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Año VIINúmero 347
13 ABRIL 2024

Lucero Tena: “Mis castañuelas son mi alma hecha ritmo”

Lucero Tena en el Liceu de Barcelona

Su nombre completo es María de la Luz Tena Álvarez. De nombre artístico Lucero Tena. Mexicana y Española. La mejor hora del día para nuestra protagonista es la mañana. Es muy madrugadora. De pequeña siempre pensaba en el baile. Quería ser bailarina. El juguete de la infancia que recuerda con más cariño es una muñeca. Una muñeca preciosa que desgraciadamente en el trayecto, cuando su padre mandó todo por barco, nunca apareció. Era una muñeca preciosa, y la echa de menos. La primera oportunidad profesional se la dieron en la televisión de México. En XHTV, Canal 4N. Una oportunidad que ella misma buscó en un concurso. Había muchísimos niños, eran ciento y pico o doscientos, quedaron cinco y ganó el primer premio. Y de ahí eran cien pesos mexicanos y una actuación en la televisión. Qué increíble siempre su unión a España. La patria chica. En la actuación tenía que bailar un baile castellano, ponerse en jarras y decir: “y el padrino no sirve pa na”. Y ahí María Luisa Algarra, una grande, le dio la oportunidad, se fijó en ella y participó en su programa de muñecos de guiñol. Hizo un programa que se llamaba Teatro de la fantasía, con los muñecos de Don Ferruco. Tuvo un contrato por cinco años, que cuando iba a Acapulco de vacaciones los niños le pedían autógrafos y todo. Ese fue su comienzo de verdad de niña. Cuando se encuentra sola delante del espejo, como buena presumida, dice Ay que ver cómo pasan los años. Le gusta pintarse, le gusta mirarse, y bueno, ve que ha vivido bien y no se arrepiente. Ha sido feliz con lo que tiene y pide salud que es lo principal. El rasgo físico del que se siente más orgullosa es de sus manos que las cuida. Cuando hizo las 14 francisquitas en el Teatro de La Zarzuela se cayó, y le tuvieron que dar cuatro puntos en la cara por no poner las manos al caer. El momento de su vida en el que ha sentido más vergüenza no lo recuerda. Bueno, sí recuerda, pero no le gustaría decir eso. Tiene muchas canciones favoritas, pero la preferida de su marido y suya se titula Mas, es una canción norteamericana. More. Lucero siempre ha tenido miedo a la oscuridad, sobre todo cuando falleció su marido. Duerme con una lucecita, un poco lejos, no en su habitación, en el pasillo, para que ella vea, y lo mismo también con las persianas, solamente con los agujeritos. Nunca sería capaz de mentir. Los nervios no los suele perder. Al otro sexo le pide que se mantengan y sean maravillosos. A veces utiliza los refranes, y alguno se le viene a la cabeza. De tal palo tal astilla. No le gusta pensar en su infierno particular. Procura vivir el día a día. Nunca le gustó hacer cine, aunque se lo propusieron. Para finalizar, cuando se le pregunta con quién pasaría una noche tiene claro que hoy en día ella sola, pensando en sus cosas y en sus ilusiones, y dando gracias que tiene salud y nada más.

 

Lucero Tena Francisquita Liceu Bofill opera actual

 

¿Quién es Lucero Tena?

Una simple mujer, enamorada de mi profesión, y muy feliz. A pesar de que a mi profesión siempre la he amado profundamente, también amé mucho a mi marido, que era una persona encantadora. Era médico, traumatólogo. Siempre me apoyó, no tuvimos hijos, no pudo ser, pero siempre me apoyó. He sido verdaderamente muy feliz, no puedo quejarme. Simplemente soy una artista que adoro mi profesión, disfruto de ella y mientras puedan mis manos tocar, pues seguiré.

 

Actualmente se la conoce por tocar, como nadie, las castañuelas. Las generaciones jóvenes no conocen tanto su trayectoria como bailarina, ¿cómo inicia su trayectoria, su andadura?

Hice siete años de ballet clásico con Nina Shistakova, una bailarina del ballet Ruso de Monte Carlo. Yo soy nacida en México, aunque soy española. Cien por cien, de corazón desde luego. Tuve una maravillosa maestra, una gran bailarina madrileña, Emilia Díaz, que es la que me enseñó todo. O sea, los bailes regionales del folklore español que tenemos, tan rico, más luego con el ballet que es la madre de toda la danza, la escuela bolera, pero todos los bailes regionales, los bailes clásicos como Falla, Albéniz, Turina, Granados, Rodrigo, etcétera, y el flamenco. Mi maestra madrileña no me enseñó el flamenco. Ella hablaba de dos grandes de la danza que eran en el flamenco Carmen Amaya y dentro de la danza, Antonia Mercé “La Argentina”. Llega a México la gran Carmen, ya mi maestra había fallecido, y voy a verla a su espectáculo y después voy al camerino y le digo, por favor, podría darme clases y aprender yo. Y me dijo no hija, yo no puedo dar clases, pero si te apetece ven a ver los ensayos. Estuve seis meses sentadita viendo, y aprendí sólo de verlo. Luego tuve la suerte y desgracia, la familia de mi Carmen como siempre la llamé, cambiaba de programa, no solo el flamenco, y ponía el Capricho Español de Rimski-Kórsakov, y estaba bailando con ella su hermana Leonor Amaya. A Leonor le da hepatitis, enferma, y tiene que ir al hospital. Carmen Amaya decía ‘y qué hacemos ahora, el vestuario hecho y hay que hacer la gira por toda la República de México y luego Estados Unidos’. Se me quedó mirando y me dijo, la mexicanita. Ya me había hecho prueba con la guitarra, la seguidilla, la soleá, bulerías y todo, pero sabía que yo sabía bailar español tanto lo clásico español, menos el flamenco. Castañuelas por supuesto, siempre tuve facilidad verdaderamente desde muy pequeña de tocar mis castañuelas. Siempre me gustó muchísimo y tuve facilidad. Habló con mi madre y me dijo, podría venir a hacer el Capricho Español, a los ensayos y probar todo y llevármela. Y ahí vino el problema. No cumplía los 15 años y mi padre dijo “ni hablar”. Y mi madre “Guillermo”, es oportunidad de esto. Si vas tú, sí. Me acompañó mi madre. Me fui de gira, luego fui a Estados Unidos, al Carnegie Hall donde estuve tres años y medio con ella. Al terminar la gira ella ya iba Sudamérica. Y ahí yo tenía la ilusión, el sueño de conocer España. Entonces le digo, Carmen de mi alma, yo no puedo ir, yo he aprendido con usted todo y le debo tanto, pero quiero conocer España. Ve, hija, ve. Mi padre nos pagaba a Mamá y a mí los billetes. Y vine en el año 58 a España, mi sueño. Y desde ahí pues continué mi carrera, ya bailando flamenco porque fui contratada en el famoso Corral de la Morería, de la mano de Manuel del Rey, donde estuve 25 años de primera figura y donde, a la vez, estuve con el Ministerio de Asuntos Exteriores en misión cultural. Ya era ciudadana española, y en muchísimos países los embajadores pedían mi espectáculo.

Pero enfermó mi padre y tuve que regresar con mi madre a verle. Estuve un año allí y ahí vino la idea, escuchando todo, porque siempre en casa mis padres iban a la ópera, iban a conciertos, y escuchando Sonatas de Domenico Escarlatti, se me ocurrió, ¿por qué no? La 395, tocar mis castañuelas. Y mi madre me dijo, ¿Escarlatti con castañuelas? Digo, sí, escúchame.

Papá tenía muchas amistades y en un grupo que tenía donde estaba el famoso, el poeta, León Felipe, muchísima gente que había ido a México por lo que haya sido y eran gente de mucha valía, escultores, pintores, etc., y en esa fiesta dice, mi hija va a tocar con sus castañuelas una sonata de Domenico Escarlatti. Todo el mundo, ¿Escarlatti con castañuelas? Y las toqué. Y León Felipe, nunca me olvidaré, que dijo, tenía yo un pequeño repertorio que hice de La Baniderie del Concierto para Flauta y Orquesta, de Juan Sebastián Bach, y me dijo que estuvo en casa León y me dice, si te escuchara Bach, estaría encantado, ¿por qué no? Castañuelas con La Baniderie. Y así empecé a hacer mi repertorio, mientras mi padre se ponía bien, operado de columna, y ya volví a España. Y entonces llevé ya la idea como solista de castañuelas. Y me presenté, hace ya más de 50 años, en este querido y amado teatro de La Zarzuela, en mis tres facetas, la concertista, ya tenía un repertorio muy grande de castañuelas, la bailarina de danzas folklóricas, clásico español, y el flamenco, con mi guitarrista, mi cantaor, y me acuerdo que me contrataron por una semana y me prorrogaron por otra más. Entonces fue ahí el inicio de mi carrera.

Mi madre comenzó a estar mal de salud, y yo me dediqué a ella. Ah, bueno, vino mi matrimonio. Me casé en el Real Monasterio de Guadalupe. He sido muy feliz. Pedía permisos para poder acompañarme, luego vino la jubilación… Lo importante es que llegó el momento en que yo ya tenía que dejar por mi madre la danza, y ocuparme de ella. Y me dijo mi marido, le pregunté, no como marido, sino como una persona que ve a una artista como yo, ¿qué me aconsejarías? Porque ya tenía la idea de dejar el baile, porque tenía mucho repertorio, y mis castañuelas ya empezaron mucho más. Yo sí te digo, si lo dejas ahora, la gente va a decir, qué pena que lo deje, porque está en su mejor momento, pero será mejor que no te pases de tiempo y digan qué lástima que no se marcha. Y así continué mi carrera, con el ministerio, viajando por 67 países.

 

Lucero Arpa 

 

Es la primera vez que he tenido la oportunidad de entrevistar a alguien tan cercana a Carmen Amaya. ¿Cómo era ella tanto artística como personalmente?

Artísticamente la mejor bailadora de todos los tiempos, con el respeto a muchísimas bailaoras que es el flamenco. Bailarinas son las que ocupan la danza española, lo regional, lo clásico español, etc. Hay muy buenos bailaores y bailarinas, sin duda alguna, hoy en día, pues está modernizando más, el cajón… Mi Carmen viajaba con su familia, guitarristas, cantaores, etc. Ella era única, absolutamente única, porque aquella pequeñita gitana del Somorrostro que bailaba por las calles y todo, ella tiene otra familia. Yo quiero mucho, porque fue la que me recomendó y siempre no lo olvido, fue su prima hermana, La Chunga, Micaela Flores Amaya. Pero ninguno llegaba a lo que era ella. Como persona adorable, sencilla, buena, sufrida, muy sufrida, porque como todo el mundo hay problemas. Yo recuerdo que, claro, cuando se quejaban de lo que cobraban unos y otros, el hermano, o lo que sea, y yo le decía, Carmen de mi alma, cuando usted sale al escenario, con todos los problemas que hay, y me dijo, mira hija, cuando se sale a un escenario, tú olvídate ni de hermano, ni de padre, ni de marido, ni de nadie, y tú sé en el escenario la reina. Tú estás para disfrutar de ti, y si puedes transmitir al público… Pero te olvidas de todo. Y eso lo he mantenido siempre. Mi Carmen, maravillosa.

Ella ha ido con grandes músicos, inclusive, Andrés Segovia, por ejemplo, que hablaba de ella, y otros muchos más que la han conocido en su tiempo, hablaban de la
gran Carmen Amaya. Eso puedo hablar de ella. Hace poco se celebró su centenario, y yo sentí profundamente no poder estar cuando ella falleció, estaba de gira. Porque ha sido para mí primordial en mi carrera como bailarina y como bailaora, y por sus consejos hoy en día, con mis castañuelas, como solista de ellas.

Ah, perdón, había dicho que por algo me había escogido, ¿no?, Carmen era única, porque cuando yo llegué aquí me dijeron que si era la sucesora de Carmen. No, no, no, única Carmen. Yo creo que estos grandes no tienen sucesor, son ellos y nada más.

 

Pero tiene que ser un motivo de orgullo que ella pusiera sus ojos en usted para compartir escenario…

Sí, eso sí. Un honor para mí, un honor. Pues sí, la verdad es que estoy agradecida y muy llena de gran sentimiento de lo que ella pudo opinar de mí, y fue maravilloso los tres años que estuve con ella, aprendí mucho, mucho de ella, y esto es un honor. Ha sido un honor para mí haber estado con ella.

 

Su etapa como bailarina y bailaora finaliza. Emprende otra carrera. La de ser concertista de castañuelas. Hasta la fecha no había nadie que se hubiera dedicado en cuerpo y alma a este instrumento de percusión. Recuerdo de pequeño que las cajas de castañuelas llevaban impresa la marca Lucero Tena. ¿Cómo arranca esta concertista su carrera?

No quito las castañuelas a la danza española, ni mucho menos. Las bailarinas que las usan, que las han usado, como la gran Antonia Mercé, o Pilar López, hablo de mi generación, pensé que independientemente de la categoría que dan a la danza española por qué no darles más como instrumento cantable. Y me dediqué, en realidad, completamente a ello, a ver las posibilidades, porque las castañuelas no tienen más que dos sonidos, el grave y el agudo. No hay escala. A base de la dinámica, en términos musicales, los pianísimos, los trinos, etc., se me ocurrió que, ¿por qué no darle aún más? Y me enamoré de ellas. En una ocasión un colega suyo me preguntó, ¿qué significan para usted sus castañuelas? Y mi contestación fue y es, “mis castañuelas son mi alma hecha ritmo”.

Me he documentado muchísimo sobre el asunto, en un tratado de Barbieri también sobre ellas. Porque cuando dicen, hay un libro que es de la crotalogía. Pero los crótalos, no, porque son diferentes, son dos maderas que están atadas. En la antigüedad ya se hablaba de la cruzmata, cruzma o cruzmata, que eran dos valvuas de madera unidas por un cordón. Luego vinieron la cruzma, la cruzmata, las castañetas y luego las castañuelas, porque ya vino para ponerlos en los dedos y tocarlas. Entonces todo eso me entusiasmó. El leer, ver, estudiar, y sobre todo al tocar y escoger, porque mis castañuelas son ritmo, las castañuelas son ritmo, y escoger obras que fueran rítmicas pero siguiendo siempre lo que el compositor. Respetando toda la dinámica. Me enamoré de lo que hacía, y lo estoy. Se ha hecho mucho, mucho, pero probablemente queda mucho que hacer, sin duda alguna. Todos podemos tocar las castañuelas, pero es más enfocado a la danza, no pensando en el pequeño instrumento como llamo yo a mis castañuelas.

 

lucero tena retrat 

 

Dice que las castañuelas sólo tienen el grave y el agudo, pero usted ha sido capaz de conseguir millones de matices… ¿Cuántas castañuelas tiene en casa?

Sí, la mano izquierda el grave, y el agudo en la derecha. Al principio yo daba mis recitales con guitarra clásica, y entonces la castañuela debe de ser del tamaño de la palma de la mano. Mi mano es muy pequeña. He de hablar, también, de mi luthier, o sea, del artesano que las fabricaba. Las castañuelas que se vendían marca Lucero Tena eran de José Tárrega Peiró, de Alacuás, Valencia. Él tenía una habitación pequeña, con su hermano, y las hacía a mano. Pasábamos horas hablando. Él era el artesano, pero yo le decía, sí, pero tiene que haber esa diferencia del sonido grave de la mano izquierda, que es el acompañamiento, y de la derecha. No es igual. Entonces él me hacía caso. Cantidad de maderas. Mientras sea dura puede hacerse. Para mí, granadillo o ébano, que no tiene nada que ver con granada, ¿no? Es una madera de mozambique, la llevaban a Alemania, y él las compraba en Alemania. Las hacía secar seis o siete meses. Maravilloso luthier. Maravilloso artesano. Hoy en día no está.

Yo le debo mucho. Tenía yo un estuche que me hizo él con diez pares de castañuelas. ¿Por qué? Porque según la obra que yo escogía, tenía que ser agudas mejor para esta obra, graves para la otra. Esos diez pares ya no los uso. Hoy en día ya no es la número seis, sino la número ocho. ¿Por qué? Porque toco mucho con orquesta, y necesito más sonido. No obstante, hay momentos que yo comprendo que la orquesta me tapa, a pesar de que dicen que tengo mucha fuerza en mis manos y todo, pero todo tiene su límite.

Pero es tal el amor que tengo por mis castañuelas que he tratado al máximo de poder llevarlas al rango de instrumento solista.

He tenido la oportunidad de que me dirigiera el maestro Rostropóvich, un concierto que escribió Leonardo Balada, que es un compositor catalán, pero que vive en Pittsburgh ya muchísimos años. Luego también Regolí, que fue el timpanista de la orquesta nacional, también escribió para mí, y el maestro Rodrigo también hizo unas obras. Pero yo recuerdo que mi querido maestro, Jesús López Cobos, me decía, “Lucero, si tú las obras que escoges, tal como tú las estudias y cómo las tocas, para mí, la música contemporánea sí, pero no, decía él, es más lo que tú sacas a las obras aunque no hayan sido escritas para ti”. Eso es lo que el maestro decía.

 

Lucero, no ha contestado del todo a mi pregunta. ¿Cuántas castañuelas tiene?

Tengo tres estuches que ya no uso, porque ya son muy pequeñas, y el sonido no es acorde. Hoy en día, en general, pues, debo tener cerca de cuarenta y tantos, cincuenta pares. Los últimos que me hizo mi luthier, con los que estudio, y los actuales, que para mí son lo más maravilloso y lo cuido como oro en paño.

 

No sé si es verdad. Leí en una entrevista que no le deja tocar a nadie sus castañuelas… ¿Es verdad?

Ah, no, no, no, no. No dejo a nadie. Absolutamente no, no, no, no, no. Absolutamente no. Cuando ha habido veces que vienen personas y me dicen, ¿me deja ver usted sus castañuelas? Y yo, muy educadamente, digo, sí, verlas sí, tocarlas no. No, porque se pueden caer, entonces se me rompe el corazón. Ya en una ocasión, hace muchísimos años en Italia, estaba yo tocando con la orquesta en San Remo, con mi estuche, y tocando la sonata de Mateo Pérez de Albéniz, se rompió, fue la castañuela sabe Dios dónde. La gente aplaudió. El maestro paró. Como yo tenía el estuche, cambié de castañuelas y continué. Y desde entonces, veo todos los días el estado en que están las castañuelas porque la mínima fisura que haya en ellas ya no puedo tocar, porque en el momento que hago el posticeo, yo tengo mi propio método de castañuelas en inglés, francés, alemán o español, con esquemas rítmicos y todo, y siempre veo que las castañuelas tienen que estar impecables. Desde entonces no ha pasado nunca nada.

 

Lucero Tena Bofil 

 

¿Cuál es el recuerdo profesional más emotivo que le venga a la cabeza?

Bueno, hay muchos, gracias a Dios, pero hay uno que sale en mi mente, que es Moscú, la sala Tchaikovsky. Una gira que hice que fue extraordinariamente emotiva para mí. En realidad, el primer artista español que fue a la Unión Soviética entonces fue nuestro gran bailarín Antonio Ruiz Soler. Y la segunda tuve el placer de ser yo. Estuve un mes de gira. Fue una gira preciosa. Y en Italia también. Son dos países que han sido para mí algo especial, bueno, quitando España, que tengo el placer de que el público me tiene cariño y yo, sobre todo a este teatro, mi teatro, como digo yo. Este teatro para mí ha sido el puntal de mi carrera. De cuándo empecé y ahora que han pasado 50 años. Yo recuerdo que aquí he bailado el Aurresku, la Jota Navarra… Ha bailado tanto aquí. En fin, son recuerdos inolvidables, inolvidables para mí.

 

Algo que profesionalmente se le haya escapado de las manos y que ya no va a poder hacer…

Bueno, cuando he visto los conciertos de primeros de año, de Viena, siempre he pensado que sería una gran ocasión que yo tocara allí, y no creo que se llegue el momento ya. Me hubiese encantado poder tocar una obra española. Es una de las cosas, pero no todo se puede, siempre hay algo que queda. He tenido la oportunidad de tocar en grandes teatros, como con Plácido, que me dirigió el maestro Domingo en Palermo, este año. Y en el teatro de La Scala de Milán, igualmente, ha sido increíble. Como aquí, en mi teatro. Yo siempre digo en mi teatro no es porque sea mío, sino porque es mi adorado teatro. Volver aquí es algo que, no sé, será un poco sentimental lo que digo, pero significa mucho.

 

¿Cómo de importante fue su madre en su carrera?

Un ejemplo. Mi madre llegaba a un escenario y decía, ¿la señora de la limpieza no ha llegado? No, es que va a tardar más tiempo. ¿Y dónde está todo? Y ella fregaba el escenario para que mis batas de cola no se mancharan. O sea, fue una madre maravillosa. Todos hablamos de nuestras madres, por supuesto, pero mucho significa mi madre en mi vida artística sin duda alguna. Un 80% del éxito que he tenido, pues ella lo ha tenido. En este teatro, ella aprendió luminotécnica. Y ella indicaba a los ingenieros de luz, porque sabía mis bailes cuando yo bailaba. Y aquí se me ocurrió, bailando la jota, justamente, la jota Navarra, el público aplaudía, aplaudía, aplaudía, e insistía. Pensé, bailar la jota entera va a ser un poco pesado para el público, no me importaba, y se me ocurrió una cosa, y es un solo de mímica y castañuelas. Yo había conocido a Marcel Marceau. Y yo creo que eso se me vino a la cabeza (risas). Fue una improvisación, como estaba vestida de Navarra. Con el novio, que le doy celos, que me río… Y en todos los Festivales de España, que fueron como veintitantos, lo hice. Tanto fue así que me dijeron que lo registrara para que no me lo copiasen.

 

Lucera Tena disco 

 

¿Qué le falta a Lucero Tena?

No, me falta… pues no. Tengo el cariño de la familia de mi marido. La mía, pues todos ya se han marchado al cielo. Y tengo el cariño de muchas personas, por ejemplo, aquí en esta casa. No me falta nada. Estoy arropada, que mucho pasé cuando él ya me faltó. Me costó mucho, como yo creo que a todas las personas que se les van un ser querido. Pero siempre decía yo, señor, guíame, guíame. Y me guio. Y me guía. Estoy rodeada de muchísimo cariño. No me falta nada, la verdad. De gente que me quiere, que me sigue, y nada más.

 

Cada vez que te termina una actuación, la puerta del teatro se llena, sobre todo de gente joven que se acerca a usted.

Sí, eso agradezco muchísimo, la juventud, porque son las nuevas generaciones. Ahora he hecho un dúo con el mejor arpa clásico que hay, Xabier Demaistre, es francés, pero ha sido el primer arpa de la Filarmónica de Viena, nueve años. Es una persona encantadora. Tiene una admiración por mí. En una cena me propuso, porque había escuchado discos y había visto vídeos, ¿por qué no unimos los instrumentos? Y yo me quedé un poco, sorprendida, y digo, ¿mis castañuelas? ¿Y su arpa? Y dice, sí, sí. Y hablamos del repertorio. Su manager alemán dijo, sí, música española. Y, en fin, hemos dado muchos conciertos en Alemania, en China, en Japón, mucho antes de la pandemia, y ahora lo dimos aquí, en mi teatro de La Zarzuela. Y ahora en Italia, si Dios quiere. Todo esto llena mi alma, mi corazón, de seguir adelante con la gente que me quiere, con la gente que me apoya, y del de arriba, que me sigue, que me dice cómo debo de ir. Físicamente estoy bien para la edad que tengo, que nunca la oculto. Cumplí 85 años en septiembre. Me dieron un premio en Sevilla, el 17, yo cumplí el 16, y el mes de septiembre es un mes muy significativo. Me casé el 14 de septiembre, cumplí el 16, y mi marido cumplía el 19. O sea que es un mes muy importante.

 

¿Con qué se emociona?

Con todo. Soy muy emotiva. Veo películas y suelto la lágrima enseguida. Soy, tal vez, demasiado sensible. Me emociono muchísimo con esta guerra que hay. Pensar lo feliz que estamos, que tenemos y lo que no tienen. Esto me llena de tristeza y amargura, la verdad. Y cuando veo, lloro, lloro y digo, ¿y qué van a hacer esta pobre gente? Este loco asesino… ¿Qué va a hacer esta pobre gente en este frío, ni luz? Todo esto me llena de tristeza y mi corazón quisiera hacer algo.

 

¿Hay una palabra más bonita que un te quiero?

Eso es maravilloso. Lo más bonito es un te quiero con mucha sinceridad. La sinceridad es lo que me gusta. Porque yo soy muy sincera, muy fiel, muy fiel a mis amigos, a mi familia, a todo. Me gusta ser fiel y me gusta creer. Entonces, lo más bonito es esa sinceridad que uno puede transmitir. Decir te quiero y que me digan a mí, te quiero. Eso es lo precioso, desde luego. 

 

 

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