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Año IXNúmero 479
19 OCTUBRE 2026

No era la princesa quien necesitaba despertar

Imagen de una escena de la obra
Imagen de una escena de la obra
El Teatro de Rojas inaugura su programación familiar con “La bella durmiente, el musical de tus recuerdos”, de Trencadís Produccions. Una propuesta de gran altura artística que reinventa el cuento clásico desde la memoria, la igualdad y los vínculos entre generaciones. La riqueza escénica, el talento de sus intérpretes y una historia que reivindica el tiempo compartido con nuestros abuelos y abuelas han conquistado a un público que ha despedido a la compañía con una prolongada y emocionante ovación.

La rueca cumplía con su cometido. Había una princesa, un encantamiento, un príncipe y una Maléfica dispuesta a complicar el desenlace. Todo parecía encontrarse en el lugar que le correspondía dentro de uno de los cuentos más conocidos de nuestra infancia. Sin embargo, había algo que no figuraba en aquella historia tantas veces contada. Una abuela estaba empezando a olvidar y su nieta necesitaba conocerla antes de que los recuerdos dejaran de acompañarla. Bastó esa alteración del argumento para que el Teatro de Rojas descubriera esta tarde una Bella Durmiente muy distinta, más próxima a nuestras vidas y bastante más interesante de lo que cabía esperar de una nueva adaptación del relato tradicional.

Trencadís Produccions ha abierto la programación de teatro familiar del coliseo toledano con una propuesta de indudable ambición artística, sostenida por una dramaturgia bien construida y un despliegue escénico que ha encontrado una respuesta entusiasta en la platea. La ovación cerrada, prolongada durante varios minutos, con la que el público ha despedido a los artistas ha expresado algo más que el reconocimiento a una representación magníficamente defendida. Había una emoción sincera, una alegría contagiosa y la satisfacción de haber compartido una experiencia teatral que había conseguido hablar a niños y adultos sin establecer distancias entre ellos. Ha sido una manera diferente, y especialmente acertada, de comenzar una temporada que vuelve a situar a las familias en el centro de la vida cultural del Rojas.

Josep Mollà, autor del texto y las letras, ha construido la historia alrededor de Aurora, una abuela que recibe un diagnóstico inesperado y comprende que sus recuerdos comienzan a escaparse. Su nieta Alba descubre entonces que aquella mujer a la que siempre había podido preguntar cualquier cosa guarda una vida que apenas conoce. El cuento de La bella durmiente, tan presente en la historia familiar, se convierte en el camino para recuperar episodios, reconstruir afectos y descubrir cuanto permanecía oculto bajo la aparente normalidad de los días.

La decisión dramatúrgica resulta especialmente inteligente. Hay dos Auroras. Una permanece atrapada en el sueño de un cuento y la otra se enfrenta a una pérdida que ninguna fórmula mágica puede detener. Los dos relatos avanzan relacionados, con sus propias situaciones y personajes, hasta construir una reflexión que consigue llegar al público sin despojar al espectáculo de humor, fantasía y vitalidad. La compañía ha entendido que adaptar un clásico exige encontrar nuevas posibilidades de interpretación. De poco serviría cambiar el vestuario de una princesa si después continuáramos escuchando exactamente la misma historia.

La bella durmiente Rojas (2)
Imagen de una escena de la obra

También aparece una mirada hacia la igualdad que merece destacarse. La propuesta desplaza el interés desde el destino de una princesa pendiente de ser rescatada hacia las decisiones de dos mujeres que afrontan juntas una situación difícil. Aurora y Alba poseen voz, biografía e iniciativa. La relación entre ellas introduce una concepción de los vínculos alejada de los papeles rígidos que durante generaciones acompañaron a los relatos tradicionales. No se trata de expulsar a los príncipes de los cuentos ni de someter cada personaje antiguo a un juicio contemporáneo, sino de ampliar las posibilidades de interpretación. Las niñas pueden reconocerse en protagonistas que preguntan, deciden y actúan; los niños encuentran también otros modelos de relación, sensibilidad y responsabilidad. La igualdad adquiere así sentido dentro de la propia historia.

La dirección de Jose Tomàs Chàfer ha dado unidad a una propuesta que combinaba materiales de naturaleza muy diferente. La intimidad de la historia familiar convive con la exuberancia del universo fantástico, los números musicales y una comicidad que aprovecha las posibilidades de los personajes tradicionales. Esa variedad requería una conducción precisa del ritmo, una transición convincente entre ambientes y una clara conciencia de las distintas edades del público. El resultado ha sido un espectáculo vivo, con personalidad, que sabe administrar sus recursos y mantiene la fuerza del relato entre las exigencias del género musical.

Uno de sus mayores atractivos ha estado en la puesta en escena. La escenografía de Luis Crespo, con armarios, percheros, estructuras móviles y objetos, ha proporcionado un espacio de extraordinaria versatilidad. Los elementos de una vida familiar han servido para construir otros escenarios, multiplicando sus significados a través de la interpretación y de los cambios escénicos. Se trata de una concepción especialmente teatral del decorado, alejada de la dependencia exclusiva de grandes artificios. Hay ingenio en la utilización del espacio y un conocimiento muy preciso de los mecanismos que permiten sostener una ficción ante los ojos del espectador.

Ese es el verdadero oficio teatral. Saber que la eficacia de una transformación no depende de cuánto se oculta al público, sino de cómo se organiza cuanto este puede contemplar. Los movimientos del decorado, las entradas, las salidas y la relación física de los actores con los elementos escénicos necesitan coordinación y medida. El escenario exige un trabajo de relojería que únicamente parece sencillo cuando está bien resuelto. Y resulta especialmente estimulante que los niños puedan descubrir parte de esos procedimientos. Comprender cómo una estructura cotidiana adquiere otra función es también aprender a leer el lenguaje del teatro.

La iluminación de Justo Gallego, el vestuario de Pascual Peris y la caracterización de Inma Fuentes han contribuido a una estética de considerable riqueza visual. El color ha sido protagonista, con una amplia variedad de tonalidades, contrastes y composiciones que diferenciaban los ambientes familiares de los territorios fantásticos. Maléfica y sus acompañantes han encontrado en esa exuberancia una presencia escénica especialmente atractiva. El vestuario define personalidades, modifica las proporciones y participa del sentido cómico de numerosos momentos. La luz, por su parte, interviene en las transiciones y concede relieve a una escenografía que ha demostrado su capacidad de transformación. Todo ello configura un espectáculo visualmente generoso, donde los recursos técnicos encuentran una finalidad narrativa.

La calidad interpretativa de los cinco artistas ha constituido otro de los grandes argumentos de la función. Sostener distintos personajes en un musical de estas características exige una preparación considerable. Hay que cantar, interpretar, bailar, asumir cambios de registro y mantener la continuidad de una historia que alterna situaciones íntimas con escenas de marcada expresividad. El nivel del conjunto ha demostrado una admirable solvencia profesional, tanto en la construcción de los personajes como en la energía de las intervenciones musicales y en la precisión del trabajo colectivo.

La coreografía de Pachi G. Fenollar ha participado directamente en esa construcción escénica. Los movimientos y las composiciones corporales han contribuido a definir personajes y situaciones, aprovechando la expresividad física como un recurso narrativo. La música original de Vanessa Gil y Carlos Mansa, concebida desde las necesidades dramáticas del espectáculo, ha aportado variedad estilística y una relación especialmente significativa con el argumento. Pocas manifestaciones artísticas poseen una vinculación tan intensa con la memoria como la música. Una melodía puede devolvernos de pronto la voz de alguien, una celebración familiar o una época que creíamos definitivamente alejada.

La bella durmiente Rojas (3)
Imagen de una escena de la obra

La comicidad ha encontrado también su espacio, especialmente alrededor de Maléfica y su universo de personajes. La exageración, los gestos y las situaciones inesperadas han permitido desarrollar un humor accesible a distintas edades sin convertir la función en un simple entretenimiento de respuestas previsibles. El trabajo cómico ante los niños reclama una técnica muy particular. No basta con elevar la voz o multiplicar las muecas. Es necesario dominar los tiempos, saber cuándo una mirada puede provocar más que una palabra y comprender que el espectador infantil descubre con extraordinaria rapidez las intenciones de los personajes.

Desde la platea del Rojas resultaba especialmente interesante esa complicidad entre intérpretes y espectadores. El teatro infantil posee una exigencia que a menudo se infravalora. Los niños no aceptan cualquier propuesta por el simple hecho de que tenga personajes conocidos, música y colores llamativos. Observan, anticipan situaciones y reconocen la verdad del juego escénico. Su manera de participar en la representación demuestra una capacidad de interpretación que deberíamos tomar mucho más en serio. Cada cambio de ambiente, cada personaje y cada transformación del decorado contribuyen a educar esa mirada.

La importancia de esta experiencia reside también en el conocimiento del oficio teatral. Los niños descubren que detrás de lo que sucede en el escenario existen intérpretes, técnicos y creadores cuyo trabajo requiere disciplina, imaginación y coordinación. Aprenden a reconocer las convenciones del teatro y a comprender que una historia puede construirse mediante palabras, movimientos, canciones, objetos y silencios. Esa es una pedagogía cultural que no necesita convertirse en una lección escolar. El escenario enseña mientras representa, y el público aprende sin abandonar su condición de espectador.

Pero existe otra pedagogía, quizá menos visible, que este musical ha sabido introducir en su universo narrativo. Es la que nos obliga a preguntarnos qué hacemos con quien se queda solo, con el compañero que no encuentra su sitio, con el niño tímido al que nadie invita a participar o con aquella niña que empieza a sentirse diferente porque los demás han decidido señalarla. El espectáculo incorpora el respeto a las diferencias, la superación de la timidez y el rechazo al acoso a una historia que permite comprender las consecuencias humanas de nuestras relaciones. Porque dejar a alguien fuera de un juego, ignorarlo en el colegio o convertir una diferencia en motivo de burla puede parecer un episodio sin importancia para quienes participan de la mayoría. Para quien queda apartado, en cambio, puede terminar definiendo su manera de acudir cada mañana a clase.

Y aquí el teatro despliega una de sus capacidades educativas más profundas. Sobre el escenario podemos reconocer al que excluye, al que guarda silencio, al que observa sin intervenir y, sobre todo, a quien necesita que alguien se acerque. Los niños y las niñas encuentran la posibilidad de contemplar esas situaciones desde una posición diferente a la que ocupan habitualmente. Descubren que acompañar al tímido no significa hablar por él, sino ayudarle a encontrar la confianza necesaria para expresarse; que integrar a quien parece distinto exige algo más que tolerarlo; que nadie debería tener que modificar su manera de ser para merecer un lugar entre los demás. Y que un gesto tan sencillo como invitar a alguien a participar puede transformar una jornada que hasta entonces estaba marcada por la soledad. Son aprendizajes que adquieren otra fuerza cuando se incorporan a una historia y dejan de presentarse como instrucciones que debemos obedecer.

También los padres y las madres necesitamos, en ocasiones, contemplar esas realidades en la vida de otros para aprender a reconocerlas en la nuestra. No siempre sabemos interpretar los silencios de nuestros hijos, sus dificultades para relacionarse o las razones por las que determinados compañeros nunca aparecen en sus conversaciones. A veces confundimos la timidez con falta de interés, minimizamos un aislamiento porque parece pasajero o consideramos normales comportamientos que merecerían nuestra atención. La ficción nos concede una distancia que resulta extraordinariamente útil. Podemos mirar sin sentirnos inmediatamente aludidos y, precisamente por eso, descubrir comportamientos propios que quizá nos costaría reconocer de otra manera. El teatro no sustituye la conversación familiar ni la responsabilidad de la escuela, pero puede abrir ambas. Nos permite ver lo que ocurre al otro lado de una experiencia y comprender que educar también consiste en enseñar a no permanecer indiferentes ante la vulnerabilidad ajena.

Esa es una de las aportaciones más interesantes de la propuesta de Trencadís. Los valores no aparecen únicamente para tranquilizar la conciencia de los adultos que llevan a sus hijos al teatro. Se integran en una ficción que invita a reconocer conductas, examinar relaciones y comprender que nuestras decisiones tienen consecuencias sobre otras personas. La igualdad, la empatía, la solidaridad y la convivencia encuentran así un terreno narrativo en el que adquieren significado. El espectáculo no necesita detenerse para explicar una moraleja. Su mayor eficacia reside en permitir que el público descubra por sí mismo aquello que merece ser pensado, discutido y, llegado el caso, cambiado.

Pero esta Bella Durmiente ha planteado también una reflexión especialmente necesaria sobre nuestros abuelos y abuelas. Nos hemos acostumbrado a hablar de ellos desde lo que representan para nosotros: quienes cuidan a los nietos, quienes ayudan a conciliar horarios, quienes preparan una comida que nadie consigue repetir exactamente igual o quienes siempre encuentran tiempo cuando los demás parecen no tenerlo. Sin embargo, rara vez nos preguntamos cuánto tiempo les dedicamos nosotros. Cuántas tardes compartimos sin necesidad de que exista una obligación familiar. Cuántas veces nos sentamos a escucharlos por el simple placer de estar juntos.

La historia de Aurora y Alba invita a revisar esa relación. Los abuelos y las abuelas no pueden quedar reducidos a su utilidad dentro de la organización familiar, ni tampoco a la condición de depositarios de recuerdos que debemos recuperar antes de que desaparezcan. Son personas con una vida propia, con deseos, inquietudes y necesidades afectivas que no terminan cuando alcanzan una determinada edad. Estar con ellos significa interesarse por su presente, acompañar sus dificultades y reconocer su derecho a seguir participando plenamente en la vida familiar. También escuchar de nuevo una historia conocida, respetar sus ritmos, compartir una conversación sin mirar continuamente el reloj o aceptar que, algunas veces, lo importante no es hacer nada especial.

Ahí la obra alcanza una dimensión particularmente valiosa. Hemos convertido la prisa en una costumbre tan profundamente instalada que incluso las relaciones familiares parecen necesitar una justificación práctica. Vamos a ver a los abuelos cuando surge una celebración, cuando hay que resolver algún asunto o cuando conseguimos encontrar un hueco. Y olvidamos que la compañía, por sí misma, puede ser una de las mayores expresiones de afecto. No se trata únicamente de evitar la soledad de las personas mayores, aunque también. Se trata de comprender que la convivencia entre generaciones enriquece a todos y que su experiencia merece un espacio real en nuestras vidas.

La nieta descubre algo que nos sucede a muchos demasiado tarde: nuestros abuelos tuvieron una existencia completa antes de que nosotros llegáramos. Se enamoraron, afrontaron dificultades, tuvieron ilusiones, cometieron errores y tomaron decisiones que explican buena parte de la historia familiar. Conocer esas vidas permite comprender mejor quiénes somos, pero también reconocer a nuestros mayores como personas que siguen teniendo algo que decir. Y cuando aparece una enfermedad que afecta a la memoria, esa responsabilidad adquiere otra profundidad. La identidad de alguien no desaparece porque comience a olvidar determinadas cosas. Permanecen su dignidad, sus afectos y el derecho a recibir un acompañamiento que respete cuanto ha sido y cuanto todavía es.

El público adulto ha encontrado así una lectura distinta de la que podían construir los niños. Mientras unos seguían las aventuras del cuento, otros reconocían experiencias familiares, ausencias o preocupaciones que la historia de Aurora llevaba hasta el escenario. Esa convivencia de interpretaciones constituye uno de los grandes méritos de la propuesta. Un espectáculo familiar alcanza su mayor riqueza cuando permite que cada generación encuentre sus propias preguntas y que después todas puedan compartirlas. Ahí empieza otra parte de la experiencia teatral, la que continúa fuera de la sala, en las conversaciones que provoca y en los recuerdos que deja.

El acierto del Teatro de Rojas al comenzar su nueva programación familiar con este musical resulta indiscutible. La elección ha ofrecido una muestra del nivel artístico que puede alcanzar un espectáculo destinado a públicos de diferentes edades y ha reivindicado la importancia de una programación cultural que no trate la infancia como un territorio menor. El coliseo toledano ha reunido a generaciones distintas alrededor de una representación que ha sabido conjugar entretenimiento, sensibilidad y calidad escénica. El entusiasmo final ha confirmado esa conexión entre el trabajo de la compañía y la respuesta del público.

La prolongada ovación de varios minutos ha sido el mejor reconocimiento a una tarde de teatro que ha destacado por la entrega de sus artistas, la riqueza de su propuesta visual y la fuerza de una dramaturgia capaz de encontrar nuevos significados en un relato conocido. Ha habido color, música, humor, imaginación y un evidente conocimiento del oficio. También una emoción que ha nacido de comprender que detrás de los cuentos permanecen algunas de las preguntas más importantes de nuestra existencia.

Trencadís Produccions ha conseguido que la historia de una princesa dormida nos hable de quienes siguen despiertos a nuestro lado y a quienes no siempre concedemos la atención que merecen. Esa es, probablemente, su aportación más valiosa. Recordarnos que los abuelos y las abuelas necesitan mucho más que nuestro cariño declarado. Necesitan nuestra presencia, nuestra escucha y una parte de ese tiempo que con tanta facilidad entregamos a otras ocupaciones. Porque llegará un día en el que daríamos cualquier cosa por recuperar una de aquellas tardes que dejamos pasar.

El Teatro de Rojas ha comenzado su temporada familiar con una representación que ha hecho honor a la inteligencia de sus espectadores y al talento de una compañía que conoce los recursos del escenario. La Bella Durmiente ha vuelto a despertar, pero esta vez lo verdaderamente importante no estaba en el beso del príncipe ni en el final del encantamiento. Estaba en una nieta que aprendía a conocer a su abuela, en la necesidad de acompañar a quienes quedan apartados y en un público que, entre la risa y la emoción, descubría otra manera de comprender el viejo cuento.

Hoy El Rojas ha soñado.

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