Volver a Los bufos madrileños es volver a un teatro que no pedía permiso: directo, popular y consciente de su propio artificio. Durante estos días en el Teatro de la Comedia, la escena se convierte en un gesto de retorno, una mirada hacia ese origen donde la risa opera como forma elemental de pensamiento crítico compartido.
La propuesta nace a partir del encargo de la Compañía Nacional de Teatro Clásico de pensar escénicamente la figura de Francisco Arderius, un nombre clave —y paradójicamente poco transitado— en la historia del teatro español. De este modo podemos descubrir la dimensión de un creador que impulsó el Teatro Bufo en España y fundó Los Bufos Madrileños, la compañía desde la que articuló una nueva manera de entender la escena popular. Inspirado por la tradición de la ópera bufa europea, especialmente por el modelo de Offenbach, Arderius trasladó ese espíritu irreverente a un Madrid marcado por la urgencia, la sátira y la comunicación directa con el público.
De aquel impulso surgiría un modo de hacer teatro que, lejos de agotarse en su tiempo, acabaría alimentando muchas de las formas escénicas que definirían la primera mitad del siglo XX: el género chico, el cuplé o la revista. Reconocer hoy la importancia de ese legado supone asumir que buena parte de nuestras convenciones escénicas —y también de nuestras maneras de reírnos— tienen su origen ahí, en un teatro concebido para el presente inmediato que terminó dejando una huella estructural en la cultura popular.
Los órganos de Móstoles aparece como una pieza paradigmática del teatro bufo, una farsa construida a partir de la exageración y el disparate para poner en cuestión las jerarquías familiares y sociales. La acción gira en torno a un padre autoritario que pretende imponer a sus tres hijas un matrimonio de conveniencia. A partir de ese conflicto inicial, la obra encadena situaciones cada vez más desbordadas e inverosímiles, hasta revelar el carácter ridículo de un poder ejercido sin lógica ni afecto.
La puesta en escena, con dirección y versión de Rafa Castejón, arranca con un introito que guía desde el primer momento el tono de la función: un acercamiento cercano y pedagógico, de registro coloquial pero sin caer en la vulgaridad. Desde ahí, el espectáculo avanza con un ritmo ágil, alternando parlamentos, diálogos y partes cantadas y utilizando los recursos teatrales disponibles para construir un lenguaje escénico que remite al teatro del Siglo de Oro, especialmente en su gusto por las comedias de enredo y las tramas cruzadas. La farsa, la pantomima y la exageración física actúan como herramientas centrales y sostienen una escena basada en la caricatura y la expresividad como vías principales de comunicación con el espectador.

La dirección musical de Antonio Comas dialoga abiertamente con la tradición del vodevil y la opereta, apoyándose en ritmos pegadizos, frescos y ligeros que acompañan la acción y provocan una sonrisa inmediata. La música toma el pulso del espectáculo y refuerza su carácter festivo sin perder precisión. En estrecha consonancia con ese trabajo, las coreografías de Nuria Castejón encuentran un encaje natural dentro del conjunto. Libres y expresivas, herederas del espíritu bufo, incorporan gestos marcados y guiños al cancán, reforzando el tono festivo y desbordado de la propuesta.
El reparto afronta el espectáculo desde una lógica claramente coral, coherente con el tono de la propuesta. En el centro del dispositivo aparece Rafa Castejón, quien además de firmar la dirección y la versión asume un papel activo en escena. Su presencia funciona como eje vertebrador del conjunto y como narrador omnisciente del relato. Dentro de la propia pieza, da vida a un Don Juan muy poco Don Juan, encargado de introducir un conflicto adicional que tensiona la trama y amplía el juego escénico. Chema del Barco encarna al padre, Don Abdón, como una figura agotada por su propio empeño en controlar lo incontrolable. Su interpretación se apoya en el tempo de la palabra y en la insistencia del gesto, hasta mostrar una autoridad cada vez más frágil, erosionada por su propia repetición.
El elenco femenino —con Eva Diago, Beatriz Miralles y Cecilia Solaguren— da vida a las hijas quienes concentran buena parte del deseo y del enredo. Cada una sostiene un rol bien definido, construido desde la exageración y el contraste, con un sentido del humor muy afinado. La conexión entre ellas resulta evidente y genera situaciones divertidas, espontáneas e impredecibles, sostenidas con enorme hilaridad. Los pretendientes —interpretados por Antonio Comas, Paco Déniz y Alejandro Pau— aparecen también perfilados desde caracteres muy marcados, llevados a la exageración como principal motor cómico. Ese contraste refuerza el tono farsesco de la pieza y encuentra un apoyo decisivo en el trabajo de Gabriela Salaverri en el vestuario, que potencia los rasgos de cada personaje y facilita una lectura inmediata.
Los bufos madrileños se disfrutan desde la ligereza y la diversión, pero bajo ese tono festivo late una mirada crítica hacia las apariencias. Resulta fascinante comprobar cómo un género nacido hace más de un siglo mantiene intacta su capacidad para provocar la risa del público actual y confirma la vigencia de un teatro popular basado en el exceso, el juego y la complicidad.
Dirección musical: Antonio Comas
Coreografía y dirección adjunta: Nuria Castejón
Versión y dirección: Rafa Castejón
Reparto: Clara Altarriba, Chema del Barco, Rafa Castejón, Antonio Comas, Paco Déniz, Eva Diago, Beatriz Miralles, Alejandro Pau, Cecilia Solaguren
Iluminación: Juan Gómez-Cornejo (AAIV)
Diseño de sonido: Benigno Moreno
Escenografía: Alessio Meloni (AAPEE)
Ayudante de iluminación: Pilar Valdelvira
Vestuario: Gabriela Salaverri
Ayudante de dirección: Leonora Lax
Ayudante de escenografía: Mauro Coll (AAPEE)
Ayudante de vestuario: Mónica Teijeiro
Realización de escenografía: Readest (AAPEE)
Realizaciones: Cris Escénica S. L. y Taller / Gabriel Besa Sánchez
Producción: Compañía Nacional de Teatro Clásico





