El jazz cambia cuando cambia quién lo cuenta. Con motivo del Día Internacional del Jazz, el pasado 30 de abril El Café de la Ópera planteó una doble mirada sobre el género que se aparta del concierto convencional y desplaza la escucha hacia un terreno más próximo. No pretende competir con la sala ni con el club ortodoxo: ocupa otro espacio, el de la proximidad, donde el intérprete convive con el público a pocos metros y la música se integraba en una velada que avanzaba con naturalidad.
Esa apuesta encaja con la versatilidad que El Café de la Ópera ha ido construyendo con el tiempo. Las cenas cantadas y los brunchs forman parte de su identidad más reconocible; el jazz introduce ahora otra forma de entender el espacio, más abierta a un lenguaje que rara vez ocupa posiciones centrales en este tipo de locales. El formato íntimo y la copa sobre la mesa conviven con el jazz con una naturalidad poco habitual cuando un espacio amplía su programación. Que funcione tiene mérito propio.
Bajo los títulos He Plays Jazz y She Plays Jazz: A Tribute to the Great Voices of Jazz, la velada se articuló en dos tiempos: la misma historia contada desde dos sensibilidades distintas. A las 19:00 horas, el pianista Juan Robles abrió la programación con una revisión del repertorio masculino canónico, más cercana a la reinterpretación que a la ejecución literal. A las 21:30, Karla Silva tomó el relevo con un homenaje a las grandes voces femeninas del jazz planteado desde otro lugar, alejado de la imitación y del tributo congelado.
Karla Silva, venezolana afincada en España, construye su propuesta desde una trayectoria que combina formación sólida y experiencia en directo. Ha pasado por espacios como CaixaForum o Teatros del Canal. Su debut discográfico, SHE, ya marcaba una dirección clara: composiciones propias que transitan entre jazz, bossa y soul junto a estándares reinterpretados, todo ello sostenido por una voz y un piano que funcionan como un solo instrumento. Alterna inglés y español con naturalidad, sin concesiones, y el repertorio de la noche —de God Bless the Child a Bésame Mucho, con Throw It Away como uno de los momentos más precisos, dibuja un mapa que atraviesa géneros y tradiciones.

Hay artistas que necesitan presentarse. Silva no. La voz entra y el espacio cambia de temperatura, con un calor que aparece desde la primera frase y se sostiene en un fraseo que sabe tensarse y abrirse en el momento justo. Alterna inglés y español con naturalidad, y esa elección da forma al recorrido de la noche. En esta ocasión, el repertorio va de God Bless the Child a Bésame Mucho, con Throw It Away de Abbey Lincoln como uno de los momentos más precisos de la velada. Al final, dos temas de su último trabajo en estudio prolongan esa dirección y sitúan el homenaje en un presente activo. Hay una voz propia, asentada, reconocible desde el primer compás.
La formación acompaña con la misma claridad. El contrabajo de Richie Ferrer, con más de tres décadas de recorrido junto a nombres como Pedro Iturralde, construye una base que respira y sostiene el conjunto con precisión. Eduardo Sánchez se mueve con soltura en la guitarra, entra cuando toca y deja espacio cuando conviene. El cierre queda en sus manos con West Coast Blues, de Wes Montgomery. El 3/4 sostiene el pulso, la guitarra marca la línea, el contrabajo fija la base y la voz conduce el tema hasta un final que cae con precisión.

La propuesta gastronómica acompaña sin estorbar. Durante la velada circularon tacos, croquetas de una cremosidad que justifica el viaje, y una selección de quesos bien elegida. La carta se completa con opciones pensadas para compartir como nachos, pulpo o tablas de embutidos. Más contenida que la oferta del piso superior, está construida con criterio y coherencia propia. La propuesta líquida acompaña en la misma línea y cierra una experiencia que funciona como un todo.
Una experiencia sensacional, planteada con inteligencia y medida. Funciona tanto para quien conoce el género como para quien se acerca por primera vez y encuentra una puerta de entrada clara y bien construida. Karla Silva, por su parte, demuestra que hay propuesta propia más allá del homenaje. Las dos cosas juntas apuntan en una dirección que vale la pena seguir. Ojalá tenga segunda entrega y encuentre desarrollo dentro de la programación del Café de la Ópera.





