En La Nave 10 Matadero, Niebla funciona como punto de partida para una propuesta que utiliza la novela como base y la desarrolla desde el propio hecho teatral. La escena aleja el relato y pone el foco en el artificio: cómo nace un personaje, qué implica sostenerlo, qué ocurre cuando intenta tener vida propia.
Augusto Pérez es un joven que no sabe muy bien cómo vivir ni cómo amar: deambula, duda, se enamora sin demasiada convicción y termina por descubrir que no es dueño de su destino, que no es, en realidad, más que un personaje. Miguel de Unamuno lo escribió así en 1914, al plantear la rebelión de la criatura frente a su creador y la ruptura entre ficción y realidad. La propuesta recoge esa premisa y la traslada a escena: Augusto nace ante el público, aprende a existir en tiempo real y choca con los límites de una identidad ya escrita. La vigencia del planteamiento resulta evidente; muchos de estos mecanismos forman hoy parte del lenguaje escénico y, por qué no decirlo, han derivado en cierto abuso. La adaptación, firmada por Fernanda Orazi, asume esos mecanismos y los articula como base de su dispositivo escénico.
Ese punto de partida funciona en sus primeros compases, aunque el desarrollo apenas introduce variaciones ni cambios de intensidad. Falta recorrido y lo que al inicio funciona pierde fuerza a medida que avanza la función. Sorprende, además, la ausencia de la figura del escritor y filósofo. La decisión encuentra cierta lógica dentro del enfoque escénico, pero elimina uno de los principales puntos de fricción del texto original. La aparición del autor habría introducido, a mi juicio, un cambio de plano interesante, capaz de alterar ese recorrido.
En ese marco, la dirección de Fernanda Orazi (Electra, La Persistencia) plantea un lenguaje cercano al teatro del absurdo, con la repetición y la desorientación como base. Surgen ecos de Eugène Ionesco en la acumulación de situaciones y gestos que remiten al universo de Samuel Beckett, donde la acción se reduce y el tiempo se dilata. En ese contexto, la imagen de un personaje comiendo una manzana introduce un detalle cercano al imaginario de René Magritte. Sobre esa base, el montaje articula una dinámica coral que define su funcionamiento: los personajes acompañan, observan y comentan lo que ocurre. La escena se organiza desde esa distancia (efecto de distanciamiento) y sitúa al espectador en una posición más analítica, atento a cómo se construye lo que sucede más que a la propia acción. Sin duda alguna, el efecto funciona.

El reparto recoge con claridad el juego escénico y entra en la propuesta con una disposición abierta a la experimentación. Hay una voluntad de presencia constante, de estar en escena y participar activamente, traducido en un trabajo físico y rítmico muy sostenido. Esa cohesión evidencia haber coincidido en montajes anteriores.
Todas las miradas convergen en Juan Paños. El actor sostiene la función con una precisión y una entrega poco habituales. Su Augusto nace en escena, sin pasado ni contexto, y Paños (La patética, Casting Lear) desarrolla ese proceso de dentro hacia afuera: la perplejidad antes que el gesto, la duda antes que la acción. Hay en su trabajo una gestualidad de quien experimenta cada cosa por primera vez, con una reacción inmediata que evita cualquier anticipación. Augusto no termina de entender qué hace ahí ni por qué su vida toma ese rumbo, y esa inquietud por el curso de su propia trama es lo que lo vuelve, paradójicamente, tan humano. En los momentos en que la propuesta pierde tracción es él quien mantiene el interés vivo.
Las dos figuras femeninas que orbitan alrededor de Augusto definen los dos polos de su singladura. Eugenia, interpretada por Leticia Etala, encarna el deseo que organiza la acción: esquiva, cambiante, construida desde la distancia. Etala (Electra, Medea) actúa con una energía que contrasta con la perplejidad de Paños. Rosario, a cargo de Carmen Angulo, ocupa el extremo opuesto: el afecto directo, el vínculo que Augusto recibe sin terminar de comprender. Angulo (Nocturna, Parcas) le da una presencia más contenida, que encaja con naturalidad en el conjunto coral. Entre ambas trazan el recorrido de un hombre que persigue lo que no puede alcanzar y no ve lo que tiene delante.
Completan el cuadro Javier Ballesteros y Pablo Montes. Ballesteros (Los Brutos, Electra) da vida a Orfeo, el perro, desde una distancia a la vez triste y cómica. Hay en su manera de estar una mezcla de ternura y leve melancolía, que lejos de competir con Paños lo acompaña. En un universo inestable y provisional, pasa a ser, paradójicamente, lo más sólido a lo que puede aferrarse Augusto. Por su parte, Montes (Cardo, Camilo Superstar) resuelve a Víctor como una presencia activamente incómoda, con un lado sibilino y una incógnita que resultan interesantes, aunque el personaje queda algo desdibujado respecto al peso que tiene en la novela.
La propuesta tiene lugar en un espacio de caja negra, un formato natural para una obra de este corte. Dentro de ese marco, la escenografía de Cecilia Molano avanza en la misma dirección que la dramaturgia: sobriedad calculada, objetos funcionales que aparecen y desaparecen según los necesita Augusto. Un sofá, una puerta, un árbol, una alfombra que se despliega. La iluminación de David Picazo sostiene esa austeridad y potencia la atmósfera sin romper el conjunto. El espacio sonoro de Javier Ntaca es discreto y puntual. Aparecen ráfagas de piano que llegan y se van sin explicarse, como presencias que atraviesan la escena sin fijarse del todo.
Niebla plantea preguntas que van más allá de la escena. Hasta qué punto somos personajes o autores de nuestra propia historia. Hasta dónde llega la capacidad de rebelarse. Quién sostiene los hilos y quién cree que los sostiene. Son preguntas que Unamuno ya formulaba en 1914 y que Orazi devuelve al presente con un lenguaje propio. La propuesta deja en el espectador esa incomodidad fértil que solo el buen teatro es capaz de provocar. Una pieza reflexiva y con identidad que merece el riesgo de ir a verla.
Texto: A partir de Niebla, de Miguel de Unamuno
Dirección: Fernanda Orazi
Reparto: Juan Paños, Leticia Etala, Javier Ballesteros, Carmen Angulo y Pablo Montes
Diseño de iluminación: David Picazo
Espacio sonoro y música: Javier Ntaca
Escenografía y vestuario: Cecilia Molano
Producción: NAVE 10 | Matadero, Buxman Producciones y Pílades Teatro





