En 2026 se cumplen 800 años de la muerte de San Francisco de Asís, una de las figuras más influyentes de la historia del cristianismo. Ocho siglos después de que el “Poverello” entregara su alma en la Porciúncula, su figura sigue presente con una fuerza sorprendente.
Su mensaje de humildad, su relación íntima con la naturaleza y su impacto en la tradición artística lo convierten en un santo universal. Es admirado tanto por creyentes como por quienes encuentran en la sencillez una forma auténtica de entender la vida. En este año jubilar, su legado vuelve a redescubrirse con renovada intensidad.
De una juventud acomodada al abrazo de la “dama pobreza”
Para comprender la magnitud de su legado conviene viajar a la Italia de finales del siglo XII. Francisco nació en Asís alrededor de 1181 o 1182. Era hijo de Pedro Bernardone, un próspero comerciante de telas.
Durante su juventud llevó una vida despreocupada. Participaba en celebraciones, disfrutaba de la música y soñaba con alcanzar la gloria caballeresca. Incluso tomó parte en la guerra entre Asís y Perugia, conflicto en el que fue capturado y permaneció prisionero durante un año.
Quienes lo conocían lo describían como un joven carismático, alegre y con gran capacidad de liderazgo. También destacaba por su generosidad con los más necesitados.
Sin embargo, el rumbo de su vida cambió de forma radical tras una serie de experiencias que marcaron profundamente su interior. Una grave enfermedad y un encuentro conmovedor con un leproso, cuya mano besó en señal de compasión, anticiparon su transformación espiritual.
El momento decisivo llegó en la pequeña iglesia de San Damián. Allí, mientras rezaba ante un crucifijo, escuchó una voz que le decía:
“Ve, Francisco, y repara mi casa, que como ves está en ruinas”.
Al principio interpretó el mensaje de forma literal y comenzó a reparar templos en mal estado. Para ello vendió mercancías de su padre, lo que provocó un duro conflicto familiar.
El gesto que simbolizó definitivamente su ruptura con la vida anterior fue su renuncia pública a la herencia paterna. Ante el obispo de Asís se despojó de sus ropas y las devolvió a su padre. Con ese acto abrazó la llamada “Dama Pobreza” y eligió una existencia marcada por el desprendimiento total.
Desde ese momento Francisco se convirtió en un testimonio viviente del Evangelio. Predicaba la penitencia, la paz y la alegría de una vida entregada por completo a Dios.
Un ideal de vida basado en la imitación de Cristo y la fraternidad universal
El ideal espiritual de San Francisco era claro y profundamente radical: imitar a Cristo. No se trataba de una simple devoción externa, sino de una identificación interior con la vida, los sentimientos y el sufrimiento de Jesús.
Ese amor intenso por Cristo crucificado alcanzó su punto culminante en 1224. Mientras se encontraba en el monte Alvernia recibió los estigmas, convirtiéndose en la primera persona documentada en portar en su propio cuerpo las llagas de la Pasión.
De esa experiencia espiritual nació también su singular relación con la naturaleza. Su visión no respondía a un simple sentimentalismo, sino a una profunda comprensión teológica del mundo.
Para Francisco, cada elemento de la creación reflejaba la bondad del Creador. El sol, la luna, el agua, el fuego o los pájaros formaban parte de una misma familia universal. Por eso los llamaba “hermano” y “hermana”.
El famoso “Cántico de las criaturas”, también conocido como “Cántico del hermano sol”, representa la expresión más elevada de esta visión. En él, la naturaleza aparece como una comunidad viva que alaba a Dios.
Esta fraternidad cósmica se reflejaba en su actitud cotidiana. Trataba con respeto a todas las criaturas, desde los animales más pequeños hasta los elementos de la naturaleza, a los que veía como símbolos de la luz divina.
Su legado espiritual tomó forma concreta con la fundación de la Orden de los Hermanos Menores, conocida hoy como la orden franciscana. Fue aprobada por el papa Inocencio III en 1210.
Junto a Clara de Asís también fundó la Orden de las Hermanas Pobres, más tarde conocidas como clarisas. A través de estas comunidades su ideal de pobreza, oración y fraternidad se extendió rápidamente por toda Europa.
La influencia de Francisco fue tan profunda que contribuyó a renovar la vida espiritual de la Iglesia en una época marcada por tensiones sociales y por una creciente búsqueda de riqueza y poder.
El año jubilar de 2026: una invitación a la renovación espiritual
Con motivo del 800 aniversario de su muerte, el papa León XIV proclamó un Año Jubilar especial. Este periodo comenzó el 10 de enero de 2026 y se extenderá hasta el 10 de enero de 2027.
Inspirado en el ejemplo del santo de Asís como modelo de santidad y testigo permanente de paz, este año de gracia invita a los fieles de todo el mundo a la reflexión, la oración y la reconciliación.
Durante este tiempo se concede indulgencia plenaria a quienes peregrinen a una iglesia conventual franciscana o a un santuario dedicado a San Francisco. También deberán participar en las celebraciones jubilares y cumplir las condiciones habituales de la tradición católica: confesión, comunión y oración por las intenciones del Papa.
Las celebraciones oficiales comenzaron en Asís, en la Porciúncula, el lugar donde Francisco vivió sus últimos momentos y donde fue velado tras su muerte.
En un gesto cargado de simbolismo se encendió un cirio en la Capilla del Tránsito. La luz representa a Cristo resucitado y se transmite a toda la familia franciscana como signo de paz, reconciliación y esperanza.
Un legado vivo ocho siglos después
Ochocientos años después de su muerte, San Francisco de Asís sigue siendo un faro espiritual para un mundo que busca paz, respeto por la naturaleza y autenticidad en la vida cotidiana.
Su historia recuerda que la verdadera grandeza no reside en el poder ni en la riqueza, sino en la sencillez, el desprendimiento y el amor fraterno.
El año jubilar invita no solo a realizar peregrinaciones a lugares sagrados, sino también a emprender un camino interior hacia los valores esenciales que Francisco encarnó.
Con motivo de este aniversario, muchos hogares y espacios de recogimiento redescubren una cuidada selección de figuras inspiradas en el santo de Asís para decoración y contemplación, valorando su simbolismo ligado a la naturaleza y la sencillez.






