El cambio de vestuario, delante del público
Todo parte del coro ciudadano: de él salen los protagonistas y a él vuelven cuando termina su parte. Los intérpretes empiezan siendo ciudadanos y ciudadanas sin nombre, y acaban siendo Edipo, Creonte, Tiresias, Yocasta o Antígona sin que la grada deje de verlos. El director y coautor del montaje, Emilio del Valle, ha explicado que el espectáculo propone “un tránsito, un camino, un recorrido” por cuatro textos clásicos, y ese tránsito también es físico y sucede a plena luz.
El reparto del tiempo, no la oscuridad
Nada de eso se sostiene sobre un secreto. Alguien ha tenido que decidir cuántos segundos dura el gesto y hacia dónde mira la sala mientras se produce. El sonido suele llegar después, para confirmar que la transformación ya ha ocurrido. Esa decisión tiene autores con nombre en la ficha técnica: la escenografía y el vestuario son de Luisa Santos, la iluminación de José Manuel Guerra y el espacio sonoro de Jorge Muñoz. Tres oficios distintos para un solo instante.
Esa misma atención al instante aparece también en otros formatos de entretenimiento, donde una secuencia de símbolos y una señal sonora conducen hasta el momento exacto de resolución. La diferencia es de proporción: lo que en escena es un recurso más, en esos formatos es la arquitectura entera. Con ese mismo compás se juega a las slots, símbolo a símbolo hasta la señal que cierra la jugada. Lo que distingue a la sala es que allí la revelación es colectiva y no se repite igual en la función siguiente.
Una categoría propia en los Premios Max
La profesión hace tiempo que puso nombre a ese trabajo. La XXIX edición de los Premios Max de las Artes Escénicas, 2026, proclamó ganadores en veintitrés categorías, según la lista de premiados publicada por la Fundación SGAE. Entre esas categorías hay una dedicada al diseño de iluminación. La gala se celebró el 1 de junio de 2026, por primera vez en ese mismo Teatro Romano, y la crónica de la agencia EFE recoge que el Premio de Honor recayó en el productor Jesús Cimarro, gestor del Festival Internacional de Mérida. Cronometrar una revelación no es, por tanto, un detalle técnico sin dueño.
Del coro al personaje, y otra vez al coro
Cuatro tragedias sostienen el texto: Edipo rey, Edipo en Colono y Antígona, de Sófocles, y Los siete contra Tebas, de Esquilo. El dramaturgo y coautor, Isidro Timón, ha explicado que buscaba combinar “ideología, poesía y la propia historia que queremos rescatar en palabras antiguas pero para oídos de ahora”, y ha subrayado el exigente trabajo de un elenco que pasa continuamente del coro al personaje. Ese vaivén, contado en la rueda de prensa de presentación del montaje, obliga a medir cada cambio con la precisión de una entrada musical.
Un instante distinto cada noche
Ninguna función distribuye la atención exactamente igual que la anterior, porque el público no es el mismo ni el silencio tampoco. Un espectador mira el rostro del actor; otro, las manos que abrochan la prenda. El juego de azar en línea se apoya, en cambio, en la repetición exacta. Precisamente por eso conviene abordarlo desde el juego responsable, con límites de tiempo y de gasto fijados antes de empezar. En el Teatro Romano no cabe repetir nada, y cada noche el instante se fabrica otra vez desde cero.
Lo que queda cuando el coro vuelve a ser ciudadanía
Las cinco noches del Teatro Romano, entre el 19 y el 23 de agosto, caen en el tramo final de la 72.ª edición del Festival Internacional de Teatro Clásico, que este año se celebra del 3 de julio al 30 de agosto. Cuando la escena termina, los intérpretes regresan al coro, a esa ciudadanía anónima sobre la que recaen las consecuencias del poder. En Mérida ocurre al revés que en el ilusionismo: la sala ha visto cómo se hacía el cambio y, aun así, ha visto aparecer a alguien que no estaba.





