¿Hay alguien ahí? ¿Mente? ¿Cuerpo? ¿La suma —a veces inestable— de ambos? En el Pequeño Teatro Gran Vía todos estamos invitados a Conversaciones con mi mente, un espectáculo de comedia en formato unipersonal interpretado por Joaquín Caserza, que convierte el diálogo interior en materia escénica.
En un momento de claro auge de los espectáculos de humor —una circunstancia positiva para la escena, aunque marcada por la repetición de ciertos temas—, resulta especialmente interesante una propuesta decidida a aportar algo nuevo. Abordar la salud mental y los procesos internos desde la comedia introduce un matiz distinto y conecta con una realidad muy presente en el día a día, nos guste o no. Es una elección arriesgada, pero también necesaria, y eso ya lo coloca en un punto diferente desde el que empezar a mirarlo.
Para entender de qué va este espectáculo conviene detenerse antes en quién lo sostiene sobre el escenario. Joaquín Caserza es, ante todo, un apasionado de la interpretación, alguien que decidió buscar su propio camino hasta encontrar un lugar desde el que sentirse coherente con lo que hacía y con lo que quería contar. Tras años de formación y trabajo actoral y a través de su presencia en redes sociales —donde supera el medio millón de seguidores en Instagram— fue dando forma a un lenguaje propio que combina humor y exposición personal. De ahí nace su objetivo: comunicar mensajes profundos sobre salud mental desde su verdadera esencia, el humor y la interpretación. Frente a otros monologuistas que construyen sus libretos a partir de supuestas vivencias personales o juegan con la ambigüedad sobre qué hay de verdad y qué de ficción, aquí el punto de partida resulta más directo. El material parte de una experiencia real, sin disfraces, y esa honestidad puede percibirse desde el inicio y es de agradecer.
En escena, Caserza articula el monólogo a partir de una disociación consciente entre mente y cuerpo, convertidas en entidades escénicas con voz propia. Esa dualidad —a veces enfrentada, a veces complementaria— estructura el discurso y permite visualizar conflictos internos que suelen permanecer en un plano abstracto. La mente, la ansiedad o el cuerpo aparecen como interlocutores activos dentro de un diálogo que transita entre lo hilarante y lo reconocible, con un claro impulso reflexivo. Lo mejor de todo es que el espectador no actúa como mero receptor y puede también participar en ese juego.

El espectáculo amplía materiales que el actor lleva tiempo trabajando en sus vídeos y aquí encuentran mayor recorrido. El relato articula pensamientos intrusivos, miedos que acaban derivando en ansiedad y esa sensación persistente de pensar más de la cuenta. Las pruebas que propone sobre el escenario refuerzan el discurso al mostrar cómo un pensamiento activa una reacción física inmediata: tensión, inquietud, aceleración… y el cuerpo somatiza aquello que la mente insiste en generar.
El planteamiento encuentra mayor solidez cuando el monólogo alcanza continuidad y despliega las ideas con mayor amplitud. La estructura, articulada mediante saltos temporales bien medidos y apoyada en el uso puntual de material gráfico, contribuye a ordenar el discurso y a sostener la atención. En algunos momentos, la acumulación de personajes para volver sobre un mismo planteamiento puede generar cierta sensación de insistencia, aunque responde a una lógica reconocible: mirar un mismo conflicto desde distintos registros.
En cualquier espectáculo de comedia, el humor cumple una función clave. Aquí no busca la risa a cualquier precio; actúa como vía de acceso a territorios incómodos y genera una risa cómplice basada en el reconocimiento: lo que se dice resulta cierto y, de un modo u otro, lo hemos vivido. Desde ese lugar, la comedia permite hablar de salud mental lejos de enfoques mercachifles o de discursos terapéuticos de autoayuda disfrazados de humor.
Conversaciones con mi mente no pretende ofrecer soluciones cerradas ni recetas, pero sí pone a disposición herramientas y formas de mirarse que ayudan a convivir mejor con lo que ocurre dentro. Al sacar a la luz procesos mentales y emocionales que a menudo permanecen ocultos, la propuesta los normaliza y acompaña al espectador sin imponer respuestas. Invita a parar un momento, a estar en el aquí y ahora y a seguir adelante con más calma.




