Hay obras que no envejecen porque no dependen del tiempo en el que se estrenan. Los Chicos del Coro regresa al Teatro La Latina con una tercera temporada y cambia el punto de partida. Cuatro Premios de Teatro Musical, entre otros, y un público fiel, más de 500.000 espectadores, desplazan la mirada hacia lo esencial: qué la mantiene en pie función tras función.
Basado en la película Les Choristes, el musical sitúa la acción en la Francia de posguerra, en 1949, dentro de un internado correccional donde la disciplina marca el día a día. Clément Mathieu, profesor de música en paro, llega a “El fondo del estanque” y se encuentra con un grupo de chicos difíciles y con un director, Rachin, que impone su autoridad desde el castigo. Entre ese modelo y una forma distinta de entender la educación, la música empieza a abrirse paso dentro del centro.
La primera razón del éxito está en el texto. Pedro Víllora, dramaturgo y adaptador de clásicos, parte del material original, pero lo reformula para escena. Los diálogos son nuevos, gran parte de las canciones también, y aparecen personajes ausentes en la película. El resultado es un libreto que respeta la esencia del filme de Christophe Barratier, pero introduce matices: una mirada más amplia, mayor desarrollo en los secundarios y letras que funcionan como texto dramático. Víllora, miembro fundador de la Academia de las Artes Escénicas, conoce el peso de la palabra en escena. La contraposición entre dos modelos educativos gana presencia de forma progresiva: de un lado, la norma, el control y el castigo; del otro, una relación basada en la escucha, la confianza y la posibilidad de cambio. Esa tensión atraviesa el desarrollo dramático y ordena la evolución del conjunto.
La segunda razón es la mirada de Juan Luis Iborra. Director galardonado con un Goya y con una trayectoria consolidada en cine y televisión, Los Chicos del Coro fue su debut en el musical y se saldó con el premio a mejor dirección de los Premios Teatro Musical. Todavía resuenan los ecos de Oliver Twist, su anterior trabajo en el mismo escenario, también con un nutrido reparto infantil. Lo que Iborra hizo aquí fue tomar una decisión que lo cambia todo: donde la película es gris y contenida, él eligió el movimiento, la vida, la energía de los niños en escena. Son ellos quienes mueven el mobiliario, quienes juegan entre secuencias dramáticas, quienes recuerdan que en cualquier guerra los niños siguen siendo niños. La coral de esta tercera temporada, con rotaciones que mantienen la frescura en cada pase, sostiene ese pulso. Después de cuarenta años de profesión, afirma que dirigir a estos niños ha sido lo mejor. Se nota.

La música, tercera razón de su éxito, ocupa un lugar central y en esta adaptación escénica adquiere un peso decisivo dentro del relato. Más que acompañar, estructura, ordena el ritmo, define la evolución del grupo y canaliza el conflicto. La partitura funciona como vía directa a la emoción y en determinados momentos gana terreno a la palabra. Rodrigo Álvarez, al frente de la dirección musical, parte de las composiciones de Christophe Barratier y Bruno Coulais y las integra con naturalidad en el desarrollo escénico. Las transiciones musicales unen escenas y sostienen el pulso del montaje sin fisuras. Los números icónicos de la película —los que el público espera desde que ocupa la butaca— llegan con toda su carga lírica intacta y las canciones nuevas, con letras de Pedro Víllora, mantienen esa mismo lirismo y vocación emotiva, incorporando además algunas voces y perspectivas femeninas.
El reparto da cuerpo y culmina todo lo anterior. La división entre elenco infantil-juvenil y adulto marca dos planos dentro de la función. El coro deja de ser un recurso narrativo para convertirse en un elemento activo dentro de la escena. Hay momentos en que esas voces te elevan sin que sepas muy bien cómo ha ocurrido. Destacan algunos nombres como Israel Menéndez en el papel de Mondain, el alumno más problemático del internado. Su entrada irrumpe en la dinámica del coro y altera el equilibrio inicial. Construye el personaje desde una presencia contenida, con una mirada fría, retadora y penetrante. No obstante, en momentos puntuales, deja ver una grieta en esa dureza: la expresión cambia y aparece una vulnerabilidad que añade complejidad al personaje. Junto a él, sobresale Leo Ainstein como Pierre, con una voz aguda, limpia y de gran proyección, con solos de carácter angelical. Además, abre un hilo argumental propio dentro del relato.
En el reparto adulto, Manu Rodríguez como Clément Mathieu articula el desarrollo desde la relación con los alumnos. La interpretación evita el gesto enfático y apuesta por la escucha, la paciencia y una forma de enseñar basada en acompañar y educar en valores. La música aparece integrada en ese proceso, nace de su manera de entender la educación y actúa como motor de cambio y de redención. Su número “Jamás decir jamás”, condensa esa ida. Frente a él, Rafa Castejón da forma a un Rachin rígido, sostenido en la norma y el castigo, cuyo lema —“acción, reacción”— atraviesa uno de los números centrales y define su forma de entender la disciplina. La interpretación introduce momentos cercanos a la caricatura, con estallidos que rozan la locura y dejan entrever una soledad que permanece oculta bajo esa autoridad.

En el lado femenino, Chus Herranz, al igual que sus anterios compañeros, repite en esta temporada y encarna a Violette Morhange, la madre de Pierre, único vínculo afectivo externo al internado. Su intervención marca un cambio de tono y encuentra en sus solos algunos de los momentos más sensibles de la función. Lourdes Zamalloa, como la profesora Langlois, abre espacios de distensión y establece una relación de complicidad con sus alumnas; su solo incorpora una lectura sobre el papel femenino en la enseñanza. Rubén Yuste, por su parte, destaca como Maxence y vuelve hacer gala de su versatilidad. El conserje, cercano y resolutivo, concentra los pasajes más ligeros con un número cómico eficaz, contrapunto dentro de la rigidez de «El fondo del estanque».
A las cuatro razones anteriores sumo un quinto elemento que termina de cerrar la propuesta desde lo escénico. Las coreografías de Xenia Sevillano son principalmente distributivas: no buscan la complejidad sino la coordinación, un mérito nada menor dado el volumen de reparto infantil. La escenografía de David Pizarro merece mención aparte: las aulas del internado están recreadas con detalle y las transiciones entre espacios son limpias y fluidas. La caracterización y el vestuario, a cargo de Silvia Lebrón e Iria Carmela Domínguez, sitúan la acción en la Francia de posguerra con coherencia. El diseño sonoro de Javier G. Isequilla, desde el eco de las voces en los pasillos hasta los sonidos naturales de los momentos más íntimos, y la iluminación de Juanjo Llorens, jugando entre la penumbra del internado y los instantes en que la música ilumina, completan un trabajo técnico al servicio de la historia.
A modo de conclusión, unos versos resumen el espíritu del montaje: mirar a quienes han quedado al margen y ofrecerles un camino. La música actúa como una mano que acompaña, guía y abre una posibilidad de cambio. El sentido de la propuesta reside en la capacidad de conducir hacia otro mañana.
Director de escena: Juan Luis Iborra
Traducción y adaptación: Pedro Víllora
Productor ejecutivo: Rafa Coto
Reparto: Manu Rodríguez, Rafa Castejón, Chus Herranz, Lourdes Zamalloa, Rubén Yuste, Fran del Pino, Israel Menéndez, Adrián Gámiz, Marcos Toledo, Gael Martín, Iago Salas, Dani Escrig, Pablo Cirilo, Eneko Haren, Daniel Sierra, Jeriel Figueroa, Leo Ainstein, Sergio Aguado, Nayden Rodríguez, Lucía Gutiérrez, Natalia Flores, Abril Aguirre, Paula García, Álvaro de Paz, Alberto Zorrilla, Pablo Gifré, Gabriel Flores
Directora de casting: Beatriz Giraldo
Auxiliar de escena: Lucía Gutiérrez
Diseño de escenografía: David Pizarro
Diseño de iluminación: Juanjo Llorens
Diseño de sonido: Javier G. Isequilla




