueblo, quien parece haber salido peor parado del paso del tiempo y quien llega al encuentro bajo la mirada de los demás. Acepta esa condescendencia sin rebelarse abiertamente, bordea los conflictos antes que enfrentarlos y guarda más información de la que aparenta. Esa reserva sostenida hace que su intervención final cobre una importancia muy superior a la que parecía tener en un primer momento.
La herencia reúne muchos de los elementos que suelen funcionar sobre un escenario: un punto de partida atractivo, personajes bien definidos, conflictos familiares reconocibles y suficientes giros para mantener viva la atención del espectador. Una función que no pretende ser más de lo que es, pero que cumple con creces lo que promete. Su permanencia en cartel no es casualidad.
Autoría y dramaturgia: David Barreiro
Dirección: Pepe Ocio
Reparto: Fernando Coronado, Jorge Pobes, Isabel Torrevejano, Jose Carretero
Diseño de iluminación: Juanjo Hernández
Música original: Jose Luis Bergia
Producción: Miller Producciones Teatrales





