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Año IXNúmero 447
14 MARZO 2026

Los Titiriteros de Binéfar pusieron el Rojas patas arriba y el abrazo acabó en jota colectiva

Imagen de una escena de la obra
Imagen de una escena de la obra
Empezó con una petición que parecía sencilla y era dinamita, un abrazo. No como consigna de caramelo, sino como contrato de escena, aquí se viene a jugar juntos, a cantar juntos, a dejar que el teatro se convierta en plaza. Y el Teatro de Rojas, tan de terciopelo y tanta memoria, hoy aceptó el desafío sin ponerse solemne. Se dejó desabrochar. Se dejó contagiar. Se dejó llevar a ese lugar donde el público no asiste, participa.

Lo que vino después fue una lección práctica de cultura, de esa cultura que no cabe en un folleto porque sucede en el cuerpo. Cultura es ver a desconocidos aplaudiendo al mismo tiempo sin ponerse de acuerdo. Cultura es un niño que se ríe y un abuelo que se ríe igual, pero por motivos distintos, y que ambos se entienden. Cultura es la familia entera en la misma frecuencia, como si el teatro, por un rato, arreglara lo que el día desordena. Y eso fue El abrazo esta tarde, una fiesta hecha con oficio, una alegría con estructura.

En El abrazo la tradición no aparece como una reliquia, aparece como un músculo. El folclore no se enseña como lección, se transmite como electricidad. Los Titiriteros de Binéfar lo tienen claro, lo popular no es lo antiguo, es lo vivo cuando se utiliza, cuando se canta, cuando se baila, cuando vuelve a servir para reunirse. Por eso el espectáculo no suena a museo, suena a plaza, a romería, a patio grande donde cada edad encuentra su sitio sin que nadie se lo asigne.

Y si hubo una columna vertebral fue la música, música en directo, cuidada al detalle, tocada con un respeto que no es solemnidad, es precisión. Se notaba desde el primer compás, aquí no hay relleno, aquí la música dirige. El elenco musical no venía a acompañar, venía a gobernar el pulso. Se escuchaba el trabajo, la afinación, el ritmo, las entradas medidas, los silencios colocados donde el silencio también canta. Había un arsenal de sonidos que hacía reír solo por la alegría de escucharlos, y sí, también estaban las cucharas, golpeadas con arte, como si de pronto el cajón de la cocina se hubiera graduado en el conservatorio de la fiesta. Sonaron castañuelas, sonaron percusiones pequeñas y grandes, sonaron palmas que no eran aplauso todavía, eran parte de la partitura. Y a ese tejido se le sumaban más elementos, capas, timbres, guiños, como si la tradición se sacara del bolsillo trucos que todavía no conocíamos.

Pero lo que terminó de rematar la tarde fue que esa música traía palabra, traía letras, traía canciones realmente preciosas y llamativas, de las que se quedan pegadas al oído sin pedir permiso. Las canciones fueron punto y contrapunto, fueron historia e intrahistoria, narraban lo visible y, al mismo tiempo, tejían lo invisible. Mientras los títeres hacían avanzar la escena, las letras iban por debajo como un río, comentando, guiñando, abriendo doble fondo. Había momentos en los que una estrofa te ponía la risa en la boca, y otros en los que, sin cambiar el tono festivo, te dejaba una idea dentro, como si te hubieran pasado un mensaje con papel doblado en mitad del baile. Esa es la grandeza de una buena canción en teatro, no decora, sostiene, explica sin explicar, ilumina sin subrayar. Y hoy, además, lo hacía con belleza, con oído literario, con una naturalidad que parecía sencilla y era puro oficio.

Lo mejor es que el espectáculo no se conformó con la raíz. Cuando ya estabas dentro del folclore, cuando la tradición parecía suficiente para levantar el teatro, llegó la rabiosa novedad, el teclado, el ordenador, esa electrónica que entraba en el momento exacto, sin tapar lo anterior, elevándolo. De pronto el aire cambiaba de luz por dentro. Lo ancestral y lo contemporáneo convivían sin pelea, como conviven en una buena fiesta las generaciones, una pone memoria, la otra pone chispa, y el resultado no es mezcla por capricho, es mezcla por necesidad. Así se consigue algo rarísimo, que lo antiguo suene nuevo y que lo nuevo suene cercano.

En escena mandaron los títeres de mano, que tienen la virtud de lo inmediato, nacen en la palma y en dos segundos ya están mirándote como si existieran desde siempre. Aquí no se movían, actuaban. Contestaban. Provocaban. Se quedaban quietos donde el silencio pesa. Y ese es un poder muy serio, la sala obedecía sin sentirse obediente, no por disciplina, por fascinación. Los adultos entran a veces con ese gesto de vigilancia discreta, el gesto de acompaño, y hoy se les fue cayendo la coraza por el camino. Terminaron riéndose antes de poder disimular, tarareando sin permiso, mirando al escenario como mira quien vuelve a ser niño sin pedir perdón. Los niños y niñas, por su parte, dictaron sentencia con su método infalible, si algo es falso, se abandona, si algo late, se queda uno clavado. Hoy se quedaron clavados.

Y en medio de esa celebración aparece Ferdinando, con su fuerza suave, que es la fuerza más difícil. Ferdinando no llega como un adorno narrativo, llega como una columna moral sin moralina, como el tronco central que sostiene el resto sin ponerse pesado. Su historia viene de un cuento que ha atravesado generaciones, The Story of Ferdinand, escrito por Munro Leaf en 1936, con ilustraciones de Robert Lawson, y su gesto sigue siendo una provocación limpia, un toro enorme que podría embestir, podría buscar la gloria del ruido, pero elige otra cosa, elige el olor de las flores, elige la calma, elige la paz. Esa elección, contada con humor y con música, hoy se convirtió en un alegato troncal, la valentía no siempre es empujar, a veces es negarse a la embestida. La paz no es blandura, es carácter. Y el teatro lo dijo como debe decirlo el teatro, por el costado, entre risas, para que la idea llegue sin levantar la voz.

Ese Ferdinando, además, no se queda solo, aparece adornado, rodeado, acompañado por historias previas y posteriores, como si el espectáculo fuera encadenando relatos y escenas con el mismo ritmo con el que una fiesta enlaza canciones para que nadie se vaya. Ahí estaba la delicia de los pequeños y las pequeñas, no solo por el personaje, sino por el modo en que todo se desplegaba, con sorpresas, con humor, con cambios de energía, con momentos en los que el juego se volvía una puerta y cada puerta llevaba a otra. Los niños entraban y salían de esas escenas como quien se sube a una atracción que no marea, que despierta.

Y entonces llegó el instante que no se olvida, la jota. No una jota para mirar sentado, una jota para entrar. Y entró todo el mundo. El Teatro de Rojas entero, niños y niñas, padres y madres, abuelos y abuelas, todos y todas, bailando al unísono. Eso no se ordena, se gana. Esa sincronía es el termómetro de la complicidad, la prueba de que la sala se ha convertido en una sola alegría. El Rojas dejó de ser un edificio y pasó a ser plaza, ágora, lugar común en el sentido más hermoso, el sitio donde una comunidad se reconoce sin preguntarse de dónde viene cada uno. Plaza, porque había fiesta. Ágora, porque había algo compartido que iba más allá de la risa, un acuerdo, hoy elegimos estar juntos.

Ahí se entiende también quiénes son Los Titiriteros de Binéfar, no solo una compañía, una familia artística. Y esa palabra, familia, no es metáfora fácil. Se nota en cómo se sostienen, en cómo el oficio está cuidado, mimado, acariciado con años y con generaciones, como se cuida un instrumento que pasa de mano en mano. Se nota en la alegría, que no es desorden, es alegría dirigida, afinada, trabajada hasta que parece natural. Se entiende mejor todavía cuando recuerdas que este arte tiene casa, La Casa de los Títeres, en Abizanda, un lugar vivo, con programación, con continuidad, con una manera de decir que el teatro de títeres no es un capricho, es un mundo completo que se protege y se transmite. Y eso, cuando una familia cuida un arte así, se ve en el escenario, porque el escenario huele a oficio de verdad.

Al final, el abrazo volvió, como empezó, y ya no era un gesto bonito, era una consecuencia. Después de la música tradicional tocada con ese nivel, después de la electrónica elevando el ambiente, después de las cucharas y las castañuelas sonando como si fueran patrimonio vivo, después de Ferdinando defendiendo la paz sin sermón, después de la jota colectiva con todo el teatro dentro del mismo compás, el abrazo era lo único que tenía sentido. El aplauso fue fuerte, sí, pero lo más fuerte fue lo que ocurrió después, la participación se quedó pegada al cuerpo. La gente salía haciendo todavía el ritmo con los dedos, con la sonrisa puesta, con los niños recontando escenas, con abuelos y abuelas comentando como si hubieran estado dentro de la historia.

Y aquí va lo más divertido y lo más hermoso, cada uno salió del teatro sintiéndose un poco titiritero. Sí, han nacido los titiriteros del Rojas. Porque cuando una función te mete en el juego, ya no vuelves a ser solo espectador. Te llevas la mano con ganas de inventar, la voz con ganas de cantar, los pies con ganas de bailar, la cabeza con ganas de paz. Hoy, quienes asistieron al Rojas asistieron a una de las mejores representaciones que se podían haber imaginado, por alegría, por oficio, por cultura, por tradición y por rabiosa novedad.

Así que el cierre no puede ser un punto final, tiene que ser una invitación. Un abrazo colectivo, sí, más abrazos. Por la paz que defiende Ferdinando sin gritar. Por la vida, que se celebra mejor cuando se comparte. Por proyectos como este, que convierten un teatro histórico en una fiesta real, con niños y niñas, con padres y madres, con abuelos y abuelas, con una ciudad entera recordando algo esencial, que la cultura también es bailar juntos.

Ficha técnica

Espectáculo: El abrazo. Compañía: Los Titiriteros de Binéfar

Guion y dirección: Paco Paricio y Eva Paricio.

En escena: Eva Paricio, actriz titiritera, Elena Polo, música titiritera, Pablo Borderías, músico titiritero, Marta Paricio, titiritera.

Equipo técnico y producción: efectos sonoros, Nacho Moya; diseño y escenografía, Paco Paricio; construcción y pintura, Titiriteros de Binéfar; sastra, Nieves Gracia; secretaría, Ana Tere Pedrós; producción, María Muntané; sonido e iluminación, Pilar Amorós; vídeo, Alberto Andrés.

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