Hay historias que nunca envejecen. El Club de los Poetas Muertos es una de ellas y Juanjo Artero está convencido de que su mensaje resuena hoy con más fuerza que cuando la película se convirtió en un clásico. El actor se pone en la piel del profesor John Keating en la adaptación teatral dirigida por Juan Luis Iborra, una producción que mantiene intacto el espíritu de la obra original y que traslada al escenario la emoción, la poesía y la rebeldía de una generación que aprendió a mirar el mundo desde otra perspectiva.
Artero habla de educación, de adolescencia, de libertad y también de la sociedad actual, marcada —dice— por un exceso de información y por la necesidad de aprender a pensar con criterio propio.
El actor asegura que la producción respeta la esencia de la película, aunque utiliza el lenguaje propio del teatro para contar la historia.

La acción vuelve a situarse en el colegio Welton, el prestigioso internado donde se desarrolla la trama, y la escenografía recrea sus distintos espacios —el aula, los pasillos, el patio o la famosa cueva— mediante rápidos cambios de decorado, iluminación y una puesta en escena que, según Artero, demuestra “la magia del teatro”.
“Es otro lenguaje, otro momento y otra forma de contar la historia, pero absolutamente fiel a la película”, resume.
Más que literatura
Para Juanjo Artero, John Keating no es simplemente un profesor de poesía. Es un hombre dispuesto a desafiar un sistema educativo rígido y conformista.
“Lo que pretende Keating es que los alumnos vean la vida desde distintos puntos de vista y que no sean conformistas.”
El personaje representa el nacimiento de una nueva manera de entender la educación en los años cincuenta, anticipando los cambios sociales que llegarían en la década siguiente. Su misión consiste en formar personas capaces de pensar por sí mismas, hacerse preguntas y no aceptar las verdades impuestas.
La literatura, añade el actor, es solo la herramienta para conseguir algo mucho más profundo: despertar el pensamiento crítico.

El mensaje
Artero cree que El Club de los Poetas Muertos no ha perdido vigencia. Al contrario.
En un mundo cada vez más especializado, defiende una educación amplia y humanista que permita conectar disciplinas, generar nuevas ideas y afrontar los grandes problemas desde perspectivas diferentes.
Pero la reflexión va más allá del ámbito académico. El actor muestra su preocupación por la forma en la que consumimos información.
“Vivimos un momento de información constante, de bombardeo y de manipulación mediante el móvil.”
Por eso considera que una de las grandes enseñanzas de Keating consiste precisamente en cuestionarlo todo.
“Cuando veas un telediario intenta conocer otra opinión, saber quién da esa información y qué intereses puede haber detrás”, explica.
Durante la conversación, Juanjo Artero es especialmente contundente al analizar la sociedad actual. Cree que existe una peligrosa tendencia a seguir a la mayoría sin reflexión.
“Estamos totalmente aborregados. A veces hay que cambiar de camino, romper con lo establecido y coger otros rumbos.”
Esa idea conecta directamente con uno de los símbolos más recordados de la obra: subirse al pupitre.
Para el actor, ese gesto significa mucho más que una imagen icónica.
“Te subes a una mesa y el mundo cambia. Ves una dimensión distinta que antes no veías.”
Una metáfora sencilla pero poderosa sobre la necesidad de cambiar de perspectiva.

Juan Luis Iborra
Artero no escatima elogios hacia el director de la función. Define a Juan Luis Iborra como una persona profundamente libre y generosa con los actores.
“Iborra es Keating. Se cayó en la marmita de Keating como Obélix.”
El actor destaca la libertad creativa que ofrece durante los ensayos, su sentido del humor y la capacidad de crear un ambiente de trabajo lleno de respeto y confianza, especialmente con el joven reparto que da vida a los estudiantes de Welton.
La escena final
Aunque asegura que no puede elegir una única secuencia de la función porque “todas las clases de Keating son oro”, sí reconoce que el desenlace tiene un lugar especial.
La reacción del público al caer el telón se ha convertido en uno de los momentos más emocionantes de cada representación.
“La respuesta de la gente es de pura emoción.”
Una prueba, dice, de que la historia sigue tocando el corazón de varias generaciones.
Interpretar a Keating también ha llevado a Juanjo Artero a mirar hacia su propia adolescencia.
Recuerda que descubrió muy pronto que quería ser actor y que tuvo la fortuna de contar con el apoyo incondicional de su padre, médico de profesión pero apasionado del teatro.
“Mi padre no solo no me lo impidió; me lo facilitó desde los 14 años.”
El actor reconoce que, al ver la película siendo joven, comprendió el enorme valor que había tenido esa libertad para decidir su futuro.
Y hace una reflexión que considera esencial para cualquier padre.
“Mucha gente quiere hacer bien a sus hijos, pero a veces el futuro que imagina para ellos no es el que ellos desean.”

Pasión
Al hacer balance de su trayectoria, Juanjo Artero no duda. “Sí, ha merecido la pena. Es una profesión que vivo con pasión.”
Reconoce que la interpretación es un oficio lleno de incertidumbre y vértigo, donde nunca existe una seguridad absoluta, pero precisamente esa intensidad forma parte de su atractivo.
“He tenido la suerte de poder vivir de esto y creo que es de lo poco para lo que realmente sirvo.”
Artero recuerda con emoción a quienes le enseñaron a entender la profesión y la vida.
Menciona a Antonio Mercero, Fernando Fernán Gómez, Paco Rabal, Miguel Narros, Cristina Rota y José Luis Sampedro, a quien define como “el ser más Keating” que ha conocido.
Y cuando habla de Lola Herrera, la emoción cambia el tono de la conversación. “Lola es un regalo de la vida.” La considera una amiga, un referente y una de las personas más importantes de su camino artístico y personal.
Más cariño
La entrevista concluye con una petición clara para el mundo del teatro.
Juanjo Artero reclama pasión, compromiso y riesgo creativo, pero también un mayor reconocimiento social hacia la cultura.
“El teatro, el arte y la cultura son muy importantes para la sociedad y todavía no reciben el cariño que merecen.”
Una reivindicación que conecta perfectamente con el espíritu de El Club de los Poetas Muertos: defender el pensamiento libre, la sensibilidad y el valor de las humanidades en una sociedad que necesita, más que nunca, mirar el mundo desde otro punto de vista.







