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Año IXNúmero 441
01 FEBRERO 2026

Gymbros: la incomodidad de callar

Imagen promocional de la representación
Imagen promocional de la representación
Una comedia sobre la amistad, el silencio y el miedo a decir quién eres cuando el entorno deja de ser un lugar seguro.

En Teatros Luchana, Gymbros toma el gimnasio —territorio de exhibición, masculinidad y códigos no escritos— como campo de juego para hablar de identidad, pertenencia y norma. Una inversión de miradas bien planteada convierte lo cotidiano en un espejo deformante donde la risa señala, expone y, en ocasiones, incomoda.

En un mundo donde la homosexualidad marca la norma social y la heterosexualidad queda relegada a una minoría, Tino (Juan Barahona) y Rafa (Unay Ferrer), amigos desde la infancia, comparten entrenamientos, confidencias y una relación construida sobre certezas compartidas. A ese equilibrio se suma Paco (Juan López), una incorporación más reciente al grupo, cuya presencia introduce una tensión soterrada. Paco oculta su orientación sexual y Tino, consciente de ello, intenta allanar el terreno antes de revelarlo. Cuando Rafa empieza a mostrar una actitud abiertamente contraria a los heterosexuales, el conflicto adquiere otra dimensión y la confesión termina por poner a prueba la amistad de los tres.

Antes de adentrarnos en la obra —en el qué— conviene mirar también al quién. En este caso, Opción Producciones, una compañía que orienta su trabajo hacia la diversidad, el apoyo a las minorías, la libertad y el respeto. Una línea coherente con el teatro entendido como espacio de encuentro y reflexión, y como herramienta capaz de acompañar y amplificar debates muy necesarios. El punto de partida, ahora sí, resulta ingenioso. El texto, firmado por Jonathan Espino, arranca desde una especie de mundo al revés, una distopía cercana donde las normas habituales en torno a la orientación sexual aparecen invertidas. No mira a un futuro lejano ni construye un universo complejo; le basta con alterar lo conocido para poner el conflicto en marcha.

La obra no plantea ese mundo invertido como un modelo deseable ni como una hipótesis realista. Al contrario, lo presenta desde la incomodidad, la desproporción y un punto de ridiculez que provoca rechazo inmediato. Esa sensación inicial resulta clave, porque sitúa al espectador frente a una exageración que parece ajena. El giro aparece cuando esa exageración deja de parecerlo al reconocerse en ella actitudes, discursos y formas de exclusión que durante años han afectado a la homosexualidad fuera del escenario. Lo que en escena resulta absurdo lo es solo por el cambio de dirección, no por su distancia con la realidad.

Desde ahí, la comedia abre una pregunta incómoda que atraviesa todo el montaje: si chirría ver discriminada a la heterosexualidad, ¿por qué durante tanto tiempo se ha aceptado esa misma lógica aplicada a otros? Es cierto que algunas situaciones o diálogos pueden sonar forzados dentro de la obra, pero, visto con distancia, quizá no lo sean tanto; por tópica que resulte la frase, la realidad supera a la ficción. Volviendo a la dramaturgia, Espino (La hora del lobo, No morderás) articula el texto más allá de un planteamiento inicial potente y con fondo. La obra introduce pequeñas subtramas, giros bien medidos y un desarrollo que sostiene el interés sin agotarse en la premisa. El final rompe con una resolución previsible y opta por un cierre amargo que no pretende explicar nada más, sino dejar claro que el miedo a decir quién eres sigue presente hoy y resulta doloroso.

La dirección de Víctor Páez, además fundador de Opción Producciones, apuesta por la naturalidad como la mejor vía para sostener todo lo anterior. La puesta en escena evita forzar lecturas o remarcar el discurso y confía en la relación entre los intérpretes, con entradas y salidas bien pautadas que ordenan el ritmo y clarifican las dinámicas entre los personajes. El humor convive con los momentos de mayor tensión, mantiene el tono y evita la caricatura, de modo que el espectador llega a sus propias conclusiones con libertad. A ello se suma la apuesta por la desnudez, integrada con absoluta naturalidad en la escena de la ducha, tratada como un gesto cotidiano y no como provocación, algo que refuerza la normalidad de la situación y desmonta prejuicios que el teatro, en no pocas ocasiones, todavía aborda con cautela.

En el trabajo actoral, el montaje encuentra uno de sus principales apoyos, gracias a la comodidad y la implicación de los intérpretes y a una acertada elección de roles que permite mostrar las distintas miradas en juego.

Unay Ferrer construye a Rafa como la figura disonante del triángulo. Es el personaje que encarna la crítica más frontal: el intransigente, quien hace ruido y termina provocando daño. El también creador de contenido en redes sostiene ese lugar con firmeza, sin caer en la caricatura, y logra que la incomodidad resulte creíble y reconocible. Juan Barahona dota a Tino de un perfil conciliador y ejerce como nexo grupal, incluso cuando debe afrontar sus contradicciones. Destaca por una buena dicción y un manejo vocal cuidado, en sintonía con un personaje que actúa desde la mediación y el equilibrio. Por último, Juan López encarna a Paco como el detonante del conflicto y, quizá, el rol más difícil de sostener pese a contar con menos texto. Todo gira a su alrededor, lo que exige una presencia constante desde la contención. El actor transmite bien esa afección y encuentra en su monólogo central uno de los momentos clave del montaje.

Gymbros no se queda en la ocurrencia ni en el juego de inversión. Invita a mirar de frente aquello que preferimos pensar superado y recuerda que la discriminación sigue operando hoy. Sin soluciones cómodas ni finales complacientes, la obra plantea una incomodidad necesaria. Precisamente por eso, es una propuesta pertinente y necesaria en el panorama teatral actual.

Autoría y dramaturgia: Jonathan Espino

Dirección: Víctor Páez

Reparto: Juan Barahona, Unay Ferrer y Juan López

Compañía: Opción Producciones

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