La creadora madrileña ahonda en Sugar Island en la investigación que ha realizado en los últimos años con la técnica del ballet clásico y su codificación
El coreógrafo andaluz lleva a escena en La escalera su experiencia como 'chico de la limpieza', que se vio obligado a ejercer para sustentar económicamente su carrera en la danza
Con Sugar Island, la bailarina, coreógrafa y performer Cuqui Jerez ahonda en la investigación que ha desarrollado en los últimos años en torno a la suspensión del sentido, plasmada en una trilogía de piezas performativas: Las ultracosas, Mágica y elástica y Supernova, representadas en diferentes festivales y teatros europeos y México.
La artista madrileña (1973), formada en ballet clásico por el Real Conservatorio de Música y Danza de Madrid, trabajó en Europa desde 1990, y desde 2001 desarrolla su trabajo como coreógrafa. Ha creado performances, piezas teatrales, danzas y vídeos exhibidos en numerosos festivales europeos e hispanoamericanos.
Entre sus montajes destacan Me encontraré bien enseguida solo me falta la respiración, Hiding Inches, A space odyssey y The real fiction. Con Sugar Island traza una nueva línea de trabajo que conecta la investigación que ha llevado a cabo hasta ahora con la técnica del ballet clásico y su codificación.

«Chico de la limpieza»
El artista Álvaro Silvag fue «chico de la limpieza» y ha empleado esta experiencia para la creación de La escalera (14 de diciembre), una performance sobre la inestabilidad laboral de los creadores, que se ven obligados a buscar trabajos ajenos a su creación para poder dedicarse a ella.
Natural de Andalucía, Silvag entró en contacto con el baile a través del break dance. Estudió en el Centro Andaluz de la Danza de Sevilla y ha trabajado como bailarín con las compañías El Punto Danza Teatro (Sevilla), Isabelle Beernaert (Países Bajos), Kalpanarts (Países Bajos y Bélgica) y con David Zambrano.
Recientemente, ha presentado sus primeras piezas de danza contemporánea como creador: Euro, La hermosa conversación de las manos y La escalera, una obra pensada para espacios no convencionales. Esta última fue elaborándose en varias residencias en Bruselas, Madrid, Huelva y Lisboa, que le permitieron ahondar en la idea de que compaginar la danza con otros trabajos, según Silvag, «desvalorizan la identidad profesional», en lucha constante por mantenerse dentro de un sistema que, paradójicamente, empuja a los creadores hacia los márgenes.
En escena, Silvag convierte el elemento de trabajo de la limpieza, una mopa, en un símbolo: una herramienta de servicio y expresión. A través de gestos repetitivos y mecánicos, la limpieza se resignifica como un compromiso con la creación y la comunidad.






