“Las amistades peligrosas” se desnuda en escena
Pocas obras han atravesado los siglos con la capacidad de adaptación de Las amistades peligrosas. Novela epistolar en el siglo XVIII, incontables versiones teatrales, adaptaciones cinematográficas inolvidables y reinterpretaciones contemporáneas convierten el texto de Pierre Choderlos de Laclos en una pieza prácticamente inagotable.
Sin embargo, el elenco de esta nueva producción evita resumir el argumento. Prefieren hablar de aquello que la obra revela sobre el presente.
Roberto Enríquez encuentra ahí la explicación de su permanencia. “La principal virtud es que no deja de hablarnos de hoy. Nunca ha parado de hacerse porque nunca ha dejado de estar de moda.”
El actor establece incluso un paralelismo tan inesperado como revelador: los mecanismos de manipulación y abuso que describe Laclos dialogan directamente con algunos de los escándalos contemporáneos más mediáticos. “Si hablamos del caso Epstein parecería la segunda parte de Las amistades peligrosas. Habla de personas privilegiadas que utilizan su poder para jugar con la vida de los demás.”
La obra habla de riqueza, impunidad, deseo, venganza y entretenimiento convertido en violencia.
Los personajes no necesitan dinero ni supervivencia: necesitan dominar.
Y esa es precisamente la razón por la que sigue resultando incómoda.
El atractivo del mal
Uno de los grandes hallazgos que Roberto Enríquez encuentra en el texto de Laclos es que obliga al espectador a enfrentarse consigo mismo.
No estamos ante un relato donde el bien resulte seductor y el mal repulsivo. Ocurre exactamente lo contrario.
Valmont y Merteuil son inteligentes, sofisticados, ingeniosos, cultos y enormemente carismáticos. Las víctimas, en cambio, representan la moral, la inocencia y el orden.
“El autor te coloca en un sitio muy incómodo porque disfrutas viendo a estos cabrones manipular a todo el mundo.”
Esa contradicción moral convierte la función en una experiencia especialmente intensa.
El público observa fascinado cómo los manipuladores construyen sus trampas mientras siente culpa por empatizar con ellos. “Es el atractivo del mal.” Esa ambivalencia recorre toda la puesta en escena.

Carmen Balagué
“Madame de Rosemonde es la toma de tierra de toda esta locura”. Frente al universo perverso de Valmont y Merteuil aparece Madame de Rosemonde, interpretada por Carmen Balagué.
La actriz define a su personaje como la única figura verdaderamente equilibrada de la historia. “Es una mujer honesta, con sentido común. Adora a su sobrino, pero le ve todos los defectos.”
Aunque pertenece al mismo entorno aristocrático, Rosemonde intenta reparar los daños que provocan los juegos de poder.
Balagué la describe como “la toma tierra” de la función. “Es quien intenta ayudar a las personas que llegan malheridas por la flecha de Valmont y Merteuil.” Una mujer abierta, generosa y protectora que observa cómo el mundo a su alrededor se destruye.
Juventud manipulada
La nueva generación del reparto representa precisamente a quienes quedan atrapados dentro del tablero. Elisa Scianca interpreta a Cécile de Volanges, la inocencia absoluta. “Es una joven cándida que todavía no ha entrado en esos juegos perversos.” Su recorrido dramático consiste precisamente en perder esa pureza. “Sin darse cuenta entra en esa dinámica y termina convirtiéndose en otra persona.”
Además, la actriz afronta un segundo personaje completamente opuesto: una prostituta. Dos mujeres antagónicas que exigen un cambio radical de energía, cuerpo y emoción.
Su compañero, Iván Lapadula, interpreta al joven Danceny —la luz romántica de la historia— y al criado Azolan, el reverso oscuro. “Los dos son manipulados por Merteuil y Valmont.” La dualidad atraviesa toda la función.
Ángela Cremonte y la bondad
Ángela Cremonte da vida a Madame de Tourvel, probablemente el personaje más luminoso de toda la obra. Una mujer cuya integridad termina convirtiéndose en su mayor vulnerabilidad. “Es la personificación del bien.”
Pero Cremonte evita convertirla en un personaje plano. Habla de sus contradicciones. “También hay cierta soberbia en creer que tu moral puede salvar al otro.” Tourvel ama incondicionalmente y cree que podrá cambiar a Valmont. Y precisamente ahí reside su tragedia.
La actriz reconoce que ha construido el personaje desde tres lugares muy concretos: el texto, el compañero que tiene delante, y la experiencia acumulada después de muchos años de teatro.
Hay incluso una dimensión casi espiritual en su manera de afrontar la interpretación. “Cuando subo al escenario ocurre algo que no intento entender.” Una liturgia. Una conexión. Algo que sucede únicamente delante del público.

David Serrano
La gran revolución de esta versión no está en el texto sino en la mirada. Carmen Balagué resume perfectamente la propuesta. “Siempre hemos visto esta obra llena de pelucas, maquillaje y vestuario barroco. David la ha despojado de todo.” No hay decoración histórica. No existe distancia temporal. No hay excusa para pensar que aquello ocurrió hace tres siglos. Solo permanece el conflicto. “La historia queda monda y lironda.” Y precisamente por eso resulta mucho más cruel.
La escenografía se reduce al mínimo. Los propios intérpretes enumeran los únicos elementos presentes: una cama, un espejo roto, un espacio completamente desnudo. Todo el vestuario es negro. Sin colores. Sin artificios. “Solo quedan los personajes.”
La desnudez escénica obliga a sostener la función exclusivamente desde el trabajo interpretativo. “No podemos agarrarnos a nada más que al compañero.” Ese vacío convierte al actor en el verdadero paisaje de la obra.
Ritmo cinematográfico
Otra de las grandes decisiones de David Serrano consiste en romper la estructura tradicional de escenas. Los relatos se convierten inmediatamente en acción. Los personajes aparecen dentro de los recuerdos de otros personajes. Una conversación se transforma, sin apagón ni transición, en la escena que se está narrando.
Balagué explica el mecanismo. “No acaba una escena y ya está empezando otra.” El resultado es un ritmo vertiginoso. Prácticamente cinematográfico. Pero construido únicamente desde el teatro.
El actor, centro absoluto
La ausencia de escenografía obliga a una precisión enorme. Los intérpretes coinciden en que la propuesta exige un trabajo especialmente intenso. No existen apoyos visuales. No hay espectáculo externo. Todo sucede entre cuerpos, palabras y silencios. Y eso convierte cada función en un ejercicio de enorme exposición. “Estamos completamente al desnudo.”
La gira
Antes de su llegada a Madrid, la producción ha recorrido numerosos teatros. La respuesta ha sorprendido al reparto.
Carmen Balagué describe una imagen que se ha repetido una y otra vez. “Lo primero que impresiona es ver los teatros llenos.”
Y luego llega algo todavía más emocionante. Durante la función el público permanece completamente en silencio. A veces los actores dudan. “Pensamos: a ver si no les está gustando.” Pero al terminar llega la respuesta. Ovaciones. Público esperando a la salida. Espectadores agradeciendo la experiencia. “La reacción está siendo maravillosa.”
Jugar con actores
Pocas veces un reparto habla con tanta unanimidad de un director. Carmen Balagué, Roberto Enríquez y Ángela Cremonte coinciden en una idea fundamental: David Serrano confía profundamente en los intérpretes.
Balagué no esconde la admiración. “Me rindo ante él.”
Roberto destaca su capacidad para detectar cuándo una interpretación encuentra el camino correcto. “Tiene un radar maravilloso.” Pero además crea un espacio de trabajo poco habitual. “Todo es fácil, todo es tranquilo.” Los actores proponen. Improvisan. Cambian. Exploran.
Y Serrano les anima constantemente. “Prueba. Diviértete.”
Una libertad que, según Enríquez, hace que el actor se lance “a la piscina completamente”.
Ángela Cremonte vuelve a encontrarse con David Serrano después de otros proyectos teatrales. Entre ellos, una recordada versión de Metamorfosis. El recuerdo aparece inevitablemente. “Fue el Dream Team en el Dream Place con el Dream Director.”
Cremonte habla de Serrano como un creador profundamente conectado con el trabajo actoral. Y reivindica también una generación de intérpretes formada en el teatro. “El teatro te curte.”
Teatro frente a IA
La conversación desemboca inesperadamente en uno de los grandes debates culturales del presente. La inteligencia artificial.
Roberto Enríquez plantea una reflexión que trasciende la obra. Cada vez resulta más difícil distinguir qué imágenes son reales. Qué vídeos están manipulados. Qué emociones han sido fabricadas. Y precisamente ahí sitúa el valor irreemplazable del teatro. “Cuando todo este tinglado se vaya al garete, el teatro seguirá estando ahí.” Porque ocurre delante de nosotros. Sin filtros. Sin edición. Sin algoritmos. “Es cada vez lo más real.”
Para él, el teatro ha pasado de ser el arte aparentemente más artificial al más auténtico.
Los actores reivindican aquello que ningún otro lenguaje artístico puede reproducir. No existen dos funciones iguales. Las emociones cambian. El público cambia. El cuerpo cambia. “No hay nada más diferente que una función de otra.” Por eso Carmen Balagué asegura que jamás podría acostumbrarse. “El teatro es muy vivo.”
Y el resto del reparto comparte esa sensación de comunidad permanente.
Todos permanecen en escena durante buena parte de la función.
Incluso cuando no intervienen directamente. “Siempre sientes el apoyo del compañero.” La función se convierte también en una experiencia colectiva para quienes la interpretan.
Un deseo compartido
La entrevista concluye con una petición unánime al mundo del teatro. Que el público siga llenando las salas. Pero también que las condiciones de creación mejoren.
Ángela Cremonte pone voz a una preocupación ampliamente compartida por la profesión. “Me gustaría que el teatro fuera menos precario.” La actriz habla de presupuestos ajustados, de giras difíciles y de productoras obligadas a levantar espectáculos con recursos mínimos. No reclama lujo. Reclama dignidad. “Que se pudiera invertir más en escenografía, vestuario, luces y creatividad.”
Porque, asegura, el talento existe. Los textos existen. Los actores también.
Solo falta que las condiciones permitan desarrollar todo ese potencial.
Espejo del presente
Esta nueva Las amistades peligrosas no pretende reconstruir una época, sino interpelar directamente al espectador contemporáneo. David Serrano desmonta el envoltorio histórico para revelar un mecanismo de manipulación que sigue plenamente vigente. El resultado es una función donde la palabra pesa más que el decorado, donde el actor ocupa el centro absoluto del escenario y donde el público se enfrenta a una pregunta incómoda: ¿por qué seguimos sintiendo fascinación por quienes utilizan el poder para destruir a los demás?
Quizá esa sea la mayor virtud de este montaje. Demostrar que el texto de Laclos no pertenece al siglo XVIII, sino al nuestro. Y recordar, en un tiempo dominado por imágenes manipulables y realidades cada vez más difusas, que el teatro continúa siendo uno de los pocos lugares donde todo sucede aquí, ahora y de verdad.







