Masescena - El fabuloso encuentro entre Juan Rana y Ron Lalá

AÑO IV  Número 171

29 NOVIEMBRE 2020
LA OBRA DE ÁLVARO TATO SE METE AL PÚBLICO EN EL BOLSILLO EN EL ÁUREA DEL FESTIVAL DE ALMAGRO.

El fabuloso encuentro entre Juan Rana y Ron Lalá

Imagen de la representación de Ron Lalá en la Antigua Universidad Renacentista de Almagro

Es difícil imaginar un género que le venga mejor a Ron Lalá que el entremés, especialmente el entremés de después de Quiñones Benavente, ese que no acaba a palos, sino a bailes y canciones. No es extraño, pues, que triunfara, una vez más, en el Aurea del Festival de Almagro, con sus Andanzas y entremeses de Juan Rana. Y que lo hiciera a lo grande. Porque había ganas, muchas ganas, de Ron Lalá. Porque se nota el enorme trabajo que sustenta la función. Porque la fórmula que han desarrollado Yayo Cáceres y Álvaro Tato, que  en anteriores citas dio leves muestras de cansancio, funciona a la perfección con Cosme Pérez, artista bujarrón, dueño y señor de las tablas áureas en las piezas cortas, alcalde perpetuo, matasanos, bobo profesional, máscara y estereotipo, rey y reina del teatro reidor, ese que levantaba las malas comedias y hacía lucir las buenas, amo, en fin, de la Jocosería.

¿Juan Rana quién es? El alma del entremés, responde Ron Lalá. Cosme Pérez, vallisoletano, se hizo con un personaje, se encorsetó para matar de risa a sus contemporáneos, que según veían su figura contrahecha, abotijada, se partían antes de que abriera el pico. Juan Rana es Charlot, es Cantinflas, es el Chavo del Ocho, es Mister Bean, como Cosme Pérez es Charlie Chaplin o Mario Moreno o Roberto Gómez Bolaños o Rowan Atkinson. Con la diferencia de que para él escribían los más ilustres ingenios de la época, desde Calderón a Cáncer, pasando, por supuesto, por Quiñones de Benavente, la figura rutilante de un universo de comedias y tragedias, sí, pero, sobre todo, de entremeses y jácaras, loas y mojigangas.
 
Este es el personaje que toma Álvaro Tato para hacerle un juicio inquisitorial. ¿Quién se atreve a hacer reír, a desafiar las convenciones con grosería y desparpajo? No se puede permitir. Los serios tienen que hacer algo. Y hacen un juicio a Juan Rana, sin que este esté presente. Llaman a los testigos. La primera, la Bernarda, esposa de mentira, porque a Rana le gustaban más los hombres, actriz y compañera. Aparecen Calderón de la Barca, y Velázquez, que ya está muerto ¿y qué? Se emite el veredicto, muy ajustado, por cierto. 
 
Ese es el armazón de Andanzas y entremeses de Juan Rana, el esqueleto, pero la chicha, lo que de verdad importa, son los entremeses y fragmentos que se van representando: Los dos Juan Rana, El toreador, El retrato vivo, Los muertos vivos, La boda de Juan Rana, Juan Rana poeta... Eso y, claro, las canciones de Ron Lalá, que sirven para hacer avanzar el argumento, para meterse al público en el bolsillo, para que en las gradas se tararee y se lleve el compás con los pies, para que se aplauda al final de cada una de ellas, para que en el patio de butacas se recree, en definitiva, el ambiente bullicioso y jacarandero del Siglo de Oro. Es el sello de Ron Lalá, lo que mejor hace, y en su encuentro con Juan Rana, encuentro ardoroso y trabajado, ha dado a luz una de sus mejores creaciones. Y eso, hablando de Ron Lalá, son palabras mayores, aunque hablemos de géneros menores. El público lo premió, puesto en pie, con un largo, largo aplauso, para los cinco actores (Juan Cañas, Daniel Rovalher, Miguel Magdalena, Fran García e Íñigo Echevarría), para Yayo Cáceres y Álvaro Tato. Y para Juan Rana, cuyo conocido retrato ocupaba el centro del escenario.

Noticias relacionadas