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Año VIINúmero 347
13 ABRIL 2024

Que Dios nos pille confesados: Enredos celestiales entre risas y redenciones

Una escena de la obra

La casa es nuestro territorio sagrado. Es ese lugar donde decidimos quién tiene la entrada VIP y quién se queda afuera en la fila. El refranero anima a no juzgar un libro por su portada y nunca ha sido más cierto. Resulta que las personas que dejamos entrar no siempre son lo que aparentan. Algunas parecen angelitos, pero llevan cuernos invisibles, y otras, que podrían intimidar al mismísimo diablo, resultan ser los más adorables. Si desean saber más y poner nombre y cara a estos personajes pueden visitar el Teatro Muñoz Seca. Ahora bien, tengan cuidado con quién dejan cruzar el umbral, porque, ya se sabe, las sorpresas en casa son como cajas de chocolates... ¡nunca sabes lo que vas a conseguir!

Que Dios nos pille confesados se desenvuelve en el refinado escenario de la marquesa Pilar (Esther del Prado), cuyo valioso cuadro del siglo XVII se convierte en el punto focal de una trama llena de enredos. El padre Beltrán (Josema Yuste), visita a la marquesa y, a pesar de las seguridades del inspector (Santiago Urrialde), sospecha que el desastroso fontanero Floren (Javier Losán) está tramando un robo. La obra se convierte en un festín de sospechas, humor y secretos, donde cada personaje, desde el inspector hasta el fontanero, esconde pecados que podrían alterar el curso de la historia. La pregunta que flota en el aire es si estos pecadores lograrán ocultar sus secretos o si, como sugiere el título, Dios los descubrirá y la risa estallará en el teatro.

El tándem creativo de Alberto Papa-Fragomen y Rodrigo Sopeña da vida a un libreto excepcional. La obra se erige como un festín para los amantes de la comedia, presentando una trama sumamente divertida y personajes entrañables que, sin apenas darse cuenta, montan un enredo cuidadosamente hilado. La presencia del conflicto central no solo sirve como catalizador para la trama, sino que también genera otras subtramas que mantienen la atención de la audiencia en constante alerta. Los enredos y malentendidos, ejecutados con maestría, añaden capas de humor y sorpresa, mientras que los giros inesperados dan un toque de frescura a la historia. El libreto no solo respira comedia, sino que parece estar impregnado de un ingenio contagioso. Los diálogos chispeantes y las absurdas réplicas no solo generan risas, sino que también revelan la maestría de los escritores, Papa-Fragomen y Sopeña, en el arte de la comedia. Esta habilidad para jugar con el lenguaje no solo demuestra su destreza, sino que también eleva la comedia a un nivel más sofisticado.

La expresión de que «nada es lo que parece» se convierte en el lema que define la esencia misma de esta comedia magistral. Aunque pueda sonar a cliché, ambos dramaturgos y guionistas de reconocido prestigio en la escritura de guiones televisivos, utilizan esta premisa de manera astuta y refrescante, llevando al público a un viaje hilarante a través de las capas de engaño y sorpresa. Cada personaje, desde el padre Beltrán hasta el fontanero Floren, encarna a la perfección la noción de que las apariencias a menudo pueden ser engañosas. La trama se desarrolla como un juego intrincado donde las fachadas se desmoronan, revelando aspectos inesperados de los protagonistas. Este leitmotiv no solo agrega una dimensión cómica, sino que también sirve como un recordatorio sutil de la complejidad inherente a la condición humana. Así, la obra transforma el tópico en una herramienta narrativa eficaz, desafiando las expectativas del público y manteniendo la intriga hasta el último minuto.

La dirección a cargo de Josema Yuste es como una extensión magistral del ingenioso libreto, potenciando aún más la esencia cómica de la obra. Yuste, reconocido maestro del humor, demuestra su habilidad para llevar a la escena no solo la trama intrincada y los diálogos ingeniosos, sino también la esencia misma de la comedia. Su dirección se convierte en un arte en sí misma, sincronizando a la perfección los tiempos cómicos, acentuando los chistes con su característico sentido del humor y asegurando que cada escena respire la vitalidad y la frescura que la comedia requiere. La colaboración entre el que fuera miembro de Martes y Trece y los actores parece ser una sinfonía cómica, donde cada intérprete, bajo su dirección, se convierte en un instrumento que contribuye al conjunto armonioso de la obra. Su capacidad para captar la esencia del libreto y potenciarla en el escenario demuestra la maestría de un director que no solo comprende la comedia, sino que también sabe cómo llevarla a nuevas alturas.

La fortaleza de «Que Dios nos pille confesados» radica no solo en su brillante libreto y dirección, sino también en la cohesión y complicidad palpable entre un elenco de actores experimentados. Este grupo, con numerosas obras a sus espaldas, logra trascender las barreras de la actuación individual para crear una verdadera sinergia en el escenario. La complicidad entre los actores no solo se refleja en la fluidez de las interacciones, sino también en la capacidad de hacer que incluso las escenas más surrealistas parezcan auténticas. La conexión entre ellos agrega un toque de realismo a la comedia, llevando al público a embarcarse en un viaje donde las situaciones extravagantes se vuelven verosímiles gracias a la química innegable entre los intérpretes.

La interpretación de Esther del Prado como la Marquesa Pilar es uno de los pilares en la representación. Su habilidad para expresar asombro y desconcierto a través de pequeños movimientos revela una destreza actoral excepcional. La marquesa se convierte así en un personaje intrigante que trasciende las palabras y se comunica con la audiencia a través de gestos precisos y expresiones faciales. La elección de mantener a la Marquesa Pilar estupefacta, como una mujer inocente y aparentemente ingenua, a lo largo de la obra no solo agrega un toque cómico constante, sino que también aporta coherencia al personaje. La consistencia en la expresión de del Prado contribuye a la construcción de una figura entrañable, creando un contraste cómico con las situaciones extravagantes que se desarrollan a su alrededor.

La transformación de Santiago Urrialde en el papel del inspector aporta una capa intrigante a la obra. Su habilidad para encarnar a un hombre inteligente, observador y perspicaz se convierte en un elemento crucial que impulsa la trama. Desde el momento en que se viste como inspector, Urrialde proyecta una presencia que sugiere una mente aguda y una atención minuciosa a los detalles. La caracterización no solo reside en el atuendo, sino en la forma en que este actor y humorista incorpora gestos, expresiones faciales y movimientos corporales que refuerzan la idea de un personaje que no se le escapa nada. El contraste entre la astucia del inspector y los demás personajes, como el padre Beltrán y el fontanero Floren, crea dinámicas cómicas fascinantes. La presencia del inspector no solo aporta un elemento de suspense a la obra, sino que también se convierte en un catalizador para situaciones cómicas inesperadas.

La interpretación de Josema Yuste como el padre Beltrán añade un toque inconfundible a la comedia. El personaje, central y cómico, se presenta como una fuente inagotable de risas creando un contraste hilarante entre la solemnidad de las citas bíblicas y las situaciones cómicas en las que se encuentra. Su actuación logra convertir las referencias religiosas en una fuente constante de chistes, generando un humor que va más allá de los estereotipos convencionales. En resumen, la interpretación de Yuste es un tour de force cómico que utiliza la espiritualidad del personaje como un recurso humorístico ingenioso y demuestra por qué es uno de los grandes cómicos de nuestro país. Casi sin despegarse, Javier Losán se viste de fontanero aportando una dosis refrescante de humor y recordando al personaje de Ibáñez, Otilio. Floren, más preocupado por otros asuntos que por su función principal, se convierte en una fuente de enredos que aumentan la comicidad de la historia. La sencillez y actitud campechana y chusca que Losán aporta al personaje son esenciales para crear un ambiente humorístico auténtico. La conexión del actor con la audiencia se traduce en risas que van más allá de los chistes escritos, haciendo que Floren sea un personaje entrañable y querido por el público.

La destreza de Asier Sancho en la escenografía destaca por su capacidad para crear un entorno escénico que no solo sirve como fondo, sino que se convierte en un componente activo de la trama. Al recrear el interior de un apartamento, Sancho utiliza ingeniosamente todos los espacios disponibles, desde las ventanas hasta el patio de butacas, para incorporar entradas y salidas del elenco. La versatilidad de la escenografía se convierte en una herramienta narrativa que potencia la dinámica de la obra. La interacción con los distintos elementos del escenario no solo añade un toque visual atractivo, sino que también contribuye a la fluidez de la acción, creando un ambiente teatral inmersivo. Algo similar ocurre con la iluminación dispuesta por Carlos Alzueta que, con su destreza, no solo ilumina el escenario de forma convencional, sino que utiliza la luz de manera dinámica para realzar la acción, subrayar la intensidad de cada escena y resaltar rincones específicos o crear sombras dramáticas, contribuyendo a la atmósfera general de la representación.

 

En Que Dios nos pille confesados, la risa es la penitencia más placentera, donde los personajes, tan astutos como un padre con pasajes bíblicos para todo, y tan patosos como un fontanero en busca de recursos, convierten cada pecado en un chiste celestial que ilumina el teatro con carcajadas divinas

 

Texto: Alberto Papa-Fragomen y Rodrigo Sopeña

Dirección: Josema Yuste

Reparto: Josema Yuste, Javier Losán, Santiago Urrialde y Esther del Prado

Música: Tuti Fernández

Iluminación: Carlos Alzueta

Escenografía: Asier Sancho

Producción: Cobre Producciones, Olympia Metropolitana y Nearco Producciones

Créditos imágenes: © Javier Naval Photo&Design

 

 

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