Uno, dos, tres… ¿Se escucha? Los sábados, el Teatro Arlequín acoge el nuevo show de David Puerto, un ejercicio de ajuste fino, con el humor en directo y el público dentro del proceso. Sin estrenos grandilocuentes ni poses de espectáculo cerrado, el cómico afina material sobre la marcha y convierte la prueba en parte del juego.
El espectador entra sabiendo, o creyendo saber, a lo que viene. No conoce el contenido exacto, pero sí el marco. La experiencia se construye en tiempo real de modo que cada función es distinta y no admite réplica. Resulta fascinante comprobar cómo la comedia en vivo, cuando establece un diálogo directo con los asistentes, continúa llenando teatros y generando una complicidad inmediata. En la sala conviven espectadores de distintas franjas de edad, confirmando que este tipo de formatos ya no pertenece únicamente a las últimas generaciones. Como suele ocurrir en los trabajos de David Puerto, el Teatro Arlequín volvió a presentar un lleno.
Más allá de la propuesta escénica, el fenómeno de David Puerto merece atención específica. Nacido en Fuenlabrada (Madrid), ha desarrollado un estilo próximo y natural que convierte lo cotidiano en materia cómica sin estridencias, apoyado en la ironía, la observación y una participación muy directa del público, eso que ahora, con inevitable anglicismo, se llama crowdwork. Dicha conexión parte también de las redes sociales —más de 340.000 seguidores en Instagram y casi 700.000 en TikTok— y ayuda a entender cómo ha logrado posicionarse, por mérito propio, entre los nombres destacados de la comedia en vivo contemporánea, un terreno donde la cercanía y la capacidad de adaptación resultan tan decisivas como la solidez del material.
En su trabajo escénico, el punto de partida suele ser una pregunta aparentemente inocente, como un “¿A qué te dedicas?” aunque pronto aparecen también las dinámicas de pareja, las pequeñas intimidades y esos detalles que, siendo privados, acaban resultando universales. Seamos honestos, a todos nos gusta un poco el salseo. Cada respuesta abre una posibilidad, activa un camino distinto y obliga al cómico a decidir en tiempo real. Asistir a ese proceso tiene algo de artesanal: como ver a Puerto crear delante de ti, con la platea convertida en lienzo y el humor como herramienta principal. Una destreza que no surge de la nada y que se apoya en la experiencia acumulada tras recorrer España con su anterior espectáculo, Pizpireto.
Ese diálogo genera también pequeñas rencillas, un tira y afloja constante entre escenario y butacas que aporta tensión y ritmo al espectáculo. Hay réplica, contraataque y juego, siempre dentro de un marco de respeto muy claro. De hecho, otra de las señas de identidad del cómico madrileño pasa por poner en valor a las personas y a sus profesiones, independientemente del lugar que ocupen. El chiste no busca humillar, sino exponer contradicciones, subrayar rasgos comunes y devolver al público una imagen reconocible y cómplice.
Conviene recordar, además, que en un espectáculo de estas características el espectador no ocupa un lugar pasivo. Es, de hecho, quien pone las herramientas en manos del cómico. Un público tímido, cerrado o poco dispuesto al juego puede hacer descarrilar la función con la misma facilidad con la que uno generoso la eleva. De ahí que la experiencia funcione como una responsabilidad compartida: cuanto más se sueltan las vergüenzas y los miedos, más crece el material. Buena parte de que ese “probando” del título salga bien depende, también, de quienes ocupan la butaca.
Para los espectadores más clásicos también hay espacio para el relato personal. Puerto introduce algunas de sus propias andanzas —entre ellas, una inesperada incursión en el mundo de la depilación láser— y juega con la ambigüedad hasta dejar al público en terreno incierto: ¿vivencia real o pura materia de ficción? Ese manejo de la duda forma parte de su destreza como humorista. En otro momento, la participación de uno de los asistentes sirve para activar una dinámica que completa la función y refuerza la sensación de espectáculo vivo. Por si no fuera suficiente, el cierre llega con un inesperado momento musical, una guinda que confirma que maneja más registros de los que aparenta y que, al menos sobre el escenario, hace honor a su segundo apellido, Sansón, cuando se trata de fuerza… artística.
El espectáculo termina de cerrarse con ese acuerdo implícito entre él y nosotros. El público participa, aporta material y empuja el ritmo, con un detalle que ya nadie ignora: la cámara siempre encendida. Conviene tenerlo en cuenta antes de lanzarse a responder, no vaya a ser que la ocurrencia de la noche acabe teniendo más recorrido del previsto. En cualquier caso, forma parte del encanto: aquí no hemos venido a mirar, hemos venido a jugar.








