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Año IXNúmero 442
06 FEBRERO 2026

La omisión de la familia Coleman: una familia atrapada en escena

Imagen promocional de "La omisión de la familia Coleman"
Imagen promocional de "La omisión de la familia Coleman"
Un retrato escénico preciso y áspero, sostenido por un elenco entregado y una violencia silenciosa que atraviesa la convivencia.

Esta obra de culto del teatro argentino recala en el Teatro Infanta Isabel como una ocasión singular para volver a enfrentarse al universo de Claudio Tolcachir. Su paso por Madrid, solo hasta el 11 de febrero, refuerza el carácter excepcional de una propuesta que sigue interpelando al espectador desde un realismo áspero y reconocible.

La acción transcurre en el interior de una casa donde conviven los miembros de una familia incapaz de alterar sus propias dinámicas de dependencia. La abuela, centro práctico y emocional del grupo, sostiene un equilibrio frágil que condiciona a hijos y nietos, atrapados en rutinas marcadas por la inmadurez, el desgaste y una renuncia constante a asumir responsabilidades. El conflicto avanza desde lo cotidiano y se acumula sin estallidos, dejando al descubierto un entramado familiar erosionado por la inercia.

El libreto de Tolcachir se ha consolidado como una pieza clave del teatro contemporáneo por la claridad con la que examina los vínculos humanos a través de un sistema de omisión compartida. El propio autor, fundador de la compañía Timbre 4, ha definido a estos personajes como seres que viven “saltando de piedra en piedra”, una imagen precisa para describir una lógica basada en esquivar decisiones, aplazar responsabilidades y sostener un equilibrio precario. Esa mirada, más psicológica que social, explica la vigencia del texto y su recorrido internacional durante más de dos décadas, con representaciones continuadas en más de veinte países y una trayectoria respaldada por más de una decena de premios.

Uno de los grandes aciertos del libreto es abordar ese desgaste desde la comedia, una comedia áspera, cercana por momentos a lo absurdo, con ecos de ese realismo sucio que observa la vida desde sus márgenes más erosionados. El humor surge del exceso, de la repetición y del desajuste constante entre lo que los personajes creen estar haciendo y lo que realmente provocan. La risa no funciona como alivio: coloca al espectador en una posición incómoda, casi cómplice, ante una situación reconocible y fallida, y acaba convirtiendo la omisión en una forma cotidiana de violencia.

OFCO
Imagen de una escena de la obra

La dirección del propio Tolcachir (La guerra de nuestros antepasados, Sunset Boulevard) revela una mirada escénica de notable inteligencia y madurez teatral. Conduce la acción desde una comprensión profunda del vínculo y del ritmo interno de la escena. La sensación es la de un desorden permanente, aunque responde a una entropía cuidadosamente regulada, sostenida por una estructura precisa. Gestos, desplazamientos e interrupciones obedecen a una lógica interna clara, fruto de una dirección que confía en el actor y en la escucha como motores del relato. Los intérpretes habitan el espacio como cuerpos heridos, componiendo una convivencia marcada por el patetismo y la urgencia de seguir adelante.

Esa concepción prolonga una dirección de actores basada en el impulso y la contradicción, apoyada en una escena organizada en torno a dos polos gravitacionales —el sofá de la casa y la cama del hospital— que estructuran la acción. Como ha explicado el propio director, el trabajo actoral busca a menudo tensionar el texto desde su contrario, lo que genera una escena viva, atravesada por silencios y vínculos en equilibrio inestable, que me recordó precisamente a Un delicado equilibrio, de Edward Albee, salvando distancias estéticas y de época.

La dimensión coral de la obra expone un sistema de alianzas, bandos y dependencias que los trastornos intensifican, un entramado que daría materia para una tesis sobre la psicología de los vínculos familiares. Los personajes responden a patrones de conducta reconocibles, aunque su comportamiento mantiene una imprevisibilidad constante que impide fijarlos en un único rol.

Imagen de una escena de la obra
Imagen de una escena de la obra

La abuela, interpretada por Cristina Maresca, ocupa el espacio como un cuerpo incómodo y demandante a la vez: su sola presencia ralentiza la acción y obliga al resto a rodearla, esquivarla o cargar con ella, convirtiéndola en un foco constante de tensión física y emocional. Frente a ella, Memé (Miriam Odorico) se mueve desde un agotamiento persistente, siempre en tránsito, tratando de ordenar la escena sin llegar a fijarla. Su trabajo transmite con precisión esa impotencia del cuidado ejercido sin autoridad, sostenido más por la insistencia que por la escucha del grupo.

En el grupo de hermanos, Fernando Sala afronta uno de los personajes más difíciles de interpretar, atravesado por una fragilidad inestable, arrebatos verbales y un control muy fino del tempo, clave para sostener su evolución y protagonismo escénicos. Juan Zuluaga Bolivar encarna una presencia impulsiva y agresiva, con una energía directa que tensiona el espacio y altera el ritmo del grupo en cada aparición. Tamara Kiper introduce una inestabilidad constante, imprevisible en tono y en reacción, que desplaza el foco y desajusta el ritmo de la escena allí donde interviene. Inda Lavalle ocupa el lugar de la figura más independiente del grupo, con una presencia distante respecto al núcleo familiar, aunque atravesada por rémoras que la mantienen vinculada al conflicto. La interpretación arranca desde un leve aire de superioridad y rebaja ese gesto conforme la escena expone el panorama y la enfrenta directamente con lo que tiene delante. Gonzalo Ruiz actúa como apoyo del personaje anterior, con una presencia enigmática que en un primer momento parece mantenerse al margen, aunque termina implicada en la dinámica familiar. Por último, el médico, interpretado por Jorge Castaño, aparece como figura de autoridad en su ámbito, con una intervención funcional que también acabará arrastrándolo al entramado del grupo.

Todo desemboca en una espiral de autodestrucción, un agujero negro doméstico que absorbe cualquier intento de salida y devuelve a los personajes al mismo punto, cada vez con menos margen. No hay catarsis ni aprendizaje, solo repetición y desgaste. Y en ese retrato incómodo se cuela la pregunta final: ¿existe realmente una familia “normal” o, en el fondo, en todas cuecen habas, aunque algunas sepan disimular mejor el fuego?

Producción general: Jonathan Zak, Maxime Seugé

Dramaturgia y dirección: Claudio Tolcachir

Reparto: Jorge Castaño, Juan Zuluaga Bolivar, Tamara Kiper, Inda Lavalle, Cristina Maresca, Miriam Odorico, Gonzalo Ruiz, Fernando Sala

Diseño de luces: Ricardo Sica

Fotografía: Giampaolo Samà

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