La obra de MIC Producciones escrita por Ferrán González y dirigida por Borja Rodríguez aborda las relaciones de amistad y de pareja desde un humor excesivo e inteligente
Nada es lo que parece en Pero no se lo digas. Aparentemente, la situación es cotidiana: un hombre al que ha dejado su novia va a cenar con una pareja de amigos. Y a partir de ahí, explica Borja Rodríguez, “se dispara una idea muy bestia, muy bruta y muy inteligente”.
Los tres personajes tienen en torno a 40 años y son amigos íntimos desde hace dos décadas. Cuando la cena parece que servirá para consolar y apoyar al amigo abandonado, sucede lo inesperado. En un momento en que el amigo casado baja a comprar, la esposa le confiesa al otro la disparatada vida que padece con su marido, fruto de la falta de comunicación, del hastío y del tren de vida que llevan, y en el que ven descarrilar la suya. Al regresar a casa, el marido encuentra a su mujer inconsciente en el suelo. A partir de ahí, se acelera el ritmo de la comedia, llevada en volandas por un texto punzante, absurdo y lleno de comicidad y frescura.
Esos personajes, cuenta el director de Pero no se lo digas, “son perfectamente reconocibles; viven entre nosotros, y aunque lo que sucede es muy bruto, reconocemos las situaciones por las que pasan, o que dicen que pasan”. Sin desvelar lo esencial de la trama, Rodríguez subraya que bajo el aspecto risible de la situación “hay dos psicópatas y una víctima”. El chico abandonado al que la pareja “se las va a hacer pasar canutas” durante la función; y a la vez estos “verdugos” convertidos en víctimas cuando el joven experimente una profunda transformación.
El humor inteligente de Pero no se lo digas activa los mecanismos del exceso, del disparate y conduce la trama por diversos géneros dentro de la comedia. “Tenemos thriller, intriga, una aparente comedia de sofá, costumbrista, y de repente te encuentras con algo fuera de lo común y escuchas lo inaudito y caminas por la delgada línea que separa lo verosímil de lo inverosímil”.
El espectador se subirá a una montaña rusa de sorpresas, añade Borja Rodríguez. “Hay un montón de elementos, por ejemplo la gran cantidad de peluches dispersos en la escena, que le lleva al espectador a preguntarse qué hacen ahí”. Pero todo tiene una explicación. El problema es que sobre esa explicación hay otra mucho más disparatada, más ingeniosa.
Para poner en pie y defender esta endiablada obra, se necesitaba de tres “monstruos” escénicos: Sara Escudero, Agustín Jiménez y César Camino, imprescindibles intérpretes que saben sortear la dificultad de conjugar apariencia y realidad, de engaño y desmesura. Los tres son maestros del género. Agustín Jiménez, “un pobre hombre, que recibe todos los gags”, Sara Jiménez, “otra maestra de la comedia”, y Cesar Camino, “otro pura sangre”, llevan a cabo un toma y daca incesante desde el principio hasta el final de la función.






